19 de abril de 2012

La noche que bailé con Beyoncé

El otro día estaba en la cocina, rebuscando algo con lo que hacerme un mísero sándwich, cuando llegó a mi bandeja de entrada un correo electrónico de una lectora.

Reconozco que escribiendo servidor un blog bajo la cabecera Manual de un buen vividor, quedaría mucho mejor decir que me llegó el correo estando en la ópera, en el museo o, mejor aún, en la habitación de un hotel a orillas del Sena, descorchando la segunda botella de champán Louis Roderer con dos despampanantes gemelas suecas de metro noventa, ojos verdes y unas piernas de infarto.

Pero no. Lo cierto es que me llegó en mi cocina, más solo que la una, tratando de descubrir nuevas formas con las que sorprender a mi sufrido paladar y barajando combinaciones de ingredientes inverosímiles para un sandwich.

Ya ven ustedes: la vie de bon vivant.

La cuestión es que el correo de la amable lectora decía lo siguiente:

Querido Guardián,

¿Para cuándo una de esas historias de desamor que hacen que nos riamos de la vida?

De lo ridículos que somos al vernos solos ante el peligro de la soledad amorosa. Quiero saber lo divertido que puedes convertir esos sentimientos que suelen ser los que nos hunden en la miseria. Quiero reirme con alguna de esas citas que acabaron siendo un total  fracaso.

Ojalá me hagas caso porque no sabes lo que ayudaría a muchas como yo que estamos en momento de trance total

La verdad es que no es la primera vez que me llega un correo de esta índole: lectoras que me piden que desmitifique un poco todo el tema del amor, asunto que algunos se toman muy en serio. Tal vez demasiado.

Así pues, tras echar un breve y último vistazo al paupérrimo contenido de mi nevera pensé: Pido una pizza y pienso en qué contestar.

Y así fue, esperando sentado en mi cocina una pizza, como me puse a recordar La Noche Que Bailé con Beyoncé.

Y es que a veces es importante no tomarse demasiado en serio las cosas y reírse de uno mismo y sus circunstancias.

Ya he dicho que no es un comienzo de película. Pero la historia sí que lo es. De película de terror, claro.

¿Que qué ocurrió aquella noche?

Bien, se lo cuento, pero para ello haremos un pequeño flashback. Nos subiremos al Delorean de Michael J. Fox e iremos hacia atrás en el tiempo.

HACE 1 AÑO

Madrid, un sábado pseudoprimaveral y lluvioso, hacia las nueve de la noche.

Con una soberana resaca azotando el techo de mi cabeza, salgo de la ducha mientras una voz interna no deja de repetir el mismo nombre una y otra vez: HOLLY. HOLLY. HOLLY.

Holly es la prima de un amigo inglés, Nick, al que había conocido unos veranos atrás en Londres.  Su querida prima Holly se acaba de instalar temporalmente en Madrid para hacer unas prácticas y mi buen amigo me ha pedido de manera reiterada que fuera a cenar con ella, porque , y aquí cito textualmente, “es un chica muy simpática, divertida, muy guapa y así le enseñas Madrid porque no conoce a nadie y debe estar muy aburrida”.

Superada mi habitual reticencia hacia este tipo de encuentros preconcebidos, cruzo un par de mensajes y finalmente quedo a cenar con Holly un sábado. Aquel sábado. Saturday Bloody Saturday.

Si algo tenemos los imbéciles de remate y sin solución es una asombrosa capacidad de imaginación por lo que, sin darme cuenta, sin sabér cómo y sin conocerla aún de nada, ya estoy perdidamente enamorado de la tal Holly.

Me encanta su nombre. Holly. Me recuerda a Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes: Miss Holly Golightly.

Me imagino a una chica de elegante estilo, ojos castaños y con un acento inglés propio de una educación en Cambridge, haciendo comentarios ingeniosos toda la noche y compartiendo mismas aficiones, libros y discos favoritos conmigo.

Mientras voy andando por Alonso Martínez para llegar al restaurante italiano en el que hemos quedado, ya me doy cuenta de que he perdido totalmente el control de la situación cuando me sorprendo a mí mismo pensando en los nombres de nuestros futuros hijos.

Chico, no te embales, me repito sin cesar.

Ensimismado en mis pensamientos llego al restaurante y cuando estoy a escasos 100 pasos del restaurante italiano, busco con la mirada a  Holly. 

Y entonces la veo.

Joder que si la veo.

Ella, haciendo gala de las costumbres inglesas, está esperando en la puerta del restaurante puntualmente.

Ella, haciendo gala de las costumbres inglesas, lleva una curda encima de órdago, una lata de cerveza en la mano y está fumando un pitillo con la misma elegancia y gracia que un camionero en un área de descanso.

Ella, haciendo gala de las costumbres inglesas, va maquillada como si viniera de hacer un trío con el payaso de Mikolor y el del McDonald´s, su pelo parece el refugio de unas golondrinas y su vestido presenta lamparones por todos lados.

Y entonces pienso:

Dios.

¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Holly?

Y no. No voy a mentir. No voy a decir ahora eso deni siquiera me fijé en su aspecto físico, porque sólo me fijo en el interior de las personas ya que lo que busco es crear vínculos emocionales, no el vulgar placer carnal

No.

Porque para ser francos y en honor a la verdad, diré que en ese momento, en ese preciso instante, lo primero que pensé fue en tirarme a la carretera para que me atropellara el primer autobús que pasase por ahí.

Y eso es así.

Porque Holly, mis queridos lectores, Holly era de belleza distraída, presentaba un aspecto deplorable y su rotunda anatomía de vikinga dejaba a su primo de 100 kilos y metro noventa en una piltrafilla. 

Pero volvamos al restaurante.

Nos damos dos besos.

Su pelo huele cerveza y a tabaco.

Peor. Huele a cerveza y a cenicero.

Peor. Huele a cerveza y a ese olor que se impregna en las cortinas y en los jerseys tras una fiesta en tu casa en la que todo el mundo fuma hasta las tantas y al día siguiente aparecen montañas de cigarrillos apagados en copas con restos de whisky.

Así olía mi querida Holly.

Mi otra Holly, la elegante chica de educación de Oxford y que leía a Oscar Wilde en sus ratos libres, es decir, la Holly imaginaria, no aparece por ningún lado por mucho que mire a mi alrededor.

Mientras un camarero nos acompaña a nuestra mesa, Holly me dice algo, pero no presto demasiada atención porque estoy maquinando mentalmente la forma de enviar una carta con ántrax a mi supuesto amigo por tramar tan vil emboscada.

Me confiesa, por si no había reparado en sus torpes movimientos, que ha estado bebiendo “un par de cervezas” con unas amigas antes de venir y que viene “algo achispada”.

Finjo sorpresa.

Achispada, dice. Lo que vienes es con una tajada propia de un general checheno

Nos sentamos, y comienzo a leer la carta en silencio, deseando que sea una muerte rápida e indolora. Pero su estridente voz interrumpe mis pensamientos.

-Así que éste es el típico restaurante español- dice, mirando con los ojos muy abiertos a su alrededor.

Echo un vistazo alrededor. Echo un vistazo a la carta. Echo un vistazo al nombre del restaurante.

¿Pero qué coño está diciendo de “típico restaurante español”?

Solo falta al lado de nuestra mesa un cocinero con bigote, vestido de blanco, llamado Giovanni, manchado de harina y tirando al aire la masa de la pizza para que cumpla todos los tópicos de un restaurante italiano

Le trato de explicar que, en realidad, es más bien un restaurante italiano, pero noto que no me hace ni caso.

Se trata de encender un pitillo con la vela de nuestra mesa. Yo me quiero cortar las venas con el cuchillo de la mantequilla. El romanticismo de la escena se puede tocar con los dedos. Love is in the air. Fuck yeah.

Viene el camarero.

-¿Les tomo nota?- pregunta educadamente.

-¡Sí! – contesta Holly muy apresurada -Yo quiero…¡¡PAELLA!!.

Bien, mis queridos lectores, tanto mi capacidad lingüística como mi nivel narrativo no son suficientes para poder plasmar en un folio y con palabras la cara que puso el camarero al oír semejante petición.

El camarero me mira con esos ojos de: ¿Qué diablos le pasa a esta tía?

Yo miro al camarero con esos ojos de: Por favor, trae una escopeta, pégame un tiro y acaba con esta agonía aquí mismo

Tras explicar el camarero con su inglés de la Alcarria que no había paella (Here no paella, here pasta, darling), al final Holly se decanta por unos carbonara.

En ese momento trato de decir lo que quiero cenar yo, pero Holly me interrumpe y suelta un grito:

“ Y vino!! We want Vino!!”

Y luego estalla en una carcajada tan estridente que hubiera hecho esconderse a una hiena bajo una mesa.

Cuando nos traen el vino, me quedo asombrado con el ritmo que impone mi querida Holly. Pimplada tres cuartos de la botella, cada uno por motivos diferentes, ella por el evidente cuadro de alcoholismo que presenta y yo para olvidar esto que me está ocurriendo, Holly acerca mucho la cabeza hacia la mía y me susurra esa pregunta con la que todos hemos fantaseado que nos haga una chica en esa primera cena.

¿Sabes dónde puedo comprar porros?

Me quedo en silencio 15 segundos.

Pestañeo.

Cambio de tema.

Vino. Tiramisú. Más vino. Un par de preguntas tan incoherentes como improcedentes por su parte. Y la cuenta. Bendita cuenta.

Veo la luz al final del túnel.

Salimos fuera, y está diluviando. Pide un pitillo a un espontáneo por la calle que le da un Marlboro Light. Se gira hacia mí y me dice que probablemente eso sea lo único Light que ha tomado en su vida. Y estalla en su ya extrañamente familiar carcajada de lunática.

Cuando para de jarrear, empezamos a andar por las calles mojadas de Madrid.

- ¿A dónde vamos ahora?- me pregunta, clavándome su mirada y batiendo sus párpados adornados con lo que a mí me parece a primera vista Titanlux, pintura de plomo.

Lento yo de reflejos, dejo que la mente etilíca de Holly empiece a funcionar y, tal vez por una revelación divina, suelta que quiere que la lleve a bailar, y que baila fenomenal, y que sus amigas dicen que baila igual que Beyoncé.

Pienso en Beyoncé. Miro a Holly. Pienso en esa mujer de ébano, todo muslo, todo tendones, todo ritmo y sensualidad. Miro a Holly.

Beyoncé. Holly.

Beyoncé.

Holly.

¿Me estará hablando en serio?

Sin embargo, cuando me quiero dar cuenta, estoy entrando por la puerta de una discoteca infame, deseando llegar a la barra y hartarme a copas.

Dejo el abrigo en el ropero y me dirijo como un tiro a por un gin tonic.

Desde la lejanía de la barra observo a Holly. Está en la pista de baile, danzando de una manera bastante fogosa con lo que parecen dos australianos, al ritmo de reggaeton.

Ah, mi querida Holly.

Al cabo de 20 minutos, desafortunadamente, tanto mi copa como los australianos han desaparecido y Holly se me acerca, contoneándose rollo mujer fatal, y me susurra al oído sensualmente, o al menos eso cree ella:

Pídeme un whisky con agua… Y luego, te vienes a bailar conmigo.

Y ahí que me planto, con un whisky con agua en una mano y un gin tonic en la otra, en el centro de la pista de la discoteca, como un reo esperando su ejecución en el corredor de la muerte, viendo a Holly contorsionándose como si estuviera haciendo algún tipo de ritual de apareamiento ancestral. Algo así como un mezcla entre la danza del vientre de Shakira y lo movimientos de un pavo real.

Y justo en ese preciso instante, de pronto, algo trágico sucede. El DJ, compinchado con el Diablo, parece dispuesto a amargarme la noche, y decide poner un tema de Beyoncé.

Y, claro, se desata la locura.

Holly chilla, levanta los brazos, se mueve, se tropieza, agita las manos, hace un paso de baile inversosímil, pone muecas de bailarina profesional, se tambalea, salta, canta, grita y sólo acierta a decir: BEYONCÉ!! BEYONCÉ!! BEYONCÉ!!, mientras me empieza a rodear bailando de una forma absurdamente desacompasada.

Sólo diré que ha pasado más de un año y aún me despierto por las noches, con sudores fríos, soñando con esos bailes a mi alrededor con Beyoncé de fondo.

No sé cuánto tiempo pasé ahí dentro bailando con Holly. Pudo ser media hora. O una hora. El caso es que a mi me parecieron días.

Salimos de la discoteca y yo casi me arrodillo a besar el suelo, como el Papa.

Y lo hubiera hecho, pero mi querida Holly se puso a vomitar nada más salir a la calle.

HOY DE NUEVO

Llaman a la puerta. Abro y me encuentro a un tipo con chubasquero y casco de moto portando mi pizza.  Pago y cuando entro otra vez en casa, me pongo a pensar en Holly.

No. No fue la mujer de mi vida.

Pero soldado que huye sirve para otra guerra.

 Y aún quedan muchas guerras en forma de cenas, copas, risas y chicas.

Disfrutemos del viaje hasta el destino, con sus curvas, sus precipicios y sus baches.

Lo divertido es el trayecto.

Siempre el trayecto.



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