6 de junio de 2012

A los del anuncio de Estrella Damm

Muy señores míos del anuncio de Estrella Damm,

Es martes. El viernes no es todavía más que un punto lejano en el horizonte. Hace un calor insoportable y la corbata que llevo puesta impide que el riego sanguíneo llegue con fluidez al cerebro, lo que aumenta el punzante dolor de cabeza que arrastro desde hace días.

En mitad de todo esto, llega a mi bandeja de entrada el mail de un amigo con un enigmático asunto: “Ha llegado el veranito”. Temeroso de que se trate de una exhaustiva galería recopilando 400 chicas en top-less o algo de similar enjundia intelectual, miro a mi alrededor antes de proceder a abrir el archivo adjunto. No hay moros ni señoritas impresionables en la costa.

Lo abro.

Y cuál es mi sorpresa al comprobar que se trata del nuevo anuncio de Estrella Damm.

Lo habéis vuelto a hacer, malditos. Lo habéis vuelto a hacer.

Verán ustedes, señores creativos de Estrella Damm, nosotros somos la generación de los anuncios de televisión. Los que pedíamos a los Reyes Magos la colonia Jacq´s por si venía a buscarnos aquella rubia motorizada de turgentes curvas, enfundada en cuero. Somos los JASP, esos Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados que nos íbamos a comer el mundo y al final resultó que nos comió el mundo a nosotros. Los que jugando al fútbol en el patio del colegio, nos levantábamos el cuello del polo y decíamos desafiantes al portero, en un primitivo francés, “Au Revoir”, como Eric Cantona en aquel anuncio de Nike, para efectuar posteriormente un lamentable disparo que salía por la valla del colegio, siguiendo una trayectoria inverosímil y poniendo en riesgo la vida de algún octogenario viandante.

Somos los que con 3 copas encima, cantamos a las chicas el “No puedo vivir sin ti, no hay maneeeeeera” del anuncio de Ikea, con voz de cazallero y tan entregados como si le estuviéramos cantando una saeta a la Macarena. Somos los que casi nos despistamos y acabamos apoyando a Argentina en un Mundial de fútbol tras emocionarnos con un anuncio de Quilmes. Somos los que, ajenos a cualquier moda, creemos que aún se lleva lo de hacer el gesto del Chico Martini en la barra del bar. Somos los que imitamos a Bruce Lee  con su solemne “Be water, my friend”. Somos los que, a día de hoy, continuamos llamando a nuestros familiares cada 24 de diciembre y soltamos, cual cretinos atrapados en el día de la Marmota, aquello de Hola, soy Edu, Feliz Navidad.

Sí. Somos esa generación. La televisión nos educó y ya no tenemos remedio ni solución. Y lo sabéis. Vaya si lo sabéis.
Y ahora, canallas,  nos ponéis este anuncio con impresionantes puestas de sol, mar de plata y espuma, playas de arena blanca, veleros, canciones pegadizas que se te incrustan durante meses en algún resquicio de la corteza cerebral, chicas espectaculares, calas perdidas, islas paradisíacas, fiestas hasta el amanecer y alcohol a raudales.

¿Acaso creíais que, tras contemplar estas escenas, nos íbamos a conformar con ir al bar de la esquina, aflojarnos el nudo de la corbata y pedir una cerveza, mientras hablamos de la alineación de Del Bosque para la Eurocopa?


Pues no.

Habéis creado unos monstruos sedientos de verano. Vuestros anuncios se han convertido en el pistoletazo oficial que da comienzo a las vacaciones. Sois los responsables directos de que al llegar cada agosto, huya con mis amigos lejos de la cobertura de los móviles hasta remotas islas a bordo de un catamarán, un velero bergantín con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela que no corta el mar, sino vuela, en el que surcar los mares en busca de las vacaciones perfectas.

Pero no es oro todo lo que reluce, queridos.

Porque ustedes comprenderán cierta decepción en la tripulación del barco cuand0, borrachos de fantasía por vuestros anuncios, las noches van pasando y no hemos conquistado a ninguna de las chicas que salen en vuestros anuncios (que ya podríais pasarnos sus teléfonos, digo yo, haciendo gala de cierto quid pro quo).

Y en lugar de terminar las noches con estas sirenas, lo que suele suceder es que acabemos compartiendo un diminuto camarote con el amigo de turno que duerme plácidamente en calzoncillos mientras emite al dormir un ruido similar al de un gorrino siendo destripado.

En tales circunstancias, sólo queda dormirse junto al colega, mecidos por el vaivén de las olas, en una estampa de lo más homoerótica, mientras uno piensa en dónde estarán las chicas de las canciones de los anuncios de Estrella Damm y si nos las encontraremos a la mañana siguiente surcando las olas.

Y, a la mañana siguiente, por supuesto, ni sirenas surcando olas, ni historias. Tus amigos, recién levantados y en gayumbos, saludando al nuevo día.

Porque nunca suelen ser despampanantes chicas en bikini y piel dorada nuestras compañeras de travesía. Suelen ser, más bien, italianos vigoréxicos, tatuados hasta las pestañas, con maxigafas de sol, looks capilares sacados de “Hombres, Mujeres y Viceversa” y sin, aparentemente, más prenda que unos turbopaquets de muy dudoso gusto. O algunos marmóreos suecos que ejecutan, así de repente, acrobáticos saltos desde el mástil del barco, con doble tirabuzón, carpa y triple mortal, en imposibles escorzos y pasmosa facilidad, ante el delirio de las féminas presentes, para ya acabar de minar nuestra moral y dejarnos tocados y hundidos.

Ante tal competencia, sólo nos queda contraatacar ignorando, sentados en nuestro barco, las dotes atléticas de los suecos y hacer comentarios académicos entre nosotros, cual locutores de salto de trampolín de La 2: “No ha sido un salto perfecto,  Ha salpicado mucho al caer,Le ha faltado armonía en el segundo tirabuzón, o alguno ya de menor grado técnico como Qué payaso el sueco este de los cojones. Saltando así, es gay seguro.

En definitiva, que me gusta su anuncio, oigan. Sí, ya lo he dicho. Me gusta. Me gusta porque me trae buenos recuerdos. Y me da igual que esté concebido para venderme cervezas, que todos los años sea muy parecido, ligeramente ñoño o de lo más utópico. Que me da igual. En la vida no paran de vendernos cosas a todas horas. Al menos, que me las vendan bien, con una canción bonita y, si puede ser, dejándome una sonrisa en la cara.

Ya ven. Cursi que debe ser uno.

Por cierto, antes de acabar y ya con confianza, les confesaré que entre mis múltples manías y rarezas está que no me guste la cerveza.

Pero eso es algo secundario.

Brindaré con una copa de vino por vuestro anuncio.

Y ya les mandaré una postal este verano desde la Serra de Tramuntana.

Sin otro particular, se despide atentamente este plumilla.

Un abrazo,

El guardián entre el centeno

Pd: !que viva el verano y arriba la concha de la Lora!
 



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