Yo también puedo escribir una jodida historia de amor
Esto fue lo que soltó el escritor Carlos Salem, el Bukowski de Malasaña, dando un sonoro puñetazo a la barra del bar, cuando un amigo le comentó durante una noche de borrachera que jamás sería capaz de escribir una historia de amor bonita.
O una historia de amor a secas.
Estoy pensando en esta anécdota que dio origen al libro que estoy (re)leyendo estos días, mientras espero a que me traigan el café que acabo de pedir.
La camarera, con cierto aire chulesco y mascando un chicle de menta tal y como haría un koala con una rama de eucalipto, deposita mi café en el único rincón que queda libre en la mesa entre tanto periódico abierto.
Estoy sentado en MI mesa, que da a una gran ventana desde la que puedo ver la calle Alcalá con el Retiro de fondo. Lo cierto es que no se trata de MI mesa strictu sensu, sino que existe un acuerdo tácito con el resto de camareros y parroquianos, como ocurre con el sofá de Friends del Central Perk, para que yo ocupe esa mesa cuando voy. Me la he ganado a base de cafés y gin tonics.
- Aquí tienes tu cortado- me suelta la camarera, sin mirarme, inundando el plato del café desbordante de la taza.
Odio cuando ocurre esto.
Y, como siempre, me lo han puesto a una temperatura fantástica para hervir una langosta pero no tanto para beberlo sin sufrir quemaduras de tercer grado en el esófago.
Mientras espero a que el café se enfríe , clavo la vista en la enorme ventana, tal vez por encontrar inspiración mientras veo a la gente pasar por las frías calles.
Y de pronto, el mundo se detiene en seco, y con él, el ruido del bar, los coches de la calle, la hoja que se cae de aquel árbol y el viento.
Porque estás ahí de pie, esperando un taxi, y es como si el tiempo no hubiera pasado, o como si hubiera pasado y te hubieses estado arreglando desde aquel último día que te vi, porque estás obscenamente guapa. Ridículamente guapa. “Pongan-aquí-el-adverbio-que-quieran” guapa.
Doy un pequeño sorbo al incandescente café, sin apartar la mirada de ti, y me siento como uno de esos policías de las películas americanas, observando a través del cristal por el que puedes mirar y oír al sospechoso a punto de ser interrogado, mientras estudio tu lenguaje corporal y tu forma de ponerte de puntillas para ver si viene un taxi libre.
Y empieza el interrogatorio.
Y me pregunto qué te parecerá el nuevo James Bond, tú que fuiste siempre tan de Pierce Brosnan. Me pregunto con quién beberás las copas ahora hasta las tantas y si sigues defendiendo que DINOSAURIO es una opción perfectamente válida como animal cuando juegas al STOP.
Me pregunto si seguirás oliendo a Nivea, si continúas diciendo que has perdido el móvil de cada restaurante del que sales, si sigues siendo tan nefasta jugando a las palas y si sabes que por fin me leí el puto libro de los Pilares de la Tierra y que tampoco me gustó tanto porque cada página me recordaba a ti y que me acabó dando igual la construcción de la catedral porque yo siempre fui más de empezar las casas -y las catedrales- por el tejado. Como aquel tejado al que te daba miedo subir pero desde el que se veía todo lo que había que ver por la noche. Y tú me preguntabas por las estrellas y yo me inventaba los nombres, las historias y el origen de cada una solo para impresionarte. Siempre fui un farsante con gracia. Pero eso ya lo sabes.
Y me pregunto si te sigue poseyendo el espíritu megalómano y conquistador de Gengis Kan cada vez que juegas al Risk. Me pregunto si te sigue gustando Viggo Mortensen, las canciones de Norah Jones y beber el café frío. Me pregunto si sigues manteniendo que el helado en tarrina es una blasfemia y el cucurucho de chocolate, una excentricidad. Me pregunto si te seguirá extrañando que me guste Tom Waits. Me pregunto si alguna vez supiste lo que me encantaba que untaras la mantequilla a las tostadas y lo bien que te quedaba el olor a pan quemado.
Me pregunto si sabes que a veces te confundo por la calle con otras chicas y se me incendia algo en el pecho. Me pregunto si sabes que cada noche de verano que salgo por Cañadío te imagino saliendo de un bar, con tu ron-cola en la mano, tan negro como tus ojos, como aquel vestido, como las piezas de ajedrez que siempre elegías y como el anillo que llevabas y que ya no llevas por lo que veo ahora con mis ojos, que no son negros ni falta que les hace porque con los tuyos nos vale, nos basta y nos sobra.
Me pregunto si sabes que soy yo el que escribe por aquí, si sigues llorando con los bodrios de Kevin Costner y si te imaginas que cada puta vez que oigo una canción de los Secretos me acuerdo de ti. Me pregunto si eres más de Facebook, de Twitter o de ninguno, si usas Blackberry o iPhone, si alguna vez has pensado que cuando te conocí no existía Youtube, si te seguirá desesperando que no sepa jugar al mus, si tus pestañas siguen pareciendo juegos de mano de un mago y si alguna vez volverás a pedirme que te cuente historias de piratas.
Me pregunto si te acuerdas de cómo me indignaba cuando decías que preferías a Elton John antes que a Sinatra. Me pregunto si sabes que estoy convencido de que ves Gossip Girl y que jamás lo confesarías para que no te diera la brasa, tal y como te la daba por ver Sexo en Nueva York y no mis “series de intelectual”. Me pregunto si llegaste a hacerme caso y viste alguna. Y me pregunto si sabes que hace no mucho me tragué las seis temporadas de Sexo en Nueva York solo porque tú la veías. Me pregunto si sabes que no me gustó nada pero que soy mucho más de Aidan que de Big y que no soporto a la tal Miranda.
Me pregunto si te acuerdas de cuándo hablábamos andando por Madrid de vivir en Nueva York y volar a Venecia, para beber vino francés, yo disfrazado de escocés y tú de geisha japonesa. Y me pregunto a quién coño querrías engañar tú de geisha, con esa piel de aceituna que tienes. Me pregunto si sabes que ahora me encantan los toros y que me acuerdo de ti cuando voy a Las Ventas. Me pregunto si sigues apostando a los caballos más flacuchos porque te dan pena. Me pregunto si sigues tan verbenas o si eres más de quedarte en casa. Me pregunto si sabes que todas las canciones hablan de ti (menos las de Pitbull). Me pregunto si sigues presumiendo de ganar a cualquiera a un pulso chino. Me pregunto si coincidiré contigo en una boda y si me pondré nervioso al saludarte o si me dará lo mismo. Me pregunto si sabes que las dos opciones me angustian por igual
Me pregunto si sabes que no hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió.
Me pregunto si sabes que te estoy viendo por esta ventana.
Me pregunto si sabes que no te voy a saludar y que me voy a quedar aquí sentado, viendo cómo te tocas el pelo, mucho más corto que como lo llevabas aquel junio que vivimos peligrosamente juntos.
Me pregunto si sabes que la vida son dos cafés. Un café como el cortado que me acabo de tomar. Así que ya solo queda uno. Y tú te has subido a ese taxi. Y tal vez no vuelva a verte en años.
Y me pregunto si sabes que eres mi jodida historia de amor. O mi historia de amor jodida.
“El hombre es el ser más ingenuo de la Creación, y donde la mujer pone cálculo, él no pone más que simpleza” Amor se escribe sin hache–Enrique Jardiel Poncela
La mejor forma de sobrevivir a un día tan espantoso como San Valentín es con sentido del humor y cierta elegancia.
Y para ello, nada como refugiarse en un clásico como Jardiel Poncela, nuestro Groucho Marx patrio, y releer alguno de los pasajes de su magnífica y descacharrante “Amor se escribe sin hache“. Carcajadas garantizadas.
(Nota del Guardián: Aconsejo no leer este libro en un medio de transporte público o en un café, o le tomarán por un tarado cuando empiece a reírse espasmódicamente.)
Extracto de “Amor se escribe con hache”, de Jardiel Poncela.
No me importa declarar que entonces las novelas de amor me gustaban. Tenía quince años, y también me gustaba beber cerveza, escribir cartas en verso a amadas imaginarias y ponerme cuello de pajarita.
En tales novelas leí y aprendí las siguientes cosas:
1. Que los hombres que enamoran a las mujeres son siempre altos, delgados, de pelo negro y ojos verdes y se dedican a la literatura, a la pintura, a la escultura, a la aviación o a la tauromaquia.
2. Que todos, sin excepción, tienen puesto un piso de soltero en la calle de Ayala.
3. Que los hombres que no reúnen las condiciones citadas se ven despreciados y engañados por las mujeres.
4. Que las citas de amor se verifican a las cinco de la tarde.
5. Que a las mujeres fatales se las encuentra a bordo de los trasatlánticos y de los expresos, o en Londres o en Berlín o en Suiza o en la Costa Azul.
6. Que cuando dos amantes distinguidos entran en un bar, piden siempre sendos “cocktails”.
7. Que hay gentes que se mueren de amor.
8. Que existen amores eternos.
9. Que las mujeres de vida airada son unas santas, mientras que las aparentemente honradas son monstruos de perversión.
10. Que los hombres se dividen en dos grupos: buenos y malos.
11. Que el amor es lo más importante del mundo.
12. Que la gente elegante vive hastiada de la vida, es extravagante y toma cocaína, morfina y éter.
13. Que los “cabarets” son antros de perdición.
14. Que las mujeres cultas y exquisitas aman de un modo excepcional.
15. Que las muchachas solteras se dividen en inocentes y puras y pervertidas e impuras.
16. Que el acto de hacer el amor es muy poético.
Todo esto leí y aprendí en las novelas llamadas “de amor”. Pero ha pasado el tiempo y la vida me ha enseñado estas otras cosas:
1. Que a las mujeres igual las enamoran los hombres altos que los bajos, que los de ojos verdes, que los de ojos saltones, que los escultores, que los peritos mercantiles, con tal de que tengan dinero para sostenerlas y energías para satisfacer su sensualidad.
2. Que no llegan a cinco los hombres que tienen puesto piso de soltero en la calle de Ayala.
3. Que las mujeres, cuando desprecian o cuando engañan, lo hacen sin saber por qué, pues razonan rarísimas veces.
4. Que las citas de amor, como los relojeros, no tienen hora fija.
5. Que a las mujeres fatales se las encuentra hasta en el consomé.
6. Que el “cocktail” no lo piden más que cuatro cursis a los que no les gusta.
7. Que nadie se muere de amor, sino de la gripe.
8. Que no hay un solo amor eterno.
9. Que todas las mujeres son iguales, salvo las diferencias de nombre, de cédula y de cutis.
10. Que los hombres no se dividen en grupos, sino en piaras.
11. Que el amor no tiene la importancia que se le da.
12. Que sólo toman estupefacientes las personas que no han digerido las novelas de amor precitadas.
13. Que en los “cabarets” no se pervierte ni se divierte nadie.
14. Que no hay mujer que no ame de un modo vulgarísimo.
15. Que las muchachas solteras no son susceptibles de división ninguna, porque forman una sola falange de “hambrientas de la carne”, unas que saben lo que les ocurre y otras que no aciertan a explicárselo.
16. Que el acto de hacerse el amor ha sido, es y será una suciedad tan lamentable como tranquilizadora.
La diferencia existente entre lo que aprendí en las “novelas de amor” y lo que he aprendido viviendo, me prueban que esas novelas inculcan falsas y absurdas ideas en los cerebros juveniles.
Para ello he escrito “Amor se escribe sin hache”, pues pienso que las novelas “de amor” en serio solo pueden combatirse con novelas “de amor” en broma. Exactamente igual hizo Cervantes con los libros de Caballería, sin que esto sea osar compararme con Cervantes pues entre él y yo existen notables diferencias; por ejemplo: yo no estuve en la batalla de Lepanto.
Sentido del humor, mis queridos lectores. Eso, que nunca falte.
Nunca.
Gracias a la magnífica Blackie Books por rescatar del olvido este espectacular libro (y tantos otros)
Besos y abrazos,
No existe más que una estación: el verano. Es tan hermosa que las otras giran a su alrededor. El otoño evoca el verano, el invierno lo invoca y la primavera lo envidia. – Ennio Flaiano
El sábado fui a cenar con mis amigos aLoSiguiente, uno de mis sitios favoritos de Madrid. Mientras devoraba con fruición las hamburguesas y el maravilloso risotto, no podía dejar de observar a los valientes que iban entrando al restaurante, con el rostro congelado, y ataviados como si vinieran de participar en una carrera de trineos en Alaska.
Absorto estaba contemplando este trasiego de esquimales yendo y viniendo, cuando uno de mis amigos se descolgó soltando, a bote pronto y sin anestesia, que le encantaba el invierno, el frío, la nieve y que qué maravilla de tiempo hacía, oye. Cerca estuve de sacarme un guante del abrigo y cruzarle la cara de un guantazo por tamaña aberración.
La única estación que merece la pena es el verano. Y la primavera (pero sin abusar). Y punto.
Copas al aire libre. Terrazas. Jugar al fútbol en la playa. Leer el periódico sin temor a que un tornado se lo lleve. Aceitunas tras bañarte en el mar. Ventanas abiertas de par en par. La mezcla de la piel morena con ojos verdes. Camisas y pantalones blancos. Cañadío. Hacer el cafre en la piscina de tus amigos. Poder ir en polo (la prenda más cómoda jamás inventada junto con el pijama con bolsillos). Hablar de los fichajes del Real Madrid. Amores de verano. Cine al aire libre. Días largos. Camisas de lino. Dormir en gayumbos. Leer novelas de asesinatos. Luz. Noches. El ruido monocorde del ventilador. Estrellas.
Y, sobre todo, chicas. Chicas morenas. Chicas en bikini. Chicas con vestidos de verano. Chicas con el pelo mojado leyendo revistas en la playa. Chicas con gafas de sol y pantalones cortos. Chicas con pecas. Chicas con sandalias. Chicas bebiendo gazpacho. Chicas en un descapotable. Chicas tomando helado. Chicas que huelen a crema y a sol y a sal. Chicas sonriendo. Chicas con sombrero.
Ah, el verano… (suspiro)
Mientras mi anhelado estío va acercándose lentamente, me temo que no queda más remedio que atrincherarse hasta que pase el enemigo: el General Invierno.
¿Mi recomendación?Ginebra, libros y películas.
La ginebra: Hace poco un buen amigo, de paladar fino y gustos exigentes, me presentó a la ginebra de mi vida, Sipsmith. Se trata de una destilería totalmente artesanal que han montado 3 amigos londinenses -bastante zumbados, todo hay que decirlo- que derrochan sentido del humor y buen rollo por los 4 costados. Con la cara dura y esa inconsciencia innata del emprendador ( agravada por su afición a pegarle a la ginebra), han montado una destilería con la tecnología propia de 1820. Literalmente de 1820. El resultado es un genial bebercio que algunos expertos dicen será la ginebra del futuro. Néctar de los dioses.
Libros: Últimamente ando entusiasmado releyendo “Retratos y encuentros“, el imprescindible libro que recoge los mejores artículos deGay Talese, un tipo tremendamente elegante escribiendo y vistiendo. Con su brillante pluma va dejando retratos y perfiles de Hemingway, Kennedyo Muhammad Alí. También incluye su maravillosa crónica “Frank Sinatra está resfriado“, que le dio dinero, fama y, espero, mujeres. Un maestro de periodistas cuya lectura es entre recomendable y mandatoria.
Por otro lado, para todos aquellos locos, como servidor, de los librosTaschen (que sé que hay muchos leyendo) decirles que a lo largo de este fin de semana hay un outlet de libros de Taschen en la tiendaCup & Cover (C/Minas 9). Por ahí me pasaré algún día. Me podrán reconocer facilmente: seré el que está gruñendo por el frío, bajo capas de abrigo, con una pila de libros en cada brazo.
Películas. Antes de nada, les voy a decir una cosa que algunos considerarán una herejía condenable con la lapidación: me da igual Meryl Streep y me da igual lo buena que sea clavando a la Thatcher. No pienso verla. Me da una pereza infernal esa película. Estoy ya muy cansado de los biopics y que siempre den un Oscar al protagonista de turno por encarnar a la Reina de Inglatera, a Jorge VI, a Ray Charles, a Ali, a Mandela o a Capote. Muy cansado. Que sí, que son muy buenos y lo que quieran. Pero me da igual.
Hacen falta historias nuevas y actores que den vida a personajes novedosos. Prefiero un papel como el del Capitan Sparrow que 200 interpretaciones sublimes de Margaret Thatcher.
Aclarado esto, les digo que mi plan será ir a los Cines Renoir, en V.O, un cine de los de toda la vida (que tampoco se acaba el mundo con lo de Megaupload, por cierto), que posee ese cierto toque decadente que tanto me gusta, y veré Moneyball, inspirada en un libro de Michael Lewis que me encantó, o Albert Nobbs, con la gran Glenn Close a las órdenes de Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez.
Por otro lado, me fijé que en el post de hace unos días, en el que hablábamos de Superman y películas románticas, nadie mencionó entre sus favoritas la película romántica por excelencia: Beautiful Girls. Un peliculón como la copa de un pino, con una Uma Thurman de la que es imposible no enamorarse y con una apabullante Natalie Portman dando recitales sobre cómo actuar con apenas 13 años. Quiero pensar que ustedes la han visto. Y aquellos que aún no lo han hecho, que lo hagan con carácter de urgencia. Además, encaja perfectamente con el tiempo que hace.
Espero lograr sobrevivir a este tiempo a base de gin tonics, buenos libros y películas. Cualquier recomendación será aplaudida con entusiasmo.
Como siempre, la música sigue sonando en los comentarios. Pásense a tomar una copa y a charlar. Y que los tímidos salgan a bailar.
Si alguien desglosara mi cuenta de gastos al final de mes, rápidamente se daría cuenta de que éstos van a parar a: a) copas; b) cenas; c) conciertos; d)pistachos (han alcanzado un precio más cercano al del plutonio enriquecido que al de los frutos secos) y , principalmente, e)libros.
Sí, soy un comprador compulsivo de libros. Lo reconozco. Y no tengo remedio. Ni quiero tenerlo.
Tal vez esta adicción sea la causante de que, ya hace un tiempo, me convirtiera en el bibliotecario oficial de amigos y familiares. Y yo, que me meto rápidamente en el papel, tengo ya hasta un hoja de Excel con distintos colores, en la que apunto concienzudamente quién tiene tal libro y desde hace cuánto tiempo. Si tu nombre está en verde, no corres peligro. Si tu color es el amarillo, no te despistes demasiado. Y si estás en rojo, amigo, que no te sorprenda si cualquier día amaneces con la cabeza de un caballo entre las sábanas y la siguiente nota: devuelve el libro al Guardián. En la Famiglia somos así.
La cuestión es que esta semana me han llegado varios correos preguntándome por distintos libros. En uno de ellos, excepcionalmente bonito, una lectora habitual (qué bien suena esto) me pregunta por mis libros favoritos de música que, junto con los de viajes, son con los que más disfruto leyendo.
Así que, muy gustosamente, les dejo aquí con esos libros que cuando los leo, los pies se me van solos:
MIS 5 LIBROS FAVORITOS DE MÚSICA
1. Mil Violines – Kiko Amat
Kiko Amat (Cosas que hacen Bum, Rompepistas) es mi escritor favorito en castellano. Y sanseacabó. Me río yo de Marías, Revertes, Ruiz Zafones y otros superventas nacionales. Este catalán narigudo, apasionado anglófilo, novelista autodidacta, coleccionista de vinilos y entusiasta sin límites del vermut, tiene una facilidad para escribir que emociona. Con un estilo impecable, destilando sentido del humor y haciendo gala de una abrumadora cultura musical, ha escrito El Definitivo Libro de Música En Castellano, así, con mayúsculas, negrita, luces de neón y artificios pirotécnicos alrededor.
Mil Violines trata de discos bonitos, de música-para-tíos, de The Who, de peleas, de malvivir en Londres, de Rachmaninov, de fiestas salvajes, de bailes y peinados, de Morrissey o de cómo ordenar una colección de más de 4000 vinilos.
Una maravilla de libro que, al igual que ocurre con las buenas canciones, se te hace corto.
2. 31 Canciones –Nick Hornby
La presencia de Hornby en esta lista era obligada. Lo sabíamos todos.
Este libro, un clásico para muchos, versa sobre 31 canciones que para el autor de la legendaria novela “Alta Fidelidad” han sido especiales en algún momento de su vida. Si lo hubiera escrito un tipo pedante y pretencioso, el resultado sería insufrible. Hornby, sin embargo, consigue encontrar un perfecto equilibrio, describiendo con humor y pasión, momentos especiales de su vida con canciones de Springsteen, Teenage Fanclub o Nelly Furtado como hilo conductor.
3. Barcelona Ciudad – Loquillo
Tengo absoluta debilidad porLoquillo. Ese aspecto de crooner malencarado, ese estudiado anacronismo, esa chulería de barrio y esas canciones de tipo duro con corazón blando, hacen que no me pueda resistir al gran Loco. Algunas de sus canciones son himnos personales.
Son ya varias veces las que le he visto en directo. Y es pura magia sobre un escenario.
En este libro, Loquillo habla de su adolescencia, de cómo ser un rocker en la Barcelona de los 70, de su odio a los hippies, de anfetaminas y de mujeres que destrozan el corazón. Todo ello, con impecable estilo.
4. Alta Fidelidad – Nick Hornby
No creo que sean necesarias las presentaciones. Si usted no ha leído este libro, debería salir corriendo ahora mismo, agarrar por la solapa al primer librero que vea y decirle que NECESITA este libro.
Puede que hayan visto la película (protagonizada por ese gran actor llamado John Cusack). Bien, me da igual. Estamos ante un libro básico, fundamental, imprescindible y necesario.
Dejen lo que se encuentren haciendo ahora y vayan a comprarlo ahora mismo.
Es imposible no querer a Rob.
5. Cosas que los nietos deberían saber – Mark Oliver Everett
EELS es ese típico grupo, inexplicablemente poco conocido, pero que sus canciones gustan a todo el mundo. Cada vez que suenan en mi coche, alguien cae rendido a sus canciones. ¿Por qué? Porque son una maravilla.
Su cantante, Mark Oliver Everett, un tipo a medio camino entre la locura y la extravagancia, ha escrito esta especie de autobiografía en la que cuenta al detalle su peculiar vida, plagada de sucesos surrealistas y de música. Sobre todo, de música.
Escuchen algo de EELS y piensen en lo que sería capaz de hacer este tipo con un lápiz y muchas hojas de papel.
* Bonus Track – Hang the DJ
No he querido incluir este peculiar libro en la lista al encontrarse únicamente en inglés, pero no quería desaprovechar esta oportunidad para recomendar uno de los libros más originales que he leído nunca.
Si usted no tiene problemas leyendo en la lengua de Shakespeare y le encanta, como a mí, hacer todo tipo de listas absurdas, acaba de encontrar su libro.
Hang the DJ es una recopilación de listas de canciones, a cada cual más curiosa : las 10 mejores canciones con tartamudeos, las 10 mejores canciones sobre la muerte o las 10 canciones de los últimos 25 años que perturbarían a alguien que acaba de despertar de un coma.
Espero que les gusten mis recomendaciones. Yo, por mi parte, aguardo con impaciencia que sigan hablando, sugiriendo y recomendando en esa tertulia de barra de bar que nos hemos montado en los comentarios. Hacen que me lo pase estupendamente. Tienen ustedes la palabra.
Mientras tanto, lean y bailen con estos libros.
Y recuerden lo que escribió Casavella: en el baile y en la vida, lo importante es tener ritmo, no compás.
Besos de película para ellas y varoniles abrazos para ellos.
Hace poco fui con unos amigos a tomar unas copas, que es lo que mejor sabemos hacer en equipo. Muy cerca de nosotros, un grupo de chicas bebía gin tonics como si las reservas mundiales de ginebra fueran a extinguirse y solo ellas lo supieran. Tras un par de movimientos de avance, dignos del mejor estratega militar, conseguimos acabar compartiendo con ellas conversaciones, copas y carcajadas. En un momento dado, sin saber muy bien cómo ni cuándo, las chicas comenzaron a hablar de su Top 5 de películas románticas, que debía ser un tema muy recurrente en sus conversaciones a juzgar por sus acaloradas disputas. Nombres como Love Actually, El Diario de Noa, Pretty Woman, Sabrina, Cuatro bodas y un funeral, Jerry Maguire, Antes de que amanezca… comenzaron a sucederse en una especie de ranking colectivo en el que era imposible alcanzar un acuerdo. Los tres amigos con los que yo estaba, apoyaban ciegamente cualquier película que sugerían las chicas más guapas del grupo.
Yo me quedé callado, escuchando, maravillado por la pasión con la que hablaban de ciertas escenas, observando cómo cerraban los ojos, riendo, tan guapas, recreando algunas escenas, mirando al techo, con los ojos brillantes, como si ahí estuvieran escritos ciertos diálogos y tratando de sacar a flote los recuerdos de esas memorias empapadas en ginebra.
Más tarde, andando de regreso a casa, con la conversación con las chicas aún rebotando en mi cabeza y observando cómo limpiaban la calle a manguerazos, me puse a pensar en un libro que leí hace años. Entré en casa, dejé las llaves encima de la mesa, fui directo a la biblioteca y cogí el libro en cuestión.
Y leí este párrafo:
- ¿Sabes cuál es la escena más romántica de la historia del cine? – repitió de nuevo-. No, no es de Casablanca, ni deLo que el viento se llevó ni nada por el estilo. Es de Superman. No, no te rías, ¿recuerdas el final deSuperman? Tienes que acordarte, Superman, de pie junto al coche donde acaba de morir sepultada Lois Lanedebido al terremoto que provocara Lex Luthor. Él está destrozado, con su cadáver en los brazos, blanqueados por el polvo; acaba de salvar a todo el mundo menos a la persona que ama. ¿Te imaginas lo que significa que el ser más poderoso de Universo se sienta impotente? Es una emoción que nunca había experimentado, nueva, indescriptible. De repente, grita un no desgarrado, posa el cuerpo deLois y se lanza hacia las nubes envuelto en una tormenta de electricidad. Mientras, su padre, la voz de su padre, muerto en la hecatombe deKrypton, resuena imponente en su cabeza, “prohibido inmiscuirte en la historia de los hombres, prohibido inmiscuirte en la vida de los hombres”. No puede desobedecerle, pero lucha con todas sus fuerzas contra el mandato sagrado y al final decide: “tanto que puedo hacer con todos mis poderes y no he sido capaz de salvarla”. Es entonces cuando comienza a girar a una velocidad de vértigo alrededor de la tierra; más rápido que la luz, más rápido que el tiempo, invierte la rotación del planeta, rebobina la historia. Ni siquiera se plantea las consecuencias de su acción. Está desafiando las leyes del Universo, puede agrietar el equilibrio del cosmos, acaso producir un cataclismo en una galaxia desconocida, pero a él lo único que que le importa es situarse unos segundos antes de que su amor sea tragada por la carretera. Logró salvarla, puso en tela del juicio a toda la creación por una simple mortal.
No te rías, ya sé que es una chorrada.
“Cómo el amor no transformó el mundo” – Ignacio del Valle, Ed. Espasa
Cerré el libro, pensando en aquellas chicas hablando de películas románticas y me fui riendo a la cama.
Y es que a veces la gente quiere tener superpoderes por los motivos equivocados.
Y nadie sabe que, en el fondo, Superman era un romántico.
Imagínense un hombre que reuniera la elegancia de Don Draper, el dandismo de Ryan Gosling y el sentido del humor de Woody Allen.
Yo, por lo pronto, estaría haciendo las maletas para mudarme a un planeta con una menor competencia o me retiraría a un monasterio para dedicarme a hacer pastas, cuidar de un huerto y leer en latín.
De momento, gracias a Dios, este Terminator de las féminas aún no ha sido creado. Pero ya se ha esbozado algún prototipo.
Por ejemplo, el Perfecto Gentleman que describen con todo lujo de detalles en su libro homónimo, Phineas Mollod y Jason Tesauro, autores de un desternillante libro sobre cómo ha de comportarse un verdadero gentleman en nuestros tiempos.
Por algún tipo de confusión muchos amigos, familiares y proyectos fallidos de novias deben de ver en mí algún esbozo de gentleman y siempre me regalan todo tipo de libros y guías del Perfecto Caballero. Y casi todas son un peñazo insoportable, que desprenden cierto olor a naftalina rancia y parecen escritos por alguien que va a trabajar a caballo y que aún mantiene derecho de pernada sobre el servicio trabajando en sus tierras.
Este libro, sin embargo, consigue alejarse de todo esto, resultando ser un compendio desternillante de consejos, cuya lectura provoca agudos ataques de risa, al mismo tiempo que te enseña cuestiones tan fundamentales y dispares como tener anfitriones en casa, hacerse el nudo de la pajarita, cómo trabajar con resaca, claves para hacer una buena barbacoa o cómo ha de viajar un auténtico gentleman.
He aquí algunas pinceladas sobre las que versa esta joya indispensable en la biblioteca de todo hombre decente:
Sobre el arte del petaquismo
La petaca es un clásico que no tiene por qué connotar dipsomanía licorífera…a menos que la lleves en el bolsillo del pecho de tu americana cruzada y le eches un trago durante le consejo directivo de los martes.
Sobre el comportamiento en el gimnasio
No hace falta llevar cuentas de tus flexiones ni anotar tus progresos en un cuaderno de espiral, a menos que seas sobrino de Chuck Norris y esparzas creatina en tu tostada light. Y, por cierto, hay que ser muy lerdo para chocar las pesas tras cada repetición.
Sobre el arte de organizar una buena despedida de soltero a un amigo
La clave del éxito consiste en levantarse al día siguiente satisfecho, bastante mareado y levemente escandalizado.
Sobre cómo vivir una ruptura sana:
Nunca rompas por teléfono, sms, tercero a sueldo o rumorología
No pronuncies palabras como “tenemos que hablar”
No incineres fotos, cartas o regalos hasta que tu raciocinio lo considere sensato.
Antes de mandar cartas de amante despechado o mensajes cursis en el Facebook borracho a las tres de la mañana, con el alma para el arrastre, consúltalo con la almohada.
Sírvanse una copa, pongan algo de música agradable y prepárense para estallar en carcajadas con este peculiar libro de estilo.
“Bebo porque cuando bebo, pasan cosas“F. Scott Fitzgerald
Me gusta salir a cenar con mi amigo Eugenio. Porque cuando lo hago, pasan cosas. Además, posee una serie de cualidades que yo valoro mucho en una amistad en estos tiempos que corren: tiene la risa más contagiosa del mundo, se sabe diálogos de “Aterriza como puedas” de memoria y te plantea en mitad de la cena, muy serio, preguntas tales como: “oye, quién crees que ganaría en una pelea: ¿Rambo o John McClane?”.
El viernes por la noche había quedado con él, y como me vi con cierto espíritu alegre, le propuse ir a cenar a un restaurante brasileño estupendo, Santo (C/Caños del Peral, 9 – 915420050)y dejar que las estrellas, el viento o el vino guiaran luego nuestro camino.
Por supuesto, y como no podía ser de otra forma, nos acabó guiando el vino, porque las estrellas ni estaban ni se las esperaba y el viento ni lo sentíamos.
Santose trata de un sitio muy original, algo escondido, al lado del Teatro Real, y que no muchos conocen, decorado de esa manera que haría a una chica decir algo como: “oh, qué monada de sitio. ¡Me encanta!” y en el que cenas como si estuvieras en el salón de casa de unos amigos. Altamente recomendable.
Nada más sentarnos, nos pusieron un entrante compuesto por todo tipo de verduras y luego nos enchufamos cada uno una picanha espectacular acompañada de un vino perfecto, que nos puso el espíritu y el alma algo flamencos. Acabamos, sin embargo, con la suficiente fuerza como para rematar la faena con un postre y sin terminar con esa sensación de haber devorado un ñu del Serengeti y la necesidad urgente de una digestión de 14 horas, propia de un boa constrictor.
Tan a gusto estábamos que nos quedamos ahí, tomando un par de gin tonics, mientras hablábamos de Malditos Bastardos, del Real Madrid, de discos bonitos, de viajes, de Argentina, de Loquillo y Calamaro, de bodas, de Los Soprano, de cosas sobrevaloradas y de una hipotética pelea entre Rambo y John McClane (sí, siguió dando vueltas al tema un buen rato). Y así, sin darnos cuenta, nos dieron las 2.
Lejos de batirnos en retirada, ardió más madera y nos fuimos directos aLa Cocina (Alberto Alcocer, 48)
Es curioso, pero de un tiempo a esta parte, para salir por Madrid parece ineludible tener que acabar en una de esas discotecas con un presuntuoso nombre en inglés, pésima música, un alcohol que haría vomitar a una cabra y un estilismo que, a su lado, un bar de carretera parece el Palacio de Versalles.
La Cocina, sin embargo, es un bar “de los de toda la vida” pero en grande y que cierra tarde. Idea simple pero efectiva. A mí, llamadme clásico, pero dadme un sitio en el que haya buenas canciones, alcohol decente, chicas guapas y en el que no suene cada 7 minutos una canción de Pitbull, y estoy dentro. Muy dentro.
La Cocina es un sitio cuidado, en el que se han ocupado de la decoración, el diseño y el alma del local, con fotos antiguas y buena música en directo. Pinchando, además, se encuentra Beris, del grupo84, melómano empedernido, barbudo, rockero y un tipo encantador donde los haya. Buena música y buena gente: una mezcla que nunca falla.
Y vive Dios que hay chicas guapas. De hecho, me enamoré fugazmente de una chica que bailaba “Satisfaction”. Aprovecho estas líneas para dejar un mensaje: si eres la chica que bailaba esa canción de los Stones y estás leyendo esto, devuélveme el corazón, por favor. Lo necesito para seguir adelante con mi vida. Gracias.
Y así fue pasando la noche, entre canciones deMumford & Sons y The Clash, entre tequilas y copas, entre Should I Stay y Should I Go, observando a Eugenio imitar los movimientos de Mick Jagger y servidor tratando de buscar con la mirada a la chica de Satisfaction.
Llegué a casa, muy tarde o muy pronto, depende de cómo suelas ver el vaso, desayuné algo en la cocina (la de mi casa), puse a todo volumen elExile on Main Street y pensé que, mientras quedaran buenas canciones, amigos como Eugenio y chicas bailando Satisfaction, nos seguiremos inventando las noches.
Porque no. Porque aún no ha nacido la crisis que pueda con nosotros. Porque esperamos a los problemas con traje de luces y a puerta gayola. Porque, como el mimbre, antes partimos que doblamos. Porque el cielo no caerá sobre nuestras cabezas. Porque pueden matar al soñador pero nunca al sueño. Porque nos caemos para levantarnos.
Porque todos los días sale el sol, chipirón. Porque siempre nos quedará París. Porque bailaremos bajo la lluvia. Porque somos salmones nadando a contracorriente. Porque mientras nos queden reinas en el tablero, no hay temor al jaque mate. Porque no hay jefes idiotas, sino copas de menos.
Porque si las flechas ocultan el sol, pelearemos en la sombra. Porque con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero. Porque en el cielo todos los santos son de nuestro bando. Porque los patos de Central Park vuelven en primavera. Porque soy el Coyote y tú, mi Correcaminos. Porque nada sabe mejor que la primera copa tras exámenes. Porque mi vida es una partida del Monopoly: aunque no tenga dinero y me joda, seguiré pasando por tu calle una y otra vez.
Porque esto no es más que una mañana de resaca. Porque saldremos de nuestra Jungla de Cristal. Porque nunca fuimos aficionados a las misas de réquiem. Porque seguirá sonando Sinatra. Porque encontraremos la tarta de queso, el steak tartare y el gin tonic perfectos.
Porque somos unos verbenas. Porque nunca nos podrán robar el mes de abril. Porque podremos estar parados, pero jamás quietos. Porque más se perdió en Cuba. Porque quedan muchas maletas por hacer y muchos lazos de vestidos por deshacer. Porque los días de sol están a la vuelta de la esquina.
Porque, como los violinistas del Titanic, tocaremos y bailaremos hasta que el agua nos llegue al cuello.
A por el 2012, mis valientes, que para morir nacimos.
(Escrito la madrugada del 1 de enero de 2012, en una servilleta de un tugurio repugnante de Montparnasse, tras desayunar un kebab con Jabo y Miguel y callejear hasta perdernos por París. Que siempre nos quedará. Digo yo)
En una escena de Sabrina, Audrey Hepburn, recién llegada de París, le sugiere a Linus, interpretado por un majestuoso Humphrey Bogart, que vaya a la Ciudad de las Luz.
Y entonces, el bueno de Humphrey, con la mirada perdida en el horizonte y rezumando clase y estilo por los cuatro costados, le suelta:
París es para los enamorados.
Tal vez por eso solo estuve ahí 35 minutos
Simplemente Bogart.
Pero qué tipo más grande, maldita sea.
Me largo a París. Espero, eso sí, estar ahí más de 35 minutos.
Amanece en Santander, con las gaviotas haciendo de despertador y el sol colándose por la ventana.
Voy a la cocina, descalzo, y leo el periódico mientras me preparo un café.
Doy los primeros sorbos, mirando la bahía desde mi cuarto, y pienso que ya va siendo hora de que aprenda a hacerme un maldito café como Dios manda.
Pongo música. Y suena Bob Dylan. Like a Rolling Stone.
Y pienso en París. En dos días estaré ahí, recorriendo sus calles, oliendo el Sena, matándome a vino y risas.
Like a Rolling Stone. La canción me hace recordar un dicho que tienen los anglosajones: “A rolling stone gathers no moss”. Algo así como “un canto rodado no guarda musgo”. Si estás todo el día de aquí para allá, no echas raíces, no te estableces, no sientas la cabeza. No “guardas musgo”.
Me gusta. Me gusta viajar. Me gusta estar de aquí para allá. Me gusta no “guardar musgo”. Mi patria son mis zapatos.
Cuando era niño me gustaba la noche antes de Reyes. Todo eran nervios, sueños y esperanza.
Ahora me gustan las noches antes de los viajes. Por las mismas razones.
Recuerdo que en una ciudad extranjera, a última de la hora de la noche o a primera de la mañana, cuando las luces del bar y las del cielo se encendían, un buen amigo me dijo: “X, deberías escribir un decálogo sobre cómo viajar”.
Tal vez hoy sea un buen día para ajustar cuentas.
Aquí les dejo el decálogo “Like a Rolling Stone”: cómo ha de viajar una persona decente en tiempos indecentes.
1. No aplaudas cuando aterrice el avión.
No lo hagas. Y punto.
2. When in Rome, do as the Romans do
O si prefieren: donde fueres, haz lo que vieres. Bebe vinho verde y escucha fados en Lisboa. Emborráchate con tequilas en la Plaza Garibaldi y canta con tus cuates “Lástima que seas ajena” en México DF. Pídele a un pianista de la calle Corrientes que te toque algo de Gardel mientras miras de reojo a una bonaerense. Bebe whisky y ponte un kilt en las Highlands escocesas. Eso es viajar.
3. El síndrome del ombligo del mundo: no compares
Estoy de viaje. No quiero oír cada dos por tres si en España las copas son mejores, los coches más grandes, el metro más puntual, las calles más limpias, las carreteras mejor asfaltadas, el café más caliente, la comida mejor o el Zara más barato.
4. No pongas el pie en ninguna tienda de souvenirs.
Créeme: nada bueno saldrá de ahí.
5. El estómago de Indiana Jones
En Indiana Jones y el Templo maldito, el pobre Indy es invitado a un banquete en el que le ofrecen sopa de ojos, “serpiente con sorpresa”, escarabajos rellenos y otros manjares del estilo. Y el tío ni parpadea. ¿Por qué? Porque Indy es un gran viajero.
Dudo mucho que te ofrezcan algo semejante, pero no tengas miedo a probar nuevos platos, por extraños que te parezcan. La mejor forma de conocer un país, es por su gastronomía. Y piensa que, en el fondo, hay pocos bichos más repugnantes que un langostino.
Así que no vayas por ahí pidiendo huevos fritos y jamón serrano.
6. Sobre las cámaras de fotos.
Prohibido llevar la cámara de fotos colgada al cuello como un turista japonés. Prohibido sacar fotos “para el Facebook”.Prohibidas las fotos “sujetando” la torre de Pisa. Y prohibidas, y castigadas con pena de fusilamiento, las fotos manteniendo posiciones obscenas con estatuas
7. Eres el embajador
Te guste o no, representas a España cuando estás en un país extranjero. Se educado, no grites en los restaurantes, deja propina y sonríe.
8. No a las pulseritas
Salvo que estés de viaje con tus compañeros de universidad, lleves por la noche un casco de vikingo y bebas las copas por un embudo, no vayas a hoteles de esos de pulserita, con todo incluido, excursiones organizadas, salidas nocturnas en grupo y otros horrores del estilo.
9. No lleves riñonera
Hazlo por ti y por los que te rodean.
10. Roma no es sucia y Lisboa no es vieja.
Huye de quien te diga esto. Porque no tiene ni puta idea de la vida.
Y ahora, con su permiso, voy a seguir preparando mi viaje a París, enchufándome un Louis Roederer Brut Millésime con Edith Piaf de fondo, y releyendo algo del loco de Beigbeder. Ustedes, vayan añadiendo sus normas e ideas para convertir este decálogo en la Biblia del buen viajero.