16 de Mayo de 2012

La luna en las copas


— Tiene que ser una maravillosa cena para dos. Quizá no probemos bocado, pero ha de ser maravillosa.
— Entendido, barón.
— Y, camarero…
— ¿Sí, barón?
— ¿Ve esa luna?
— Perfectamente, barón.
— Quiero esa luna en las copas.
— Sí, barón. (Apuntando). La luna en las copas.

(Un ladrón en la alcoba. Ernst Lubitsch. 1932)
No tengo la receta para la crisis, ni para la resaca, ni puedo rebajarte la hipoteca, ni los precios de las etiquetas, ni ayudarte a encontrar trabajo. No te sé decir si España ganará la Eurocopa, si seguiremos apostando a caballos que nunca ganan, luchando contra molinos de viento y disparando elefantes o si acabaremos siendo los primos del riesgo. No sé si nos expropiarán la ñ, si volveremos a hablar en pesetas, ni sé qué le diré a mi madre ahora que se empezaba a aclarar con los euros. No sé si seremos la próxima Grecia, ni si estamos pasando de la sartén al fuego, de Málaga a Malagón y de Guatemala a Guatepeor.

No sé si este calor es normal, si se debe al cambio climático o si Zeus se ha enfadado con nosotros. No sé si aconsejarte que inviertas en dólares, en oro o que lo apuestes todo al negro en Las Vegas. No sé si a Nadal le va mejor la tierra azul o la roja. No tengo ni la más remota idea de lo que le pasa a tu amiga, ni sé qué decirte para que vuelvas con tu novia, ni tampoco sé si el universo es cóncavo o convexo. No sé si Higuaín se va o se queda. No sé si los periódicos seguirán colgando el cartel de cerrado por derribo mientras la telebasura coloniza las pantallas.

No puedo aprobar tus exámenes, ni estudiar a tu lado ese ladrillo de Derecho Administrativo, ni conseguirte unas prácticas decentes. Ni siquiera sé si hemos tocado fondo aún  o si nos tiramos de cabeza cuando no cubría y así nos hemos quedado. No sé qué será de ti el día de mañana porque no sé qué será de mí durante el día de hoy.

Sólo sé que no sé nada y que esto estaba así cuando llegué.

Únicamente quiero ser el pianista de este bar disfrazado de blog y hacer que te olvides por unos instantes de la crisis. Me conformo con ser el ibuprofeno para tu Resaca, el chapuzón de la piscina, los hielos de tu copa y el Señor Lobo de tus problemas. Hago oposiciones para ser la risas enlatadas de tu serie, el aire del ventilador, las flores de tu pelo y la canción que bailas descalza. El borracho de tu boda, las páginas del libro que lee, la espuma de tu cerveza y el sonido de la caracola que te pegas a la oreja. El amigo que te separa de las peleas a las 5 de la mañana, el silencio de tu despertador y el verdugo de tus penas. 

Yo sólo quiero ser el que te ponga la luna en las copas.

1. Un restaurante en el que te sentirás mejor que en casa: La Tavernetta (Calle Orellana, 17 ; 913 19 23 90)

Hace no mucho descubrí este restaurante y no estoy exagerando si digo que directamente se ha colado entre mis favoritos absolutos. La Tavernetta es un restaurante especializado en la comida tradicional de Cerdeña, alejado del “carbonara, caballo y rey” al que estamos tan acostumbrados a ver en los italianos de toda la vida. La Tavernetta está regentada por el gran Angelo, uno de los tipos más encantadores que he conocido durante mi perenigraje de mesa en mesa y barra en barra de la capital.

Mi debilidad personal son sus mejillones en salsa de tomate picantita y sus fetuccine con cangrejos de mar al mirto. Bocatto di cardinale, oigan. De todas formas, pregunten qué tienen fuera de carta y seguro que acertarán con sus productos de temporada.

Díganle a Angelo que se siente con ustedes un rato, con un vaso de grappa, y les explicará con todo lujo de detalle cómo hace el pesto con un mortero de más de cien años, el secreto que se esconde detrás de sus famosos mejillones que tan loco vuelven al gran Santiago Segurola o cómo cultiva los tomates en su finca o la travesía que hace el mirto y el queso pecorino hasta llegar a tu mesa desde Cerdeña y otros tantos detalles que convierten al que entra en este restaurante, en esta casa, en un fiel parroquiano. 

Ya no abren restaurantes así. 

2. Un libro especial: Cuatro amigos, David Trueba

Cuatro amigos. Un viaje. Una boda que parar. Y cientos de frases para enmarcar.

“Siempre he pensado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas”

“Es curioso, la gente es capaz de cambiarse las tetas, la nariz, los labios, pero nunca se plantearían cambiar de cerebro”

Todo un clásico, con momentos brillantes y cierto humor de sal gorda. Perfecto para leer al aire libre, con un vaso de Coca-Cola chisporroteante y el verano a la vuelta de la esquina. El libro ideal para rememorar todos esos kilómetros recorridos y las ciudades conquistadas con amigos.

3. Una canción para que te pases el día tarareando: Jungle Drum

4. Un disco para aprenderse de memoria: Lo mejor de Enrique Urquijo y los Problemas

Todo el mundo conoce la etapa del malogrado Enrique Urquijo con Los Secretos pero no tanta gente está al tanto de este pedazo disco que sacó con su propia banda: Enrique Urquijo y Los Problemas. Él y sus problemas. Cómo no.

Es un disco producido magistralmente, grabado con todo tipo de instrumentos y que contiene tanto canciones propias como acertadas versiones de sus clásicos.

Cómo se te echa de menos, Enrique.

Enrique Urquijo y Los problemas – Aunque Tu No Lo Sepas

5. Una película que no te dejará indiferente: My Blueberry Nights

Esta película del director hongkonés Wong Kar Wai despertó muchas filias y fobias. Pero no dejó indiferente a nadie.

A mí, sinceramente, con Natalie Portman, Norah Jones y Rachel Weisz en el reparto y Cat Power en la banda sonora, siempre me tendrá a su lado, sea cual sea la causa.

 

6. Una terraza para remojar las ideas y tener más cerca la luna de tus copas: La terraza del Ada Palace

Ahora que el sol comienza a acuchillar por las noches, muchos me preguntáis por una terraza en Madrid para tomar una copa (que jamás es sólo una) y siempre me remito a la misma: la Terraza del Hotel Ada Palace.

Se trata de un sitio perfecto, en plena Gran Vía, en el que poder disfrutar de una copa, vigilar la ciudad mientras duerme, cual superhéroe (háganme el favor de no llevar leotardos) y sin temer el hachazo inmisericorde de una factura que te haga plantearte si en vez de hielos te han puesto diamantes fríos.

Sólo sentirás el vértigo de la cuarta copa o el de la mirada de  tu acompañante. Benditos vértigos, por otra parte.

7. Una página para recobrar la fe en el periodismo: Jot Down

Los chicos de Jot Down, nuestro New Yorker patrio, cumplen un año en las trincheras, desde que decidieron descoser las costuras del  panorama periodístico nacional con su magnífica página (www.jotdown.es).

Y para ello lanzan un número especial, en carne y hueso o papel y tinta, como prefieran, con “cienes y cienes” de páginas, sin publicidad y con algunas de las mejores firmas del periodismo nacional dejando su huella.

Aplausos, vítores y silbidos. Y mi agradecimiento.

 

Mientras tanto, aquí me tienen, donde siempre, tocando la penúltima en el piano, listo para comentar lo que quieran en nuestra barra de abajo, en Twitter o en mi cuenta de correo.

Les espero con la luna en mi copa.


72 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

4 de Mayo de 2012

Con la lluvia en los talones

Puede que el sonido de la lluvia golpeando la ventana tenga en mí un efecto sincerador o tal vez alguien haya deslizado algunas gotas de Pentotal sódico en el café que me estoy tomando. No lo sé.

La cuestión es que siento que he de confesarles un secreto: soy un poco raro.

Y cuando digo raro, no me refiero a que tenga amigos imaginarios, ni a que esconda cadáveres de enemigos en el trastero de mi casa, ni que dedique mi tiempo libre a ejercer como taxidermista.

No, hablo de otra cosa.

Trataré de explicarme.

Piensen en un pintor, por ejemplo en Pablo Picasso, e imagínense al artista en pleno ataque obsesivo con la pintura cubista y todo lo que tuviera que ver con ella. O  en Bob Dylan, cuando de repente le pegó muy fuerte con la música religiosa. O en Woody Allen, al que un día le dio por desayunar Cheerios y un sándwich de atún, y lleva comiendo lo mismo, cada día, durante veintitantos años.

Pues yo soy igual. Igual de obsesivo y “de etapas”. Pero sin una gota de talento en ningún apartado de mi vida, matiz muy útil para distinguir a los verdaderos genios de los meramente locos y dignos de ser encerrados en una habitación acolchada.

Yo, por si había alguna duda, pertenezco al segundo grupo.

Les cuento esto porque para mí es un ejercicio liberador poder compartir en este blog mis pasiones-obsesiones con ustedes cuando me da muy fuerte con algún tema (lo que suele ocurrir con relativa frecuencia). Además, así les doy un descanso a mis familiares y amigos, sufridores en soledad de mis ataques pasionales por vayan-usted-a-saber-ahora-con-qué-le-ha-dado-a-este-loco.

Afortunadamente, soy tan apasionado como inconsistente, por lo que esta repentina fiebre por ciertos temas se me pasa rápidamente.

Pero, mientras tanto, me lo paso genial.

He aquí algunas de mis más recientes y pegajosas obsesiones.

1) Las cartas de Groucho

Hace poco he rescatado este libro, que llevaba varios años acumulando polvo por mi casa. Ha sido lo mejor que he hecho en lo que va de 2012.

Leer las descacharrantes cartas que Groucho Marx enviaba a sus hijos, nietos, jefes, vecinos y demás destinatarios, me ha servido también para revisitar aquellas maravillosas películas que veía con mi padre de pequeño y sumergirme un poco en la apasionante biografía de un tipo como Groucho, alguien que nos convierte al resto de mortales en personas fascinantemente poco interesantes.

Groucho, con G de genio.

2) Las hamburguesas y gin-tonics de HD

Puede que no sea el sitio más cool de la capital (a) ¿a quién le importa? ;  b) ¿realmente la gente emplea el término cool?) pero vive Dios que aquí hacen las mejores hamburguesas de la capital. Soy tremendamente feliz cuando estoy ahí, me calzo una hamburguesa de-las-de-toda-la-vida, sin excentricidades, ni tofu, ni locuras de esas que ahora se ven, y luego me atizo un gin-tonic de su extensísima carta de ginebras.

Autenticidad y calidad pueden ir perfectamente de la mano. Y en HD así lo demuestran.

Llamen para reservar que están de lo más solicitados últimamente (C/Guzmán el Bueno, 67 . 915 442 382)

3) El noble arte de preparar un Bloody Mary

Siempre he sido un gran aficionado a los Bloody Maries y su magia para aliviar cualquier resaca. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, me he convertido en un experto catador que va de perenigraje por todas las barras del mundo en busca y captura del Bloody Mary Perfecto, con la misma entrega y obsesión con la que el Capitán Ahab perseguía su ballena blanca.

Ahora he dado un paso más allá: preparar mis propios bloody maries en casa, siguiendo los pasos que describe en su libro el gran e inigualable Javier de las Muelas, barman por antonomasia de este nuestro país. Este libro es un imprescindible en la estantería de cualquier hombre de bien que se precie. Lleno de historias, anécdotas, trucos y recetas para preparar los mejores cócteles. La Biblia del buen anfitrión.

El miércoles, mientras disfrutaba de la consecución del ansiado título de Liga, decidí deleitarme con un Bloody Mary preparado por mí. Seguí escrupulosamente los pasos del libro y me preparé uno.

Me quedó un poco fuerte.

Y cuando digo un poco fuerte me refiero a que con un simple trago habría matado a un rinoceronte.

Seguiré practicando.


4) “Cuando escriba el libro”, de Nick Lowe.

No sé si alguna vez les ha pasado que descubren una canción que les gusta y, de pronto, empiezan a “cruzarse” con ella de forma continua: suena en la radio, suena en una película que ni siquiera estás prestando atención, suena en un anuncio…

Eso mismo me ha pasado con este temazo de Nick Lowe, que me tiene del todo obsesionado, sonando a todas horas.

Espero que les guste tanto como a mí

Nick Lowe – When I Write The Book

5) Sherlock


La serie que ha hecho la BBC, basada en los libros clásicos de Sir Arthur Conan Doyle y adaptados a nuestro tiempo, me parece un ejercicio de genialidad. Brutalmente inteligente, con impecable estilo y con diálogos brillantes, esta serie ha marcado un antes y un después en la televisión. (Por cierto, hablando de series, LOST me parece el mayor engaño que se ha visto nunca en televisión. Ya lo he dicho.) 

Y así estoy, que ya me he visto las dos temporadas repetidas veces y ahora me dedico a convencer a propios y extraños para que abracen la palabra de Sherlock y se conviertan al Holmismo, como si fuera el fundador de alguna secta llamada “Sherlock y los redentores de Baker Street”.

Si no la han visto aún, bendita suerte la suya, dejen lo que estén haciendo ahora mismo y corran a verla. 

6) Hooligans Ilustrados

La magnífica editorial Libros del KO acaba de sacar una serie de libros bajo el nombre de “Hooligans Ilustrados” y estoy, literalmente, emocionado.

Algunos de mis periodistas/escritores favoritos, como Manuel Jabois, Enric González, Ramón Lobo e incluso el Sr. Chinarro, escriben con erudición y sentido del humor sobre su pasión por el fútbol.

Porque se puede ser seguidor incondicional de un equipo de fútbol sin ser un garrulo que aplasta latas de cerveza con la cabeza.

Porque también hay poesía cuando Özil conduce la pelota con la cabeza levantada.

Porque el fútbol es mucho más que once tipos en pantalón corto corriendo detrás de una pelota.

Yo ya me he hecho con todos los ejemplares (cada uno cuesta el irrisorio precio de 6 euros) así como con varios para regalar.

Porque yo también soy un hooligan ilustrado.

7) Apalabrados.

Estoy enganchado a este diabólico juego. Y pierdo contra todo el mundo. Maldita sea.

8 ) Versiones de Walk Off The Earth 

No me considero un gran fan de las versiones de las canciones originales. Algunas me gustan, pero por norma general, tiendo a preferir las originales. Hasta que conocí a este grupo, Walk Off The Earth, que está revolucionando Youtube.

Mis amigos y yo andamos fascinados con este grupo y vemos sus vídeos en bucle. Una y otra vez. Arrasaron en Youtube con su particular versión (5 tipos tocando la guitarra al mismo tiempo) de “Somebody that I used to know”, de Gotye.  Y a mí ahora me ha dado con esta versión tan increíble de Adele y su “Someone like you”.

Obsesionado, oigan. OBSESIONADO.


9) El mejor discurso que he visto nunca

Hace poco tuve el enorme privilegio de ser invitado a dar una pequeña charla en mi antigua universidad. Buscando inspiración para enfrentarme a ese horrible momento de tener que hablar en público, recordé este discurso que dio el gran director de orquesta, Riccardo Muti, al recoger un premio, y que yo creo que es el discurso más divertido, original y bonito que he visto nunca.


Ahora lo veo a diario y se lo envío por mail a todo el mundo de mi lista de direcciones.

Vean, vean.

10) El Gran Gatsby

Estos días estoy releyendo este libro, una vez más, y estoy convencido de que es un libro que roza la perfección.

Una obra maestra que incluso mejora con el paso del tiempo y del que se pueden extraer varias

El problema es que ahora estoy deseando que salga la película que han rodado con Di Caprio y Carey Mulligan. La anterior versión de Robert Redford es infumable, así que tampoco es que tengan el listón muy alto.   

Estaremos atentos.

Sin otro particular, me despido, deseando que ustedes también tengan este tipo de pasiones y obsesiones como yo,  y que las compartan conmigo, de tal forma que yo no parezca aquí el único loco.

Eso sí, antes de despedirme, les dejo de regalo una canción para estos días de lluvia, Rain in my heart, de Frank Sinatra.

Frank Sinatra – Rain In My Heart [The Frank Sinatra Collection]

Y es que solo alguien como el bueno Frank puede alegrarnos en días así.


56 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

23 de Abril de 2012

Los gintonics que les debo – The Aristohour

La verdad es que, echando la vista atrás, me doy cuenta de que muchas veces contesto a los comentarios o a los correos que me llegan con cosas como “ya nos tomaremos un gintonic hablando sobre el nuevo disco de Josh Ritter” o “a ver si charlamos sobre Mad Men, gin tonic en mano” o “un día nos metemos un gintonic entre pecho y espalda y discutimos sobre Mourinho (como si hubiera algo de lo que discutir al respecto)”.

Y luego esos gintonics nunca llegan.

Bien, pues haciendo cálculos con mi asesor económico (es decir, conmigo mismo los lunes por la mañana), he estimado que tengo una deuda acumulada con ustedes de, aproximadamente, unos 6.250 gin tonics, con sus correspondientes conversaciones.

Tal vez por este motivo, y para que yo no parezca un sinvergüenza que no cumple con su palabra y las copas que debe -¿existe, acaso, algo peor que esto? -, la gente de Aristocrazy se ha ofrecido muy amablemente a montar para los lectores de este blog su tradicional Aristohour, este mismo jueves, en su tienda de la calle Goya (esquina con Lagasca), donde nos tomaremos unos gintonics (Martin Miller´s, por supuesto, mi favorita. No se merecían ustedes menos) a nuestra salud, de 20h a 22h.

Ya aviso que no iré con un cartel en la frente que rece Hola, soy El Guardián, ni asistiré con Holly del brazo, ni se esperen a ver la encarnación de Cary Grant pululando por ahí. Simplemente estaré muy cerca de donde estén sirviendo las copas, calzándome uno -o varios- gintonics, mientras hablo con quien me haga caso sobre lo humano y lo divino.

Están todos invitados: los habituales de este bar, los que acaban de llegar, los que comparten el credo del buen vividor, los que buscan la tarta de queso perfecta, los amantes de la primavera y el verano, y los firmes defensores del invierno y el otoño, los proyectos de vividores, los que vivieron su propia jodida historia de amor, los que sueñan con Nueva York, los que dicen que está sobrevalorada y los que se rieron con la noche que bailé con Beyoncé.

En definitiva, todo aquel al que le guste disfrutar de una copa en buena compañía.

Y brindar.

Nunca se olviden de brindar.

Besos y abrazos según corresponda,

El guardián entre el centeno


73 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

19 de Abril de 2012

La noche que bailé con Beyoncé

El otro día estaba en la cocina, rebuscando algo con lo que hacerme un mísero sándwich, cuando llegó a mi bandeja de entrada un correo electrónico de una lectora.

Reconozco que escribiendo servidor un blog bajo la cabecera Manual de un buen vividor, quedaría mucho mejor decir que me llegó el correo estando en la ópera, en el museo o, mejor aún, en la habitación de un hotel a orillas del Sena, descorchando la segunda botella de champán Louis Roderer con dos despampanantes gemelas suecas de metro noventa, ojos verdes y unas piernas de infarto.

Pero no. Lo cierto es que me llegó en mi cocina, más solo que la una, tratando de descubrir nuevas formas con las que sorprender a mi sufrido paladar y barajando combinaciones de ingredientes inverosímiles para un sandwich.

Ya ven ustedes: la vie de bon vivant.

La cuestión es que el correo de la amable lectora decía lo siguiente:

Querido Guardián,

¿Para cuándo una de esas historias de desamor que hacen que nos riamos de la vida?

De lo ridículos que somos al vernos solos ante el peligro de la soledad amorosa. Quiero saber lo divertido que puedes convertir esos sentimientos que suelen ser los que nos hunden en la miseria. Quiero reirme con alguna de esas citas que acabaron siendo un total  fracaso.

Ojalá me hagas caso porque no sabes lo que ayudaría a muchas como yo que estamos en momento de trance total

La verdad es que no es la primera vez que me llega un correo de esta índole: lectoras que me piden que desmitifique un poco todo el tema del amor, asunto que algunos se toman muy en serio. Tal vez demasiado.

Así pues, tras echar un breve y último vistazo al paupérrimo contenido de mi nevera pensé: Pido una pizza y pienso en qué contestar.

Y así fue, esperando sentado en mi cocina una pizza, como me puse a recordar La Noche Que Bailé con Beyoncé.

Y es que a veces es importante no tomarse demasiado en serio las cosas y reírse de uno mismo y sus circunstancias.

Ya he dicho que no es un comienzo de película. Pero la historia sí que lo es. De película de terror, claro.

¿Que qué ocurrió aquella noche?

Bien, se lo cuento, pero para ello haremos un pequeño flashback. Nos subiremos al Delorean de Michael J. Fox e iremos hacia atrás en el tiempo.

HACE 1 AÑO

Madrid, un sábado pseudoprimaveral y lluvioso, hacia las nueve de la noche.

Con una soberana resaca azotando el techo de mi cabeza, salgo de la ducha mientras una voz interna no deja de repetir el mismo nombre una y otra vez: HOLLY. HOLLY. HOLLY.

Holly es la prima de un amigo inglés, Nick, al que había conocido unos veranos atrás en Londres.  Su querida prima Holly se acaba de instalar temporalmente en Madrid para hacer unas prácticas y mi buen amigo me ha pedido de manera reiterada que fuera a cenar con ella, porque , y aquí cito textualmente, “es un chica muy simpática, divertida, muy guapa y así le enseñas Madrid porque no conoce a nadie y debe estar muy aburrida”.

Superada mi habitual reticencia hacia este tipo de encuentros preconcebidos, cruzo un par de mensajes y finalmente quedo a cenar con Holly un sábado. Aquel sábado. Saturday Bloody Saturday.

Si algo tenemos los imbéciles de remate y sin solución es una asombrosa capacidad de imaginación por lo que, sin darme cuenta, sin sabér cómo y sin conocerla aún de nada, ya estoy perdidamente enamorado de la tal Holly.

Me encanta su nombre. Holly. Me recuerda a Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes: Miss Holly Golightly.

Me imagino a una chica de elegante estilo, ojos castaños y con un acento inglés propio de una educación en Cambridge, haciendo comentarios ingeniosos toda la noche y compartiendo mismas aficiones, libros y discos favoritos conmigo.

Mientras voy andando por Alonso Martínez para llegar al restaurante italiano en el que hemos quedado, ya me doy cuenta de que he perdido totalmente el control de la situación cuando me sorprendo a mí mismo pensando en los nombres de nuestros futuros hijos.

Chico, no te embales, me repito sin cesar.

Ensimismado en mis pensamientos llego al restaurante y cuando estoy a escasos 100 pasos del restaurante italiano, busco con la mirada a  Holly. 

Y entonces la veo.

Joder que si la veo.

Ella, haciendo gala de las costumbres inglesas, está esperando en la puerta del restaurante puntualmente.

Ella, haciendo gala de las costumbres inglesas, lleva una curda encima de órdago, una lata de cerveza en la mano y está fumando un pitillo con la misma elegancia y gracia que un camionero en un área de descanso.

Ella, haciendo gala de las costumbres inglesas, va maquillada como si viniera de hacer un trío con el payaso de Mikolor y el del McDonald´s, su pelo parece el refugio de unas golondrinas y su vestido presenta lamparones por todos lados.

Y entonces pienso:

Dios.

¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Holly?

Y no. No voy a mentir. No voy a decir ahora eso deni siquiera me fijé en su aspecto físico, porque sólo me fijo en el interior de las personas ya que lo que busco es crear vínculos emocionales, no el vulgar placer carnal

No.

Porque para ser francos y en honor a la verdad, diré que en ese momento, en ese preciso instante, lo primero que pensé fue en tirarme a la carretera para que me atropellara el primer autobús que pasase por ahí.

Y eso es así.

Porque Holly, mis queridos lectores, Holly era de belleza distraída, presentaba un aspecto deplorable y su rotunda anatomía de vikinga dejaba a su primo de 100 kilos y metro noventa en una piltrafilla. 

Pero volvamos al restaurante.

Nos damos dos besos.

Su pelo huele cerveza y a tabaco.

Peor. Huele a cerveza y a cenicero.

Peor. Huele a cerveza y a ese olor que se impregna en las cortinas y en los jerseys tras una fiesta en tu casa en la que todo el mundo fuma hasta las tantas y al día siguiente aparecen montañas de cigarrillos apagados en copas con restos de whisky.

Así olía mi querida Holly.

Mi otra Holly, la elegante chica de educación de Oxford y que leía a Oscar Wilde en sus ratos libres, es decir, la Holly imaginaria, no aparece por ningún lado por mucho que mire a mi alrededor.

Mientras un camarero nos acompaña a nuestra mesa, Holly me dice algo, pero no presto demasiada atención porque estoy maquinando mentalmente la forma de enviar una carta con ántrax a mi supuesto amigo por tramar tan vil emboscada.

Me confiesa, por si no había reparado en sus torpes movimientos, que ha estado bebiendo “un par de cervezas” con unas amigas antes de venir y que viene “algo achispada”.

Finjo sorpresa.

Achispada, dice. Lo que vienes es con una tajada propia de un general checheno

Nos sentamos, y comienzo a leer la carta en silencio, deseando que sea una muerte rápida e indolora. Pero su estridente voz interrumpe mis pensamientos.

-Así que éste es el típico restaurante español- dice, mirando con los ojos muy abiertos a su alrededor.

Echo un vistazo alrededor. Echo un vistazo a la carta. Echo un vistazo al nombre del restaurante.

¿Pero qué coño está diciendo de “típico restaurante español”?

Solo falta al lado de nuestra mesa un cocinero con bigote, vestido de blanco, llamado Giovanni, manchado de harina y tirando al aire la masa de la pizza para que cumpla todos los tópicos de un restaurante italiano

Le trato de explicar que, en realidad, es más bien un restaurante italiano, pero noto que no me hace ni caso.

Se trata de encender un pitillo con la vela de nuestra mesa. Yo me quiero cortar las venas con el cuchillo de la mantequilla. El romanticismo de la escena se puede tocar con los dedos. Love is in the air. Fuck yeah.

Viene el camarero.

-¿Les tomo nota?- pregunta educadamente.

-¡Sí! – contesta Holly muy apresurada -Yo quiero…¡¡PAELLA!!.

Bien, mis queridos lectores, tanto mi capacidad lingüística como mi nivel narrativo no son suficientes para poder plasmar en un folio y con palabras la cara que puso el camarero al oír semejante petición.

El camarero me mira con esos ojos de: ¿Qué diablos le pasa a esta tía?

Yo miro al camarero con esos ojos de: Por favor, trae una escopeta, pégame un tiro y acaba con esta agonía aquí mismo

Tras explicar el camarero con su inglés de la Alcarria que no había paella (Here no paella, here pasta, darling), al final Holly se decanta por unos carbonara.

En ese momento trato de decir lo que quiero cenar yo, pero Holly me interrumpe y suelta un grito:

“ Y vino!! We want Vino!!”

Y luego estalla en una carcajada tan estridente que hubiera hecho esconderse a una hiena bajo una mesa.

Cuando nos traen el vino, me quedo asombrado con el ritmo que impone mi querida Holly. Pimplada tres cuartos de la botella, cada uno por motivos diferentes, ella por el evidente cuadro de alcoholismo que presenta y yo para olvidar esto que me está ocurriendo, Holly acerca mucho la cabeza hacia la mía y me susurra esa pregunta con la que todos hemos fantaseado que nos haga una chica en esa primera cena.

¿Sabes dónde puedo comprar porros?

Me quedo en silencio 15 segundos.

Pestañeo.

Cambio de tema.

Vino. Tiramisú. Más vino. Un par de preguntas tan incoherentes como improcedentes por su parte. Y la cuenta. Bendita cuenta.

Veo la luz al final del túnel.

Salimos fuera, y está diluviando. Pide un pitillo a un espontáneo por la calle que le da un Marlboro Light. Se gira hacia mí y me dice que probablemente eso sea lo único Light que ha tomado en su vida. Y estalla en su ya extrañamente familiar carcajada de lunática.

Cuando para de jarrear, empezamos a andar por las calles mojadas de Madrid.

- ¿A dónde vamos ahora?- me pregunta, clavándome su mirada y batiendo sus párpados adornados con lo que a mí me parece a primera vista Titanlux, pintura de plomo.

Lento yo de reflejos, dejo que la mente etilíca de Holly empiece a funcionar y, tal vez por una revelación divina, suelta que quiere que la lleve a bailar, y que baila fenomenal, y que sus amigas dicen que baila igual que Beyoncé.

Pienso en Beyoncé. Miro a Holly. Pienso en esa mujer de ébano, todo muslo, todo tendones, todo ritmo y sensualidad. Miro a Holly.

Beyoncé. Holly.

Beyoncé.

Holly.

¿Me estará hablando en serio?

Sin embargo, cuando me quiero dar cuenta, estoy entrando por la puerta de una discoteca infame, deseando llegar a la barra y hartarme a copas.

Dejo el abrigo en el ropero y me dirijo como un tiro a por un gin tonic.

Desde la lejanía de la barra observo a Holly. Está en la pista de baile, danzando de una manera bastante fogosa con lo que parecen dos australianos, al ritmo de reggaeton.

Ah, mi querida Holly.

Al cabo de 20 minutos, desafortunadamente, tanto mi copa como los australianos han desaparecido y Holly se me acerca, contoneándose rollo mujer fatal, y me susurra al oído sensualmente, o al menos eso cree ella:

Pídeme un whisky con agua… Y luego, te vienes a bailar conmigo.

Y ahí que me planto, con un whisky con agua en una mano y un gin tonic en la otra, en el centro de la pista de la discoteca, como un reo esperando su ejecución en el corredor de la muerte, viendo a Holly contorsionándose como si estuviera haciendo algún tipo de ritual de apareamiento ancestral. Algo así como un mezcla entre la danza del vientre de Shakira y lo movimientos de un pavo real.

Y justo en ese preciso instante, de pronto, algo trágico sucede. El DJ, compinchado con el Diablo, parece dispuesto a amargarme la noche, y decide poner un tema de Beyoncé.

Y, claro, se desata la locura.

Holly chilla, levanta los brazos, se mueve, se tropieza, agita las manos, hace un paso de baile inversosímil, pone muecas de bailarina profesional, se tambalea, salta, canta, grita y sólo acierta a decir: BEYONCÉ!! BEYONCÉ!! BEYONCÉ!!, mientras me empieza a rodear bailando de una forma absurdamente desacompasada.

Sólo diré que ha pasado más de un año y aún me despierto por las noches, con sudores fríos, soñando con esos bailes a mi alrededor con Beyoncé de fondo.

No sé cuánto tiempo pasé ahí dentro bailando con Holly. Pudo ser media hora. O una hora. El caso es que a mi me parecieron días.

Salimos de la discoteca y yo casi me arrodillo a besar el suelo, como el Papa.

Y lo hubiera hecho, pero mi querida Holly se puso a vomitar nada más salir a la calle.

HOY DE NUEVO

Llaman a la puerta. Abro y me encuentro a un tipo con chubasquero y casco de moto portando mi pizza.  Pago y cuando entro otra vez en casa, me pongo a pensar en Holly.

No. No fue la mujer de mi vida.

Pero soldado que huye sirve para otra guerra.

 Y aún quedan muchas guerras en forma de cenas, copas, risas y chicas.

Disfrutemos del viaje hasta el destino, con sus curvas, sus precipicios y sus baches.

Lo divertido es el trayecto.

Siempre el trayecto.


98 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

13 de Abril de 2012

Pongamos que hablo de Nueva York: un amago de guía para vividores


Lo sé. Lo dejé por escrito. Y ya saben. Quod scripsi, scripsi. Lo escrito, escrito está.

Lo prometí a varios lectores. Di mi palabra de honor a lo Tony Montana. Lo juré sobre lo más sagrado, esto es, mi camiseta de Zidane. Dejé mis posesiones más preciadas como aval y garantía del cumplimiento de mi empresa. Lo juré y perjuré la víspera de irme, tras el segundo o el quinto gin tonic (matices sin importancia), mientras sonaba una canción de Calamaro, poniendo al gran Andrés y la bahía de Santander por testigos.

“A la vuelta de Nueva York, escribo una detallada y pormenorizada guía con todos los restaurantes, bares, tugurios, direcciones y sitios para vividores. Lo prometo.”

Y luego me besé el pulgar y dije, por estas, que es algo que siempre aporta mucha credibilidad a lo que uno dice.

Bien. Pues mentí. Como un bellaco. Ya ven. Nunca fui muy fiar.

Porque aquí estamos, copa de vino en mano, trasnochando, medio atacado por el jet lag y medio deprimido por la vuelta, inundado de notas, apuntes, anárquicos garabatos en servilletas, tarjetas de restaurantes, mapas, fotos y recuerdos que me asaltan.

Pero ni rastro de la guía.

Porque, la verdad, es que el mundo no necesita la enésima guía para conocer Nueva York.

Lo que necesita es una guía para aprender a olvidarla.

Y es que, tras una semana haciendo el cafre por NY con mis ilustres socios de viaje, Luis, Jabo, Miguel y Lucas, partenaires que dejarían a los de Resacón en las Vegas como unos escolares de excursión por Eurodisney, solo me quedan los fogonazos y los recuerdos; cadáveres de neuronas y botellas vacías; el eco de las carcajadas y las muescas de los disparos; rincones y pinceladas; el ruido y la furia; el humo del revólver y los restos del naufragio.

Recuerdos.

Eso es todo lo que nos queda al final del camino.

Eso es lo que somos.

Elija bien. Lo único que nos queda son recuerdos. Al menos que sean lindos ¿no?
El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009)

Recuerdos. Con ellos nos debe valer, bastar y sobrar.

Me acuerdo de desayunar el mejor bagel de la ciudad, en Murray´s, con pan pumpernickel, salmón, cebolla y queso, mientras sonaba de fondo el nuevo disco de Counting Crows.

Me acuerdo que este sitio lo abrió un vicepresidente de Merril Lynch, que lo dejó todo y se puso a aprender a hacer bagels.

Me acuerdo que la historia me hizo gracia y que lo llamó Murray´s por su padre.

Me acuerdo que pensé que algún día me gustaría abrir un restaurante y llamarlo como mi padre.


Me acuerdo de acabar con nuestra cordura a base de dry martinis en el Pravda, el bar de nuestra vida, bajo ese techo abovedado y tan bien decorado, mientras nos peleábamos por ver a quién hacía más caso Aris, la camarera puertorriqueña que nos emborrachaba con su sonrisa.

Me acuerdo que Ricardo Ortega, difunto corresponsal de Antena 3, iba al Pravda con Enric González a tomar el martini.

Me acuerdo de lo que Jack Kerouac escribió en su día: there is something about the New York bars that no other bar can capture.

Me acuerdo de pensar lo mucho que le hubiera encantado el Pravda a Kerouac.


Me acuerdo de las marionetas de Central Park.

Me acuerdo de la primavera de ida y vuelta de Nueva York.

Me acuerdo del aire del Hudson abanicándonos la cara por el Financial District y de los zumos de frutas que compramos.

Me acuerdo de ir silbando “Palomas en la Quinta” (clic) de Quique González por las calles.

Me acuerdo de la tienda más increíble de posters de películas que he visto en mi vida, Posteratiti, en el SoHo.

Me acuerdo de mis amigos sacándome a rastras para que no me gastara 900 euros en un poster de 1969 de Charada


Me acuerdo de las míticas hamburguesas y los Bloody Maries del JG Melon.

Me acuerdo de lo flamenca que se nos puso el alma tras enchufarnos varios bloody maries (potentes y picantes) y de recorrer Lexington Avenue a plena luz con una castaña digna de mención.


Me acuerdo de probar la mejor cheesecake de Nueva York (y casi con toda probabilidad del universo), en Veniero´s. Sin frambuesa y sin excentricidades, por supuesto.

Me acuerdo de cómo nos explicaron la diferencia entre la Italian cheesecake y la New York cheesecake y cómo nos peleábamos por los últimoz trozos, tenedor en ristre.


Me acuerdo del homenaje que nos dimos en el archipremiado Peter Luger, el steakhouse por excelencia, paraíso para carnívoros, donde la carne te la traen aún mugiendo.

Me acuerdo de sus mesas de madera, de la ingente cantidad de premios colgados en sus paredes, de pedir el porterhouse, poco hecho, para 4 personas y de cómo el cuchillo se hundía como si fuera mantequilla mientras cortaba.

Me acuerdo del paseo de después por el puente de Williamsburg, contando a mis amigos la teoría de la resonancia y los temblores de los puentes.

Me acuerdo que no me hicieron ni caso.

Me acuerdo de mi deli favorito, el Au Bon Goût, en la Quinta, y de volver a relamerme con sus insuperables sandwiches, en concreto con el American Hero y el Godfather.

Me acuerdo de acabar a las tantas de la noche en el Katz´s, devorando su famosísimo sandwich de pastrami, un remedio magnífico para prevenir la resaca.


Me acuerdo de descubrir esta canción.

Me acuerdo de escucharla a todas horas.

Me acuerdo de cenar en el Cipriani´s, entre modelos de piernas largas, mafiosos rusos, actrices caídas en desgracia y princesas más de saldo que de esquina.

Me acuerdo que Giuseppe Cipriani fue el que abrió el Harry´s Bar de Venecia, el bar de los bares, la barra de las barras, el favorito de ese genial vividor llamado Hemingway.

Me acuerdo pensar que el tal Cipriani sí que sabía crear atmósfera y ambiente en sus locales.


Me acuerdo de un rooftop por la esquina de la calle William con la Beaver.

Me acuerdo de la puesta de sol desde ahí.

Me acuerdo de la chica que me dijo que era borde, antipático, seco y odioso.

Me acuerdo de pensar lo guapa que estaba mientras me decía todo esto.

Me acuerdo de decirme a mí mismo que no tengo remedio ni solución.

Me acuerdo de Jabo haciendo su famoso paso de baile al ritmo de Juan Luis Guerra.

Me acuerdo de pensar que él sí que no tiene remedio ni solución.

Me acuerdo de la encantadora señorita Valoira y del abrigo de pastora de Teresa.

Me acuerdo de Christina Rosenvinge sonando a todo trapo en la habitación del hotel con esta canción.

Me acuerdo de los gin tonics en el piso de Lucas.

Me acuerdo de ver el Real Madrid – Valencia al borde del infarto, en un bar del West Village.

Me acuerdo de sumergirnos en el SubMercer, las clandestinas entrañas del Hotel Mercer, y beber copas como si fueran a imponer la Ley Seca.

Me acuerdo de comprarme libros de David Sedaris en mi librería favorita, Shakespeare and Co., en Broadway.

Me acuerdo de acordarme que al gran David Moralejo, maestro Jedi de bon vivants, le gusta Sedaris y la Shakespeare and Co. de París.

Me acuerdo de las estratosféricas patatas fritas con trufa blanca del Abe and Arthur´s , en el MeatPacking, y de mandarnos mensajes con las chicas de la mesa de al lado para quedar luego.

Me acuerdo de descubrir nuestra nueva tiendas de gafas de sol favoritas: Moscot.


Me acuerdo de cenar 19 personas en De Santos, en el West Village.

Me acuerdo que tomamos un estupendo vino de Mendoza y que  acabamos en el Avenue.

Me acuerdo del brunch de despedida en Morandi.

Me acuerdo llegar a Madrid.

Me acuerdo de ir en el taxi camino a casa.

Me acuerdo que el taxista me preguntó que qué me ocurría porque “parecía que me acabara de dejar la novia”.

Me acuerdo que le contesté mirando por la ventana: “Algo parecido, algo parecido…”

Me acuerdo que se rió y me dijo: “No pasa nada, chico. Al fin y al cabo, lo único que importa son los recuerdos.”

Me acuerdo que le miré por el retrovisor.

Y me acuerdo que me empecé a reír.


88 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

29 de Marzo de 2012

Nueva York, esa ciudad tan mujer

La semana que viene vuelvo a Nueva York. A esa ciudad.

A esa ciudad de la que uno ya se está marchando antes de llegar y a la que siempre está volviendo antes de irse.

A esa ciudad de taxis amarillos a la deriva como patos de goma en una bañera gigante. La ciudad donde las palomas sufren de insomnio y los chicos de peterpanismo. La ciudad de las quimeras imposibles y los rascacielos impertinentes. La ciudad donde el viento arrastra las hojas de periódico que se mueven como bailarinas de ballet. La ciudad en la que el equilibrio es imposible. Donde las estrellas parecen anuncios luminosos y los anuncios luminosos, estrellas. La ciudad donde no se echa de menos la luna y pestañear es un lujo innecesario. La ciudad de Jackie Kennedy. La ciudad de irlandeses, judíos, católicos, wasps, chinos, italianos, negros, rusos y puertorriqueños. La ciudad con ritmo de swing. La ciudad de las niñas pijas con piernas de gacela trotando por Park Avenue con la bolsa naranja de Hermès. La ciudad de trompetistas cansados y barberos filósofos. De bares regentados por exboxeadores cerca del Madison. De los delis que huelen a pastrami y a café recién hecho. La ciudad donde expiar tus pecados en San Patricio.

Esa ciudad insolente que se permite nieve, sol, lluvia, nubes y huracanes. La ciudad de las rayas del uniforme de los Yankees y las de los baños del Chelsea Hotel. La ciudad de Seinfield. La ciudad de las paralelas y las esquinas. La ciudad en la que solo el viento corre más que tú. La ciudad con aliento a café. La ciudad de los gatos callejeros. La ciudad de ritmo vertiginoso en la que el zumo se te oxida antes de exprimir las naranjas. La ciudad cuya silueta trazaron con tiza Lorca, Julio Camba, Enric González, Alfonso Armada y Elvira Lindo. La ciudad con aspecto de señora pero alma de cabaretera. La ciudad flanqueada por puentes que invitan a entrar y salir sin llamar a la puerta. La ciudad en la que tu sombra se vuelve al hotel, incapaz de seguirte el ritmo. La ciudad de tipos con el traje arrugado y edificios con forma de plancha. La ciudad en la que te quitan lo bailao antes siquiera de ponerte los zapatos y donde vivir es acariciar el lomo de un tigre. La ciudad que es como la aceituna del Martini: potente, directa y de efectos traicioneros. La ciudad de Don Draper, Gatsby, Patrick Bateman, Salinger, Woody Allen y  Lou Reed.

La ciudad que anda por el lado salvaje de la vida.

Esa ciudad tan atractiva y tan fatal.

Esa ciudad tan mujer.

He vuelto, claro que he vuelto. Nueva York sigue siendo una tormenta de almas, un caudaloso río humano.

Para entender ciertas cosas no hacen falta idiomas, ni experiencia, ni memoria.

Basta con abrir la ventana y escuchar el rugido de la bestia.


43 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

21 de Marzo de 2012

“El guardián y los patos de Central Park” – Volumen I

-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?
-¿Qué?
-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park. Donde están los patos. ¿Sabe, no?
-Sí. ¿Qué pasa con ese lago?
-¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?
-¿Adónde van, quiénes?
-Los patos. ¿Lo sabe usted, por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?

El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.

-¿Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?

El guardián entre el centeno - J.D.Salinger, 1951

Los patos de Central Park simbolizan todas esas cosas que se van, sin previo aviso, que desaparecen de tu lado, que salen volando y pierdes de vista. Como algunos amigos de la infancia, como ciertos familiares, como aquellos profesores, como la inocencia o como la primera novia. Se van porque se tienen que ir, porque la vida funciona así, porque el mundo sigue girando, las personas van entrando y saliendo del escenario y los patos volando van.

De ahí el desasosiego que sufre el pobre Holden cuando intenta saber por todos los medios si los patos volverán algún día. Necesita que un adulto le diga que sí, que se han ido para volver, que es algo temporal. Se niega a creer que se han marchado para siempre.

Muchos de los ya habituales en este bar me habéis pedido más de una vez – y más de dos -  que haga una lista de reproducción para viajes, fiestas u otros eventos lúdico-festivos. Teniendo en cuenta que ya ha llegado oficialmente la primavera, qué mejor forma de ir calentando los motores que con canciones bonitas mientras esperamos a que los patos vuelvan al lago.

Y volverán. Creánme que volverán

“El GUARDIÁN Y LOS PATOS DE CENTRAL PARK” – Volumen I

*Hagan clic en cada canción y les mandará directamente a ese genialísimo invento llamado Spotify.

1. Jeremy Fisher – Scar That Never Heals


    Esta canción es un flechazo a primera escucha. Resulta imposible resistirse a ese Doo doo doo doo doo que te hace silbar, tamborilear el volante del coche o empezar a aplaudir cual foca a la que acaban de premiar con un arenque. Conocí esta canción el año pasado, sin querer, y sufrí una especie de obsesión que me impedía sacármela de la cabeza, como ocurre con las chicas que te encantan, las ciudades que te enamoran y las películas que te rompen esquemas. Ya saben de qué les hablo. O deberían.

    2. Jens Lekman – A Sweet Summernight on Hammer Hill


    Esta canción suena a fiesta, a champán, a hierba recién cortada, a vestidos con espalda descubierta, a gente bailando, gritando, y cantando esta canción: Bomp-a-bomp-a-bomp-a-bomp-a-bomp-a-bomp-a-bomp!


    3. Counting Crows – Hard Candy

    ¿Qué les puedo decir de este grupo? Recuerdo que recorrí todo Santander hasta encontrar este disco, Hard Candy. Una vez en mi poder, lo escuché una y otra vez, una y otra vez, de manera obsesivo-compulsiva, hasta aprenderme sus letras de memoria. El disco abría con esta canción, que era todo un canto a la primavera y al verano. Me declaro fan incondicional de Adam Duritz, ese rastas con pinta de loco, amigo de grandes como Jakob Dylan o Ryan Adams y con una facilidad pasmosa para hacer canciones  bonitas, asunto que no es baladí, se lo puedo asegurar.

    4. O.A.R. – Hey Girl

    A los chicos de O.A.R. (Of a Revolution) les vi en concierto cuando yo no era más que un pipiolo de unos 17 años y tenía la cabeza llena de pájaros (o patos). Un amigo me había dejado su cedé y estaba totalmente enamorado de su canción “That was a crazy game of poker”, un temazo mayúsculo de 8 minutos de duración que narraba una partida loca de poker (clic aquí). Durante el concierto tocaron “Hey girl“, la cual dedicaron “a todas las chicas guapas que van paseando en primavera y que en invierno desaparecen o las abducen los alienígenas”.

    5. The Lilac Time – American Eyes


    La letra de esta canción me encanta. La descubrí gracias a esa enciclopedia musical llamada Kiko Amat, cuyos libros ya me he hartado de recomendar por aquí (y seguiré haciéndolo). Tal vez sea una de las canciones pop más perfectas de la historia. Una maravilla que, en España, no tuvo demasiada repercusión, cosa que en cambio sí tuvo el hortera de Elton John. Porca miseria.

    6. Matt & Kim – Daylight


    Tuve la oportunidad de ver en concierto a esta pareja espídica el año pasado y son muy divertidos. Y esta canción, hablando de la luz del día, me recuerda a esas noches de primavera-verano en las que te sorprende el día volviendo a casa o desayunando algo con tus amigos, comentando los momentos estelares de la noche (o los que tú consideras como estelares en ese momento de embriaguez cósmica) y enunciando reflexiones filosóficas de tremenda magnitud como “el kebab es el mejor invento de la humanidad junto con la penicilina”, “Yo hubiera nombrado a Mourinho como Ministro de Justicia” o “Deberíamos dejarlo todo y montar un bar en Salvador de Bahía”.

    7. Lupe Fiasco – The Show Goes On

    Lupe Fiasco utilizó la melodía de la canción “Float on” de Modest Mouse, un grupo de rock que me encanta, para crear esta canción.  La mezcla de estilos me parece grandiosa y tremendamente adictiva. Escuchen un par de veces este tema y quedarán totalmente enganchados. El que avisa no es traidor.

    8. Brett Dennen – Comeback Kid (That’s My Dog)

    Un amigo inglés, melómano empedernido, me mandó esta canción diciéndome que tenía que escucharla con carácter de urgencia. Ya había oído cosas de este pelirrojo y lo cierto es que me gustaba bastante. Pero esta canción es un auténtico chute de energía. Escandalosamente pegadiza y bailable. Incluso para mí, que tengo la misma gracia bailando que un pingüino lobotomizado.

    9. Jenny Owen Youngs – Fuck Was I


    Porque todos, todos, todos nos hemos preguntado alguna vez lo mismo que esta chica con voz tan bonita: What the fuck was I thinking?


    10. Sr. Chinarro – Una Llamada a la Acción


    Un amigo mío dijo hace poco que esta canción “tenía luz”. No sé qué me preocupó más en aquel momento: si su comentario o el hecho de que yo apoyara ciegamente su absurda teoría. La cuestión es que estoy con él. Tiene luz. O algo así.

    11. Keren Ann – Decrocher Les Etoiles


    Keren Ann canta esta maravilla que habla sobre “descolgar las estrellas” junto a Benjamin Biolay, del que dicen que es el nuevo Gainsbourg (siempre he odiado este tipo de comparaciones, la verdad). No obstante, hay que reconocer que Biolay es bueno. Muy bueno. Y la voz de ella pone “la gallina de piel”, como diría Cruyff.

    12. Ben Kweller – Things I Like To Do

    Me apasiona esta canción en la que Kweller enumera, con sencillez, esas pequeñas cosas que le gustan pero que mucha gente puede considerar tonterías, como escuchar música en el autobus, ver el cielo azul o andar por las callejuelas de París.

    Y para terminar, cierra la canción con un impecable “But most of all I like liking you”. Sencillamente maravillosa.

    13. Billy Bragg and Wilco – California Stars

    He aquí la que fue mi banda sonora particular mientras cruzaba California en coche (un Pontiac Torrent en el que apenas cabíamos) con varios amigos. Cuando juntas a algunas de las personas que más quieres en un viaje, es imposible que te lo pases mal. Algo parecido ocurre con esta canción: cuando unes a un grupo de genios como los chicos de Wilco con un tipo legendario como Billy Bragg, el resultado solo puede ser algo tan maravilloso como esta pedazo de canción que nunca me cansaré de escuchar.

     
    14. Noah And The Whale – L.I.F.E.G.O.E.S.O.N


    Porque como bien dicen estos chicos: la vida continúa. Siempre. A pesar de los pesares.

    15. Niños Mutantes – Hundir La Flota

    No solo de Los Planetas vive la música de Granada. Los Niños Mutantes acaban de sacar un nuevo disco y este es uno de sus principales singles. Su arranque me parece espectacular: Vamos a hundir la flota/ vamos a quemar las naves/ a quedarnos en pelotas/ a tragarnos las llaves.

    16. Bedouin Soundclash – Walls Fall Down


    Está canción hablando de muros que caen es muy propia para una lista primaveral. Adiós nubes, viento, abrigo y guantes y Hola luz, terrazas y sol. La voz de este cantante, rota, me parece de las mejores que he escuchado últimamente. Siempre me han gustado este tipo de voces, la verdad.

    17. Old Crow Medicine Show – Wagon Wheel

    Basada en una canción de Bob Dylan, los chicos de O.C.M.S. pulieron esta joya musical que bebe de la música tradicional americana. Una mezcla de talentos descomunales que da lugar a un tema que podría escuchar en bucle por los días de los días.

    18. The Beach Boys – Do You Wanna Dance?

    Los Beach Boys nunca han sido valorados en su justa medida. Fueron unos músicos mucho más importantes y completos que unos simples guaperas surferos haciendo el tonto con una guitarra, canturreando eso de Surfin´U.S.A. El talento musical de su fundador, Brian Wilson, era -y sigue siendo- algo descomunal.


    19. I’m From Barcelona – Always Spring

    Hace poco, mi amiga Luz, 50% argentina, 50% española y 100% guapísima, conocedora de mi pasión desenfrenada por la primavera y el buen tiempo, me pasó esta canción. Como no podía ser de otra forma, a los pocos días ya era mi hilo musical permanente en mi día a día. Tenía que estar en esta lista en honor a la primavera. Bien sabe Luz que no me puedo resistir a ella. Y a la primavera, tampoco.

    20. Pajaro Sunrise – Kinda Fantastic

    He de confesar que tengo auténtica debilidad por este grupo. Muy a mi pesar, justo a finales del año pasado, el 28 de diciembre, como si de una broma pesada de los Santos Inocentes se tratara, su líder y alma máter, Yuri Méndez, anunció que dejaba la música sin fecha de retorno. Y la verdad es que me dejó helado. Estuve valorando secuestrar a este tío y tenerlo encadenado en mi sótano, componiendo canciones, pero al final descarté esta posibilidad (principalmente porque no tengo sótano). Esperemos que vuelva.

    Y por eso la he dejado para el final. Por si vuelve en primavera. Como los patos de Central Park.

    Espero que les guste la lista. De hecho, me gustaría ampliarla con sus canciones.
    Les propongo que por cada comentario que escriban, dejen una canción (un link de youtube, de spotify o simplemente el nombre) con una breve explicación de por qué la han escogido.

    Ahí les espero. Y en twitter (@guardian_el_). Y en mi cuenta de correo. Y en los bares. Y de conciertos.
    Y que la música no deje de sonar.

    Besos y abrazos,

    El guardián entre en el centeno


    101 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

    15 de Marzo de 2012

    10 maneras de superar un cumpleaños

     


     

    De pequeño frente a un calendario pregunté:
    “En diciembre, el 31, ¿se acabará el mundo?”
    Todos se rieron, yo no sabía por qué.
    “Algo más”, oí, “nos queda un poco más”.

    No me convenció y fui hasta el reloj de la pared.
    Si no le doy cuerda, entiendo, lograré parar el tiempo.
    Se lo comenté a mi hermano y, él mirándome,
    “¿para qué?” me dijo, “¿para qué?”.

    Por primera vez sentía el miedo de verdad
    y aún entonces ya sabía que no me abandonaría.

    El tiempo no se puede detener – Nacho Vegas

     

    Muy a mi pesar, y no por falta de intentos, ayer no logré detener el tiempo ni tampoco conseguí que las manecillas del reloj se pararan eternamente para darme un respiro y no cumplir años, cuestión que me molesta bastante. 

    Para la gente como yo, propensa a sufrir fulminantes ataques de nostalgia, cumplir años es lo más próximo a una tragedia griega.

    Qué les voy a contar, siempre he vivido con una clara predisposición hacia la angustia, con cierta inclinación a ver la botella medio vacía y tiendo a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

    Sin embargo, hay que ser como uno de esos boxeadores fajadores y veteranos, encajando los golpes del tiempo, aguantando de pie, sin vencer, sin doblar la rodilla, sin besar la lona. Aunque uno acabe escupiendo sangre y medio sonado. Que ya nos curaremos en uno de esos vestuarios que huelen a ginebra y el humo escuece en los ojos. Ustedes ya me entienden.

    Pero nunca dejarse caer. Eso, jamás.

    Así que para combatir la depresión de cumplir años, paso de prozacs y lexatines, de libros de autoayuda e inventos similares y voy a las cosas que me gustan. Que nos gustan.

    He aquí mi receta para superar una crisis de edad. 

    1. Cenar en Le Patron

    Existen pocas cosas más efectivas para olvidar esa horterada de cumplir años que ir a cenar a un sitio que te encanta. Le Patron es uno de estos restaurantes especiales. Se trata de un bistro francés, con muy pocas mesas, en el que cenas como si estuvieras en el salón de casa de unos amigos (unos amigos que cocinan muy bien, por cierto).

    Su decoración, llena de detalles, como libros antiguos o fotografías de película, desborda buen gusto. Y hasta tiene paredes de ladrillo visto (ya saben ustedes que es una de mis extrañas pasiones). 

    En cuanto a la comida, el tataki de atún es más que recomendable y el tartar de buey, obligatorio. También hay que probar la ratatouille con cigalas.  Merece la pena.

    Y aunque yo no soy muy de postres, la verdad es que su tarta de queso es digna de elogiar, aplaudir, agitar la servilleta y besar al cocinero. Además, siempre que he ido, tienen el enorme detalle de ponerme aparte la mermelada de frambuesa (insisto en que la tarta de queso ha de ir sola, sin la cursi y omnipresente mermelada de frambuesa).

    ¿Más motivos para ir? Está al lado de mi querido Martínez, mi nuevo sitio favorito para tomar gin tonics. Ya estoy negociando que me pongan una cama entre alguna mesa para ahorrarme tiempo yendo y viniendo.

    2. Camisa a medida en casa – Tackelton

    Hay ciertas cosas que son indiscutibles: el vinilo suena mejor que el cedé, la carne hay que pedirla poco hecha, es un crimen rociar con limón un pescado bueno y las nuevas películas de Star Wars jamás debieron existir.

    Que una camisa hecha a medida sienta infinitamente mejor que una camisa normal también pertenece a esta clase de verdades absolutas e indiscutibles.

    Sin embargo, existe la leyenda urbana de que vestir a medida es un lujo excesivo, propio de José Luis de Vilallonga, que se hacía tomar las medidas montado en su caballo.

    Mentira absoluta. Y en Tackelton están para demostrarlo. Por un precio más que razonable, van hasta tu maldita casa, te toman las medidas, eliges entre distintos y variados tipos de telas y te hacen una camisa impecable en poco más de dos semanas. Casi nada.

    Prueben y repetirán. Palabra de vividor.

    Yo ya he quedado con ellos esta semana para tomarme las medidas.

    3. “Cómo hacer crac” de Nacho Vegas

    No se me ocurre un músico mejor ahora mismo en España que Nacho Vegas. Y esto es así. Este astuarino, con esa imagen a medio camino entre crooner, maldito y bon vivant, rodeado siempre de todo tipo de excesos, escribe temas como pocos. O como nadie.

    Hace poco sacó –regaló- el mini disco “Cómo hacer crac”, con 6 canciones inéditas que confirman los que sospechábamos: es un fuera de serie. Si es que aún había alguna duda a estas horas.

    Aquí lo pueden escuchar ustedes íntegro. Que lo disfruten. Y no traten de escribir cosas así en casa.

    Nacho Vegas – COMO HACER CRAC

    4.  Zapatos John Lobb

    Los zapatos John Lobb no son simples zapatos. Son pequeñas obra de arte, objetos artesanales hechos a mano. Piel y clavos. Algo que se hereda de padre a hijo, como el color de ojos, la pasión por un equipo de fútbol o un reloj.

    Estamos hablando de unos malditos zapatos ingleses, impecables, tan bonitos que te duelen los ojos al verlos y que duran intactos 25 años. Fácilmente.

    Para combatir la depresión de cumplir años, cometí la tremenda insensatez de hacerme con un par de John Lobb y así solventar mi ataque nostálgico.

    Quiero pensar que son una inversión.

    5. Volver a leer un comic: Crónicas de Jerusalén

    La verdad es que nunca he sido muy de leer cómics. Astérix y Obelix fueron la base de mi educación y me declaro fan incondicional de Calvin & Hobbes, pero poco más. Jamás he leído algo en el que el héroe lleve leotardos, tenga superpoderes y venga de un planetas lejano, porque me aburre soberamente.

    Sin embargo mi amigo Manuel, tipo brillante donde los haya, devorador de libros y comics, fue el que siempre me metió el gusanillo de leer viñetas.

    Y así fue cómo cayó en mis manos Crónicas de Jerusalén”, un libro que detalla las vivencias de un dibujante que se muda a Jerusalén, esa ciudad con tres bares y tres religiones, con su mujer, destinada ahí con Médicos sin Fronteras. 

    Es un testimonio impactante, contado con el mismo detalle y profundidad que las crónicas que escribiría un corresponsal de guerra, pero sin abandonar el estilo informal de un comic. Se trata el conflicto de Gaza, la situación en Oriente Medio y la Primavera Árabe sin tópicos, con un agudo sentido del humor y sin maniqueísmos. Lo estoy devorado en solo un par de días y me está encantando.
    6.  Que 20 años no es nada, Moby Dick

    No solo estoy yo de cumpleaños estos días. Gracias a Dios.

    La sala Moby Dick cumple nada menos que 20 años dando la nota. Y es para estar de enhorabuena. Ahora echo la vista atrás y lo cierto es que han sido muchos, muchos y muchos los conciertos vividos en esta sala. Y todos han sido especiales de algún modo u otro. Au Revoir Simone, Los Planetas, los Petersellers, Pájaro Sunrise…  

    No sé cómo lo hacen, pero estos tipos tienen un don para traer a grupos que, al poco tiempo, andan tocando en estadios y tú puedes presumir de que les viste en una pequeña sala y luego te tomaste unas copas con ellos. Y si quieres, te puedes hacer el guay diciendo que antes molaban más, que es algo que siempre queda muy moderno.

    En tiempos convulsos para la música es bueno saber que salas como la Moby Dick siguen dando guerra, ofreciendo buena música y dejándose la piel para traer a buenos grupos para nuestra escucha y disfrute.

    En marzo es su aniversario y ahí estaré yo en más de uno y en más de dos de sus conciertos conmemorativos, en busca del tiempo perdido.

    Larga vida a la ballena.

    7 . The Hole

    Ella es muy tradicional, muy de tradiciones, muy de un chotis, de un paseo por el Retiro, de un Museo del jamón, de tirar la cabra por el campanario, muy de una raya en el Chicote. – The Hole

    El otro día me acerqué a ver The Hole con cierto escepticismo, no lo puedo negar. Y es que a mí toda la estética cabaretera, burlesque y demás, como que me deja bastante frío. Llámenme clásico. Puede que sea la edad. No lo descarto.

    Sin embargo, me quedé gratamente sorprendido porque The Hole consiguió romperme los esquemas con su agudo y brillante guión, su gamberrismo, sus ganas de incordiar, su apoteósico final, sus imposibles acrobacias y su divertida atmósfera. No es un espectáculo al uso, sino algo bastante novedoso, informal y con toques surrealistas que es imposible –imposible, créanme – que deje indiferente a nadie.

    Tal vez no se lo recomendaría a mi madre, porque a lo mejor la entierro ahí mismo con ciertas cosas que se ven y se dicen. Pero sí a amigos que quieran ver algo original, canalla y divertido.  

    8. Ver por enésimavez El Secreto de sus ojos

    Para algunas cuestiones puedo ser una persona tremendamente persuasiva. Con El Secreto de sus ojos soy directamente un pesado insufrible, infatigable e inasequible al desaliento. Se la recomiendo/regalo/sugiero a todos y cada uno de mis amigos. Sin excepción. Mis amigas Belén o Marta, sin ir más lejos, sufrieron mi acoso hasta que cedieron por agotamiento y terminaron haciéndome caso.

    Acabaron, eso sí, encantadas porque es una maravilla de película que espero hayan visto ustedes. No me obliguen a tomar medidas para que la vean.

    Lo de Ricardo Darín no tiene nombre, por cierto. Es un genio.

    Y esta escena es la ESCENA. Me la sé de memoria. Y cuando llevo 2 copas encima, clavo el acento argentino. O eso me dicen para que deje de dar la brasa y me calle. Me valen ambas.

    

    9. Releer “Momentos estelares de la humanidad” de Stefan Zweig

    Para darse cuenta de cómo pasa el tiempo y aprender a su paso, nada como volver a leer uno los libros que más recomiendo leer y regalar. Stefan Zweig, con su insondable cultura, hace un recorrido por 14 momentos que él considera estelares y que marcaron el devenir del mundo hasta convertirlo en lo que hoy en día conocemos.

    Un libro que, años después de su publicación, sigue siendo un clásico absoluto.

    De vez en cuando leo algún libro que me gusta tanto que despierta en mí ganas de describirlo con adjetivos que encuentro muy cursis y afectados como “delicioso” o “exquisito” u “embriagador”.

    Bien, este es uno de esos libros. Lean y maravíllense. Y no me obliguen a recurrir a adjetivos cursis.

    10.  Y como despedida, nada como releer lo que escribió el gran Quino, padre Mafalda. 

     


    72 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

    6 de Marzo de 2012

    Qué felicidad más tonta

    Esa mirada en sus ojos – que nunca le abandonaba – decía:
    Vamos a pasarlo bien, maldita sea. Vamos a comernos el mundo. Ahora.
    Dennis Lehane

    La primavera no llega. La primavera estalla. Como los fuegos artificiales. Como los hielos cuando te pones una copa. Como el Bernabéu cuando marca el Pipa Higuaín. Estalla. BUM.

    Y como ocurre con cualquier estallido, sus efectos son imprevisibles.

    Ustedes ya conocen mi odio al frío, a la lluvia, a la nieve, al viento y a cualquier fenómeno meteorológico incompatible con el uso diario del bikini, así que no les sorprenderá si les digo que en cuanto vislumbro algún tímido rayo de sol y los días comienzan a alargarse, servidor se echa a las calles, como un enajenado, cantando, silbando, oliendo las flores, saludando a porteros, haciendo congas con propios y extraños, abrazando abuelas, besando bebés y si encuentro a unos Hare Krishna, me pongo a tocar la pandereta con ellos. Me vuelvo loco.

    Y sí, por cierto, lo confieso: adoro las congas. Fuera caretas. Si ustedes se preguntan quién diablos es el imbécil que empieza las congas en una boda, les diré que ese imbécil soy YO. No puedo remediarlo. En cuanto veo una formación más o menos lineal de personas, una especie de impulso electromagnético me empuja a cantar la “Cucaracha ya no puede caminar” o un hit de semejante entramado lingüístico e ir en peregrinación etílica de lado a lado. NO-LO-PUEDO-REMEDIAR. Tal es mi pasión por esta danza satánica que en una de mis primeras entrevistas de trabajo contesté, al ser preguntado por mi idea del liderazgo, que el auténtico líder era aquel que siempre empezaba las congas en las fiestas.

    Aún sigo esperando la llamada de Recursos Humanos.

    El caso es que ya podemos tocar la primavera con la punta de los dedos – aunque siga haciendo un poco de frío-  y me embarga una felicidad desproporcionada. Así que  es un momento fenomenal para hablar de restaurantes, beber copas, descubrir nuevos libros, ver películas, escuchar canciones bonitas y bailar en algún concierto. Y hoy tengo de todo esto. Y más.

    1. El restaurante – EDULIS (C/Velázquez, 11)

    El antiguo restaurante Edulis, con muy pocas mesas y algo escondido, era una especie de secreto entre los dueños de los paladares más exigentes de la capital. Ahora se han trasladado a la calle Velázquez y han montado un restaurante espectacular, digno de quitarse el sombrero. 

    La decoración impacta bastante (tienen hasta un jardín vertical. ¡Un maldito jardín vertical!) pero la comida impacta, aún más. Prueben los huevos escalfados con boletus edulis, espuma de patata y trufa o el steak tartare y no querrán abandonar la mesa, como si tuvieran que salir de la cama un lunes.

    Vayan, vayan y vayan.

    Ah, y si quieren, pueden visitar su barra. El dueño del restaurante, Alfonso Figueroa, es un enamorado del concepto de comer en la barra y quiere impulsar esta costumbre tan extendida en otros países. Y nosotros, animales de barra, brindamos por ello. ¿Y con qué? Pues con un señor gin tonic.

    2. Las copas – MARTÍNEZ

    Hace unas pocas semanas, conocí esta maravilla de sitio para tomar todo tipo de bebidas espirituosas y disfrutar de un buen ambiente mientras echas unos tragos. Unos buenos tragos. Caí en él con mis amigos Luis, Jabo y Mike, y ya nos hemos convertido en unos fijos. Es nuestro nuevo centro neurálgico, donde se fraguan todos nuestros planes descabellados e ideas frustradas. 

    Me gusta su desgastada barra de madera vieja (como diría el gran Enric González: es una cuestión de luz), me gusta su extensa y exquisita carta de ginebras (tienen mi querida Sipsmith), me gusta los vasos que usan, me gusta el aspecto desvencijado de sus heredados muebles y mesas, me gusta cómo preparan el Gin Fizz y el Dry Martini (asuntos cruciales) y me gusta que conserve esa atmósfera de un sitio de los de toda la vida, habiendo abierto hace escasos meses.

    Sin duda alguna, Martínez  (C/Barco 4) ha revolucionado mi top 5 de sitios de Madrid en los que calzarme un buen gin tonic. O varios.

    3. Libros – DENNIS LEHANE

    Dennis Lehane ha publicado nuevo libro, Coronado (Serie Negra, RBA). Saquen el confeti, las serpentinas y el champán. Porque este tío es un genio. Un maldito genio.

    Estamos ante un tipo que domina la novela negra como nadie y que ha escrito algunas joyas como Mystic River (adaptada al cine por un tal Clint Eastwood), Shutter Island (adaptada al cine por un tal Scorsese) o Adiós, pequeña, adiós (magistralmente adaptada al cine por…Ben Affleck. Sí, yo fui el primer sorprendido)

    Para los no iniciados en el universo Lehane (afortunados ellos, me encantaría volver a leer algo suyo por primera vez), pueden empezar con cualquiera de los arriba mencionados o con la majestuosa Cualquier otro día, una maravilla de libro y uno de los favoritos del sinpar Carlos Boyero.

    Lean cualquiera de sus libros y disfruten. No fallarán. Lehane es un “valor refugio”, como dicen los inversores en bolsa.

    4. El concierto – Delafé y las Flores Azules


    Este jueves y este viernes (8 y 9 de marzo) toca en la Joy Eslava este curioso, original y tremendamente divertido grupo. Yo les he podido ver un par de veces en directo y sus conciertos son una auténtica fiesta. Un plan fantástico. Hace un par de años les vi con mi amiga Huracán y aún seguimos recordando aquel concierto. 

    Y si esto no suena a primavera, que baje Dios y lo vea. Qué maravilla de vídeo.

    5. La película – Ides of March


    El pasado mes de octubre, durante una espectacular tarde de otoño en Washington, me metí en un destartalado cine a ver esta película. Puede que fuera por estar en la ciudad de los think tanks, los lobbies y otros animales políticos, pero el caso es que disfruté enormemente con su inteligente guión (o lo que podía oír entre los suspiros de las espectadoras cada vez que aparecían en la pantalla Ryan Gosling o George Clooney) y con las siempre estelares actuaciones de los que son dos de mis actores favoritos: Paul Giamatti (su voz en versión original es espectacular) y Philip Seymour-Hoffman. Vaya dos genios.

    Este viernes ya se estrena en España, así que no duden en ir a ver esta película, aguda, dura y que muestra la cara más salvaje de ese interesante mundo que es la política americana.

    6. La canción – Little Talks

    Estoy obsesionado con esta canción. La escucho cuando me despierto, cuando me ducho, cuando corro en el gimnasio, cuando voy en el coche y creo que hasta cuando estoy durmiendo. Ellos se llaman “Of monster and men” y vienen de Islandia.

    Y yo  solo puedo cantar: HEY, HEY, HEY. Pura adrenalina para el corazón.

    La pueden escuchar pinchando aquí. Y espero que se unan a mí en una conga.

    Of Monsters And Men – Little Talks

    Por lo demás, ya saben dónde encontrarme: en los comentarios, en twitter (@guardian_el_), en mi correo o en la barra del Martínez. Y podemos hablar de restaurantes, canciones, películas, copas o incluso de historias de amor. Jodidas o no.

    Sean buenos,

    El Guardián

    * Bonus Track: el título del post es un homenaje a uno de los grupos más infravalorados de la música española: Circodelia.

    Circodelia – Que felicidad mas tonta

     


    76 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

    21 de Febrero de 2012

    Yo también puedo escribir una jodida historia de amor

    Yo también puedo escribir una jodida historia de amor

    Esto fue lo que soltó el escritor Carlos Salem, el Bukowski de Malasaña, dando un sonoro puñetazo a la barra del bar, cuando un amigo le comentó durante una noche de borrachera que jamás sería capaz de escribir una historia de amor bonita.

    O una historia de amor a secas.

    Estoy pensando en esta anécdota que dio origen al libro que estoy (re)leyendo estos días, mientras espero a que me traigan el café que acabo de pedir.

    La camarera, con cierto aire chulesco y mascando un chicle de menta tal y como haría un koala con una rama de eucalipto, deposita mi café en el único rincón que queda libre en la mesa entre tanto periódico abierto.

    Estoy sentado en MI mesa, que da a una gran ventana desde la que puedo ver la calle Alcalá con el Retiro de fondo. Lo cierto es que no se trata de MI mesa strictu sensu, sino que existe un acuerdo tácito con el resto de camareros y parroquianos, como ocurre con el sofá de Friends del Central Perk, para que yo ocupe esa mesa cuando voy. Me la he ganado a base de cafés y gin tonics.

    - Aquí tienes tu cortado- me suelta la camarera, sin mirarme, inundando el plato del café desbordante de la taza.

    Odio cuando ocurre esto.

    Y, como siempre, me lo han puesto a una temperatura fantástica para hervir una langosta pero no tanto para beberlo sin sufrir quemaduras de tercer grado en el esófago.

    Mientras espero a que el café se enfríe , clavo la vista en la enorme ventana, tal vez por encontrar inspiración mientras veo a la gente pasar por las frías calles.

    Y de pronto, el mundo se detiene en seco, y con él, el ruido del bar, los coches de la calle, la hoja que se cae de aquel árbol y el viento.

    Porque estás ahí de pie, esperando un  taxi, y es como si el tiempo no hubiera pasado, o como si hubiera pasado y te hubieses estado arreglando desde aquel último día que te vi, porque estás obscenamente guapa. Ridículamente guapa. “Pongan-aquí-el-adverbio-que-quieran” guapa.

    Doy un pequeño sorbo al incandescente café, sin apartar la mirada de ti, y me siento como uno de esos policías de las películas americanas, observando a través del cristal por el que puedes mirar y oír al sospechoso a punto de ser interrogado, mientras estudio tu lenguaje corporal y tu forma de ponerte de puntillas para ver si viene un taxi libre.

    Y empieza el interrogatorio. 

    Y me pregunto qué te parecerá el nuevo James Bond, tú que fuiste siempre tan de Pierce Brosnan. Me pregunto con quién beberás las copas ahora hasta las tantas y si sigues defendiendo que DINOSAURIO es una opción perfectamente válida como animal cuando juegas al STOP.

    Me pregunto si seguirás oliendo a Nivea, si continúas diciendo que has perdido el móvil de cada restaurante del que sales, si sigues siendo tan nefasta jugando a las palas y si sabes que por fin me leí el puto libro de los Pilares de la Tierra y que tampoco me gustó tanto porque cada página me recordaba a ti y que me acabó dando igual la construcción de la catedral porque yo siempre fui más de empezar las casas -y las catedrales-  por el tejado. Como aquel tejado al que te daba miedo subir pero desde el que se veía todo lo que había que ver por la noche. Y tú me preguntabas por las estrellas y yo me inventaba los nombres, las historias y el origen de cada una solo para impresionarte. Siempre fui un farsante con gracia. Pero eso ya lo sabes.

    Y me pregunto si te sigue poseyendo el espíritu megalómano y conquistador de Gengis Kan cada vez que juegas al Risk. Me pregunto si te sigue gustando Viggo Mortensen, las canciones de Norah Jones y beber el café frío. Me pregunto si sigues manteniendo que el helado en tarrina es una blasfemia y el cucurucho de chocolate, una excentricidad. Me pregunto si te seguirá extrañando que me guste Tom Waits. Me pregunto si alguna vez supiste lo que me encantaba que untaras la mantequilla a las tostadas y lo bien que te quedaba el olor a pan quemado.

    Me pregunto si sabes que a veces te confundo por la calle con otras chicas y se me incendia algo en el pecho. Me pregunto si sabes que cada noche de verano que salgo por Cañadío te imagino saliendo de un bar, con tu ron-cola en la mano, tan negro como tus ojos, como aquel vestido, como las piezas de ajedrez que siempre elegías y como el anillo que llevabas y que ya no llevas por lo que veo ahora con mis ojos, que no son negros ni falta que les hace porque con los tuyos nos vale, nos basta y nos sobra.

    Me pregunto si sabes que soy yo el que escribe por aquí, si sigues llorando con los bodrios de Kevin Costner y si te imaginas que cada puta vez que oigo una canción de los Secretos me acuerdo de ti. Me pregunto si eres más de Facebook, de Twitter o de ninguno, si usas Blackberry o iPhone, si alguna vez has pensado que cuando te conocí no existía Youtube,  si te seguirá desesperando que no sepa jugar al mus, si tus pestañas siguen pareciendo juegos de mano de un mago y si alguna vez volverás a pedirme que te cuente historias de piratas.

    Me pregunto si te acuerdas de cómo me indignaba cuando decías que preferías a Elton John antes que a Sinatra. Me pregunto si sabes que estoy convencido de que ves Gossip Girl y que jamás lo confesarías para que no te diera la brasa, tal y como te la daba por ver Sexo en Nueva York y no mis “series de intelectual”. Me pregunto si llegaste a hacerme caso y viste alguna. Y me pregunto si sabes que hace no mucho me tragué las seis temporadas de Sexo en Nueva York solo porque tú la veías. Me pregunto si sabes que no me gustó nada pero que soy mucho más de Aidan que de Big y que no soporto a la tal Miranda. 

    Me pregunto si te acuerdas de cuándo hablábamos andando por Madrid de vivir en Nueva York y volar a Venecia, para beber vino francés, yo disfrazado de escocés y tú de geisha japonesa. Y me pregunto a quién coño querrías engañar tú de geisha, con esa piel de aceituna que tienes. Me pregunto si sabes que ahora me encantan los toros y que me acuerdo de ti cuando voy a Las Ventas. Me pregunto si sigues apostando a los caballos más flacuchos porque te dan pena. Me pregunto si sigues tan verbenas o si eres más de quedarte en casa. Me pregunto si sabes que todas las canciones hablan de ti (menos las de Pitbull). Me pregunto si sigues presumiendo de ganar a cualquiera a un pulso chino. Me pregunto si coincidiré contigo en una boda y si me pondré nervioso al saludarte o si me dará lo mismo. Me pregunto si sabes que las dos opciones me angustian por igual

    Me pregunto si sabes que no hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió.

    Me pregunto si sabes que te estoy viendo por esta ventana.

    Me pregunto si sabes que no te voy a saludar y que me voy a quedar aquí sentado, viendo cómo te tocas el pelo, mucho más corto que como lo llevabas aquel junio que vivimos peligrosamente juntos.

    Me pregunto si sabes que la vida son dos cafés. Un café como el cortado que me acabo de tomar. Así que ya solo queda uno. Y tú te has subido a ese taxi. Y tal vez no vuelva a verte en años.

    Y me pregunto si sabes que eres mi jodida historia de amor. O mi historia de amor jodida.

    Nos bebemos en los bares, querida.

     


    118 ComentariosEnviado por: El guardián entre el centeno

    Post Anterior