15 de abril de 2014

El olor del sol de Londres

(13)

El fin de semana pasado estuve en San Sebastián. La ciudad estaba muy bonita, olía a mar cada esquina y el cielo era un trailer del verano. Comí bien. Bebí mejor. El domingo quedé a desayunar con mi amiga Maia. Tomamos un café con leche en una terraza viendo la isla de Santa Clara mientras hablábamos de la Real Sociedad y de libros malos, con Chillida y Oteiza mirándose frente a frente, como pistoleros, sobre el Cantábrico.

Maia es una experta en perfumes. Sin ir más lejos, esta semana ha dado un par de charlas en el Guggenheim sobre el tema. Me recomendó un par de nuevas colonias. Me gusta llevar la misma habitualmente pero ahora que empieza la primavera tengo ganas de cambiar y probar alguna nueva. La vida es muy corta como para oler siempre igual.

Hoy, casualidades de la vida, ha llegado a mi bandeja de entrada un mail de una casa de perfumes. Al parecer están preparando una nueva colonia para “jóvenes cosmopolitas con un aire bohemio” y quieren conocer mis gustos sobre distintos olores. Cosmopolita y bohemio. Hay que joderse. No se lo digan a mi madre: ella cree que soy pianista en un burdel.

Pienso en qué puedo responder. Pienso en mis olores favoritos. Y empiezo a andar por la habitación y a tirar una pelota de tenis al techo que es algo que me ayuda a pensar. No tanto a mis vecinos.

¿Qué se supone que uno ha de contestar en una situación así? ¿Qué respondería un cosmopolita bohemio? ¿Debería mudarme a una buhardilla y llevar bufanda en primavera para ser bohemio del todo? ¿Qué hay detrás de un olor? ¿Cómo funciona la conexión olor-recuerdos? ¿Se expande el universo? ¿Es cóncavo o convexo?

Me gusta el olor a incienso, a sándalo y a lavanda. A jabón. A limón y a hierba recién cortada. A chicle Boomer de fresa ácida. A madera. A neroli. A café recién hecho. A cine antiguo. A horno de leña, a nardos y a tierra mojada. A vela de Dyptique, que es lo que compramos los urbanitas que no pisamos el campo pero que nos gusta cómo huele. Y me gusta el olor a jacaranda en primavera, que no tengo ni idea de qué tipo de flor es, pero siempre salía en los libros de Gabriel García Márquez y yo me imaginaba que era una flor que olía como huele el pelo de la chica que te gusta.

Pero no puedo responder algo así. Porque de tanta intensidad esto parece un cruce entre anuncio de BMW y uno de Anaïs Anaïs. ¿Te gusta conducir y oler a sándalo?

Con el folio, la mente y la piel en blanco, cojo las gafas de sol y salgo de casa para dar un paseo. Huir es lo que más me ayuda a pensar cuando la pelota de tenis no funciona. Comienzo a andar por el Retiro. La primavera se sale por los costados en Madrid. Como escribe Blanca Establés, los colores de la primavera tienen algo de libro de plástica de un niño de primaria: cantidades ingentes de un amarillo muy fuerte con algo de naranja, rosa y azul amenazando con salirse del margen. Voy andando con las aletas de la nariz abiertas de par en par, intentando captar olores y aromas que danzan por la calle, al son de una brisa, fina y delicada, como las blusas de McKenzie en The Newsroom.

Sí, definitivamente la primavera ha llegado. Solo en esta época del año se me ocurriría comparar una brisa con una blusa.

Me pongo los cascos. Miro al sol. Estornudo. Doy al Play. Y suena mi nuevo tema favorito:

Me meto en el metro. Porque me gusta ir en metro. Y siempre que digo esto delante de otras personas, cenando en algún restaurante moderno recién inaugurado, se me quedan mirando con la cara de incredulidad que pondría la Reina de Inglaterra en una despedida de soltera con Miley Cyrus. A veces creo que la gente debe de pensar que me muevo por la ciudad en una calesa tirada por cinco corceles negros. Eso sí que debe ser cosmopolita y bohemio.

Estoy en la estación de Gran Vía, para hacer transbordo con la línea 5. Y de pronto, mientras voy bajando unas escaleras, un olor se me cuela por la nariz. Es un olor conocido. No es madera, ni pan recién horneado, ni hierba cortada, ni la jacaranda en flor (sea lo que sea). Es una mezcla a moqueta vieja, a hierro, a óxido, a polvo subterráneo y a cañerías.

Y, como Carrie Mathison con sus rotuladores en Homeland, de pronto veo todo claro.

Ese es mi olor favorito.

Porque en ese punto, exactamente en ese punto y no en otro de la estación de metro, en esa baldosa y no en la siguiente, el olor es igual que el de aquella estación de metro de Londres. Es raro. Es inexplicable. Pero es así.

Aquel metro de Londres, aquel repugnante y viejo metro, que se inundaba cada dos días y en el que un viaje de ida y vuelta costaba aproximadamente lo mismo que una cena de langosta y champán.

Aquel metro, sí, aquel metro en el que iba a trabajar como becario. Durante varios veranos. Cuando Zidane aún corría por el verde del Bernabéu. Cuando vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Imposible no acordarse de mi pensión repugnante cerca de Earl´s Court, con aquella recepcionista gótica del tamaño de un mamut que se maquillaba como si fuera la batería de KISS, propietaria de un loro enorme que me escupía pipas cada vez que pasaba por delante de su jaula, el muy hijo de puta. Y aquel diminuto cuarto, con humedades en el techo, en el que podía abrir la ventana, ducharme, lavarme los dientes y hacerme una tortilla francesa sin moverme de la baldosa. Con aquellas paredes de papel, con mis vecinos fornicando los lunes, con puntualidad suiza y el ímpetu de dos ñúes del Serengeti, mientras yo trataba de centrarme en la lectura de “La Piedra Lunar” de Wilkie Collins, intentando aunar ese sonido ambiente con la lectura de una novela victoriana.

Aquellas noches sin aire acondicionado. Aquellas mañanas de café con hielo. Siempre despiertos. Tomando el sol en Battersea Park. Magos en Covent Garden. Descubriendo pequeños jardines en los que sentarnos a ver la vida pasar. Y Tamara Rojo girando sobre el eje en el Royal Ballet. Y el pizzero del Manchester United hablándome de fútbol noventero mientras se fumaba un porro en la puerta del local y silbaba a las Chelsea Girls que iban a quemar tacón a algún garito.

Y aquel piso compartido en King´s Road con el frigorífico lleno de cerezas.

Qué feliz fui, maldita sea.

Y no sé si realmente me gustaba ese olor del metro o, precisamente, deshacerme de él en cuanto salía a la luz de la calle de agosto. Y ser joven, y tener toda la vida por delante, sin crisis, sin problemas, sin un duro, equivocándome continuamente, siempre sin pedir perdón ni permiso.

Hay un maravilloso artículo de Pedro G. Cuartango llamado “El club de los corazones solitarios” que tengo guardado en la mesa donde trabajo y que releo frecuentemente. Sobre todo este párrafo:

Me gusta retornar a los sitios que forman parte de mi historia. Pero ello siempre me produce frustración porque nunca están como yo me los imaginaba en mi memoria. Todo fluye, todo cambia menos nosotros, que somos arrastrados por el paso de un tiempo que nos destruye. Esa conciencia de la fugacidad hace más precioso cada instante porque en él se condensa toda la eternidad.

Podría intentar escribir esta sensación mil veces. Y nunca me saldría tan precisa.

Cuando Calamaro dejó de estar secuestrado por su nariz y de meterse todo lo que pasaba por delante de él, escribió una canción sobre sus viejos fantasmas y hábitos. Era un canto al optimismo, a empezar de cero y a mirar hacia delante. Pero hay una estrofa demoledora, por sincera y dura, en la que no puede evitar una ligera nostalgia por la vida pasada, la vida de excesos:

“A veces mataría por cinco minutos más”.

Jamás repetiría una semana de mi vida anterior. No me gusta demasiado mirar hacia atrás. Intento huir de la nostalgia.

Pero a veces mataría por cinco minutos más.

A veces mataría por cinco minutos en aquel Londres.

Un amigo me ha invitado a pasar unos días en su casa de Londres. Estoy mirando billetes de avión. Aún no sé si iré. Ahora todo el mundo parece que vive en Londres. Pero nadie vivió en mi Londres. Es tan único que mi recuerdo es el de una ciudad soleada.

Estoy intentando hablar aquí del olor de la eterna juventud. De ese olor que nunca te abandona por muchas veces que te duches. Del olor de las cosas imposibles. Del olor del sol de Londres.

Así que no me vengan a hablar de sándalo, notas de madera y putos cítricos.

 

Summer is coming. I could feel it. I kinda thought I smelled corn, which is impossible.

And there it was again: Perfume.

El guardián entre el centeno

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14 de marzo de 2014

El efecto mariposa

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“A  ver cuándo escribes en tu blog sobre lo de Barcelona“.

Si hay algo en lo que me insisten mis amigos, es en esto, en que cuente un día aquí, en este blog, lo de Barcelona.

Lo De Barcelona.

Y lo dicen así. Con mayúsculas. Y en negrita. Y haciendo comillas en el aire. Y con retintín. Y subrayado. Y con risas de fondo. Jiji. Jaja.

Y todos sabemos a qué se refieren.

Pero siempre me he negado. En rotundo. Como gato panza arriba.

Es imposible. No puedo. No es el lugar.

Porque aún creo me queda algo, aunque sea un resquicio, de amor propio y de orgullo. Así que nunca he vuelto a a abrir esa puerta.

Pero hoy es mi cumpleaños. Y odio, con todas mis fuerzas, cumplir años. Y son las 4 de la mañana. Y vengo de tomarme unos vinos con unos amigos. Y me siento desinhibido como una de esas chicas que salen a bailar levantándose la falda más allá de lo socialmente aceptable. Y, total, como diría Jabois, “aquí hemos venido a humillarnos”.

Así que voy a contar la historia.

Y que me quiten lo bailao.

Esta historia, lo de Barcelona, tuvo lugar hace exactamente cuatro años.

Y empieza así:

*

Estoy sentado en una silla de cuero negro en medio de la habitación de un hotel de Barcelona.

Me masajeo las sienes, mientras noto cómo mi corazón empieza a latir de manera un tanto descontrolada.

Delante de mí hay 4 hombres de pie, extremadamente musculados, vestidos con traje, hablando entre ellos en un idioma del que no entiendo una sola palabra.

Están discutiendo sobre algo que les acabo de decir. Y tengo la horrible sensación de que nos les ha gustado nada.

De pronto, paran de hablar, y me miran como si fueran un grupo de doctores examinando a un paciente con una enfermedad rarísima.

Se me acerca uno de ellos. Agarra otra silla y deposita, no sin cierto esfuerzo, su cuerpo rebosante de músculos, tendones y venas, mientras se inclina lentamente hacia mí. Puedo oler su after-shave barato y su aliento a café. Es de piel cetrina y tiene la nariz deformada, como de boxeador. Lleva el pelo cortado a cepillo. Me mira muy fijamente y veo que tiene los ojos ligeramente enramados, con miles de minúsculas culebras rojas serpenteando el blanco de sus ojos. No ha debido de pasar una buena noche.

Y entonces, cuando está a escasos centímetros de mi cara, me dice una frase. Pero no es una frase cualquiera. No me dice “Qué tal estás, amigo. Luego quedamos en el bar del hotel y nos tomamos una copa”.

No.

No se trata de una frase escogida al azar. Sabe perfectamente el mensaje que quiere transmitirme. Es un avance informativo de lo que va a suceder si no le digo lo que quiere oír. Y además, me lo dice en un tono muy tranquilo, muy suave, incluso con educación, sin alterarse lo más mínimo. Es una frase de esas que tienen un no-se-qué que se te quedan grabadas a fuego durante toda la vida.

El problema, el enorme problema de todo esto, el elefante en la habitación del que nadie habla, es que realmente no tengo ni la más remota idea de lo que quiere oír.

Se inclina hacia mí y, dejándome ver sutilmente el arma reglamentaria que lleva bajo la chaqueta, me dice:

“O me cuentas qué es lo que estabas haciendo, o vas a tener problemas. Problemas serios”.

Trago saliva.

¿Cómo he llegado a esta absurda, ridícula y surrealista situación?

¿Qué estoy haciendo en esta habitación?

¿Quiénes son estos tíos?

Todo tiene una explicación.

O al menos eso creo.

Todo, queridos lectores, todo empezó con el simple aleteo de una mariposa lejos de esa habitación.

 

Barcelona, (6 horas antes de comenzar a tragar saliva)

La sacudida del avión al aterrizar en el aeropuerto de El Prat me despierta del profundo sueño en el que estaba inmerso.

Ya he llegado. Aparto El Mundo arrugado que tengo sobre las rodillas y enciendo el móvil. Son las 9 de la mañana en punto. Me pongo en pie, agarro el portátil y el abrigo, y llamo a Almudena, mi jefa.

“Ya he llegado, ya estoy en Barcelona”.

Cojo un taxi hasta Sant Boi de Llobregat donde tengo una reunión que dura hasta el mediodía.

Cuando acabo, me voy en tren hasta la estación de Paseo de Gracia, desde donde voy andando (bastante más metros de lo que originalmente había calculado) hasta el hotel en el que tengo la reserva.

Para mi sorpresa, resulta que hay un enorme control policial en los alrededores del hotel. La gente incluso se para y pregunta a los policías apostados en la entrada. “Nada, nada señores, no pasa nada, sigan andando, no se amontonen”

Me acerco a la recepción para registrarme y me piden el DNI y la tarjeta de crédito. Cuando empiezo a buscar el DNI en la cartera, una imagen horrible me viene a la cabeza: el DNI encima de mi mesita de noche en Madrid. Lo saqué la noche anterior para hacer una fotocopia y no lo volví a meter.

La mariposa acaba de dar ese pequeño aleteo, ese insignificante y minúsculo aleteo, que va a desencadenar una gran tormenta. La madre de todas las tormentas.

Me disculpo y me dan la tarjeta de la habitación sin mayor problema.

Entro en mi habitación, distraído, hablando por teléfono, mientras me confirman que mi DNI sigue, tal y como temía, en la mesita de noche.

Dejo el ordenador y saco de los bolsillos del abrigo la cartera, el móvil y los 285 caramelos que he cogido en recepción, aprovechando un momento de distracción de la recepcionista.

Noto un hambre atroz. Son las 15:00 de la tarde y apenas he tomado un café en todo el día. Decido salir a comer algo y, cansado de cargar con bultos toda la mañana, cojo únicamente la tarjeta de la habitación que me acaban de dar y 20 euros para comer, y salgo por la puerta.

Como rápido en un restaurante italiano al lado del hotel. Hablo por teléfono con mi amigo Pablo sobre el viaje a California que estamos preparando para verano. Pido la cuenta, pago, apuro mi Coca-Cola Zero y me subo otra vez a la habitación.

Cuando ya me encuentro en el ascensor del hotel, me doy cuenta de que no recuerdo el número de la habitación. Recuerdo los dos primeros números. Quinientos cincuenta y… algo. Pero nada más. Estaba hablando con mi hermano cuando entré y no me fijé. Saco del bolsillo la tarjeta de la habitación y veo que los muy modernos del hotel no ponen el número, sino una especie de postal de México, algo que queda muy mono y muy fashion, pero que me es totalmente inútil en esas circunstancias.

Me acerco a las habitaciones que empiezan por 55… y dudo entre dos puertas que están juntas: la 551 y la 552. Estoy convencido de que es una de ellas. Pero no estoy seguro de cuál. Barajo la posibilidad de bajar a recepción y preguntar pero no quiero parecer que tengo alzheimer prematuro ni que soy tan empanado como para, no solo dejarme el DNI cuando viajo, sino también para ser incapaz de recordar del número de habitación que me acaban de dar hace escasamente 20 minutos.

El aleteo de la mariposa ya está formando los primeros nubarrones en el cielo.

Saco la tarjeta, la miro, y me quedo de pie contemplando las puertas. Parece que estoy en un concurso de la tele. Apuesto por una de ellas: la 551. Hemos venido a jugar. Si hubiera público detrás de mí, viendo cómo me la juego, me hubieran jaleado, como si estuviera en la Ruleta de la Fortuna. Solo que, aunque aún no lo podía saber, estaba jugando a la Ruleta Rusa más que a la de la Fortuna.

Ingenuo de mí.

Nada más meter la tarjeta en la cerradura electrónica de la habitación, aparece un puntito rojo en la puerta confirmándome que me he colado, y que debe ser la otra puerta.

Pero no me da tiempo a comprobarlo.

Porque en ese momento, de la absoluta nada, aparecen detrás de mí cuatro tíos descomunales que incluso tapan el sol. Estoy en un puto pasillo, sin ventanas, en un 5º piso, y realmente noto que me tapan el sol. Imaginen lo grandes que me parecieron.

Me pregunta uno, muy amablemente, con un acento inglés algo peculiar:

“¿Tienes algún problema con la puerta, amigo?”

Yo, también muy amablemente, respondo que no, que lo que pasa es que no recuerdo bien el número de mi habitación.

“Acompáñanos un segundo, amigo, que aquí hay alguien que te puede ayudar”.

Y yo, desoyendo aquellos tempranos consejos de mi madre acerca de nunca ir con extraños, me voy con ellos, pensando que a la vuelta de la esquina va a haber algún trabajador del hotel.

Ingenuo de mí.

Y de repente, sin comerlo ni beberlo, me veo sentado en la silla de cuero negro, con los cuatro fulanos, más otros tantos que acaban de entrar, en una habitación llena de walkie-talkies, pantallas, pistolas (aquí conviene recordar que lo más cerca que he estado en mi vida de un arma fue cuando tenía la pistola para la Nintendo y el videojuego aquel de disparar patos) y demás instrumentos que me hacen sospechar que realmente no se tratan de los botones del hotel.

Hay mucha gente. Hablan entre ellos. No entiendo nada. Es como el camarote de los Hermanos Marx. Solo que aquí no se ríe nadie.

“¿Quién eres?”, me pregunta el mismo tipo de antes, ya sin ningún rastro de simpatía.

Digo mi nombre, con una sonrisa de auténtico imbécil, con un tonillo de “Hey, tío, soy el de antes, tu colega del pasillo, el de la puerta. ¿Te acuerdas? ¿Amigo?”.

Trato de aparentar normalidad, pero lo cierto es que estoy total, absoluta y horriblemente acojonado con lo que estoy viendo a mi alrededor.

Empiezan a hablar entre ellos en otro idioma.

“Enséñanos tu DNI”, me suelta uno.

“No lo tengo aquí. Lo tengo en Madrid”, respondo con rapidez, volviendo a tener la imagen mental de mi estúpido DNI en mi estúpida mesita de noche al lado de mis estúpidos libros en mi estúpido cuarto de mi estúpida casa en mi estúpida calle de Madrid.

“Pues algo que te identifique”

“Hmmm… No tengo nada encima, está la cartera en mi habitación, puedo ir a por ella…pero tampoco entiendo por qué os tengo que enseñar nada” digo elevando mi tono de voz, y sacando orgullo no sé de dónde.

“Cierra la puta boca”, me sugiere uno.

Y ahí, justo en ese momento, justo en el “Cierra la puta boca”, es cuando me doy cuenta de que, no sé qué coño he hecho, pero el caso es que me he metido en un buen lío.

Y que será mejor que vaya cerrando la “puta boca”.

Ya oigo los truenos. Se avecina la tormenta.

No paran de hablar por los walkie-talkies. Entran y salen tíos que parecen copias unos de otros. Como en Matrix. Enormes tíos en traje que me dirigen miradas de hielo. Todos me miran, me señalan, y hablan entre ellos. Hago como que me levanto para irme y aproximadamente 15 brazos salen a mi paso, parándome los pies.

“¿A dónde vas?”

“A mi habitación”, pero no suena en absoluto con decisión. De hecho, mientras lo estoy diciendo, me voy sentando otra vez, lentamente, en mi silla, en plan “voy a ser un buen chico y me voy a comer las lentejas”.

Llaman a la puerta. Oigo una voces en castellano. Son los Mossos d’Esquadra. “Salvado”, pienso.

Ingenuo de mí.

Lo que pasa es que en vez de venir a rescatarme, como pensaba en un primer momento, han acudido a la llamada de mis amigos de traje y se unen al interrogatorio.

Que quién soy

Que qué hacía en esa planta.

Que qué intentaba.

Qué por qué no me identifico.

Que si la abuela fuma.

Ya no puedo más y les pregunto.

“¿Qué está pasando? ¿Alguien tendría el detalle de explicarme qué coño hago aquí? ¿Por qué no me dejan irme? ¿Qué he hecho?”

“Mira, hijo”, me dice uno de los Mossos, el mayor, mirando a los otros con ojos cansados, “Estos tíos son agentes del Mossad, el servicio de inteligencia israelí. Así que, por favor, más te vale decir la verdad y dejarte de historias porque estos tíos no se andan con bromas”.

Empieza a diluviar. La tormenta se ha desatado. Rayos. Truenos. Centellas.

El MOSSAD (servicio de inteligencia responsable de la recopilación de información de inteligencia, acción encubierta, espionaje y contraterrorismo cuyo ámbito es todo el mundo fuera de los límites del país, wikipedia dixit). No me lo puedo creer. Esto no me puede estar pasando.

He enfadado al Mossad. Si ya me lo decía mi padre: “Qué pena de hijo: tan alto y tan tonto”.

Joder. Joder. Joder.

La palabra rebota en mayúsculas en mi cabeza, como si fuera una bola de pinball. Pasan ante mis ojos todas las películas y libros en los que sale alguien del MOSSAD. Y todo lo relaciono con disparos, persecuciones y litros de sangre.

La mejor descripción que se me ocurre para ilustrar cómo me quedo tras escuchar lo que me acaban de decir es la de un ciervo iluminado, en mitad de una autopista, por un camión que se aproxima a 250 km/h.

Me explican la situación, al ver que me he quedado de piedra, como si me acabaran de caer encima 10 litros de cemento y me estuviera quedando petrificado por momentos:

La planta en la que tengo mi habitación, está reservada entera para un equipo de baloncesto de Israel que juega, esa misma noche, contra el Barcelona. Se trata de un equipo israelí, propiedad de uno de los tíos más poderosos de Israel, cuya cúpula directiva es el objetivo número 1 de miles de terroristas y de otros tantos miles de mafiosos con los que debe de hacer negocios. Y ese tío, está vigilado 24 horas al día, en todo momento, por cientos de agentes del Mossad, que son, grosso modo, unos tíos entrenados para matar si ven alguna amenaza.

Es decir, los amigos con los que estoy charlando.

Y yo, con mi inconsciencia natural, con esa lucidez mental, con ese saber estar, con ese oportunismo con el que Dios me ha obsequiado, con ese “estar en el sitio adecuado, en el momento adecuado”, he tratado de entrar en la habitación de uno de los tíos más amenazados y con más seguridad del planeta Tierra.

No es que le haya mirado mal por el pasillo. No es que no le haya querido pasar la sal en el buffet del hotel. No es que le haya visto venir corriendo cuando se cerraban las puertas del ascensor y me haya puesto a mirar a los botones haciendo como que no le veía, tal y como hago a diario. No. Mucho peor que eso.

Es que he querido entrar en la habitación de un tío al quieren matar a diario miles de personas.

Y encima sólo tengo para mostrar mi inocencia e identificarme, un ticket que pone que he comido una pizza campagnolo (que encima estaba fría), una Coca Cola Zero y que me ha atendido una tal Natividad.

Y ahí estoy, con mis 12 o 14 colegas del servicio de inteligencia israelí, cada vez más mosqueados, sin entender nada de mi historia.

¿Cómo he podido coger el avión sin DNI esa mañana? Pues no me lo pidieron. Increíble, pero no me lo pidieron. Me pidieron quitarme los zapatos, el cinturón, dejar el desodorante y la colonia, sacar todas las monedas, pasar el portátil por rayos X, y hasta me cacheó un policía sin que me invitase siquiera a una copa con la que romper el hielo y desinhibirme.

Pero no me pidieron el puto DNI en ningún momento.

Me empieza a doler la cabeza. Les digo que llamen a recepción y pregunten por mí para que vean que tengo una habitación a mi nombre. No me hacen ni puto caso. Hablan entre ellos en hebreo. Me imagino lo que deben estar diciendo.

“Matemos a éste tío ya”

“Aquí no, que manchamos las cortinas”

“Pues en el baño”

Les explico mi historia ,paso a paso, otra vez. No se la creen.

Empiezo a hablar con los Mossos de Esquadra.

“Bajad a recepción y comprobad que estoy registrado y el número de habitación.”

“Mira, es imposible que tengas la habitación en esta planta ya que está entera reservada para éstos así ,que por favor, diles la verdad sobre lo que estabas haciendo”.

Que si quieres arroz, Catalina.

“Me llamo X, mi DNI es el 720…, haced el favor de bajar de una PUTA VEZ y comprobad que estoy registrado”

Toman nota de mi nombre y apellidos con gestos de no creerse nada. Bajan, y nos dicen que ahora nos confirman.

La habitación se queda en silencio 3 minutos, en una tensa espera. Nadie sabe realmente qué decir.

Todos me miran. Y yo les miro.

Y de pronto, me entra un ataque de risa. No lo puedo controlar. De los nervios, la tensión, y lo surrealista de la situación, estallo en una carcajada que rompe el silencio reinante en la habitación. Me miran todos estupefactos.

Antes de que digan nada (o en su defecto, antes de que me peguen un tiro por listillo), oímos un ruido familiar:

“Gggrrrggggggrrrrrr…”

(no sé transcribir el ruido de un walkie-talkie cuando van a decir algo por él, así que nos quedaremos con lo de gggrrrrggggrrr…)

“Gggrrrrrgggggrrrr…aquí no hay registrado nadie por ese nombre. Repito. NO está registrado”.

Y estalla la tormenta.

Granizo. Tornados. Huracanes. Maremotos. Torbellinos. Tsunamis. Tifones. Inundaciones. Diluvios. Anticiclones.

Que llueva. Que llueva. La Virgen de la Cueva.

“Ya está” pienso. “Tiro en la nuca, y al Mediterráneo con cemento en los pies”

No me lo puedo creer. Qué clase de broma es ésta. Noto que las piernas me tiemblan un poco. No hace nadie ningún gesto. Continúa el silencio. Oigo mi respiración.

…

“Grrgrgrgrrrr…espera, espera, sí tenemos a alguien con ese nombre. Teníamos apuntado mal el apellido”.

…

Respiro.

Respiran.

Respiramos.

…

Me llenos los pulmones de aire. Cuento hasta 10.

12345678910.

Estoy registrado, luego existo.

Putos disléxicos. El orden de dos letras de mi apellido casi me produce un infarto de miocardio (por no hablar de lo del tiro en la nuca y ser comida para peces en el Mediterráneo).

El tío del Mossad que sujeta el walkie-talkie por el que acaban de dar la mejor noticia que recuerdo, deja caer la muñeca un poco, lo suficiente como para darme a entender que ya está todo más tranquilo, que lo peor ya ha pasado.

La tormenta para de pronto. Un rayo de sol rasga las nubes.

Los siguientes 20 minutos son comprobaciones, disculpas, ruegos, más disculpas, “comprende nuestra situación con lo de Gaza”, más comprobaciones, “es que lo de que no tengas DNI es raro…”

Horas después estoy deambulando por Barcelona, con la adrenalina saliéndome por las orejas, y haciendo compras compulsivas con las que distraer mi agitada mente, sin dejar de mirar por detrás, completamente paranoico con que me están siguiendo.

Simplemente no puedo creer lo que acaba de pasarme.

Por la noche quedo a cenar con mi gran amigo Cuerdas, que vive en Barcelona.

Nos vemos en la puerta del hotel y, tras darnos el abrazo de rigor, me pregunta sorprendido por la seguridad que hay por el hotel.

“No preguntes Cuerdas, no preguntes. Te cuento la historia con una copa delante”.

Y fuimos a cenar a Parco, y nos reímos, y bebimos, y fuimos a una fiesta, y celebramos que su novia le había dejado, que estamos en crisis, que casi me matan los del Mossad por una concatenación de estupideces, que Barcelona estaba muy bonita, que nos vemos de Pascuas a Ramos, que no le llamo casi nada y que estaba a punto de estallar la primavera…

Y entonces, ¿cuál es la moraleja de la historia?

¿Llevar siempre el DNI encima?

¿No salir nunca sin la cartera encima?

¿No intentar entrar en una habitación que no es la tuya?

No.

La moraleja de esta historia es que nunca permitas que te jodan una cena con un buen amigo.

Ni siquiera los del Mossad.

El guardián entre el centeno

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