12 de febrero de 2016

Todo el mundo vive en Melrose Place

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El otro d铆a estaba enfrascado en medio de un marat贸n de mi 煤ltima serie favorita, Master of None, cuando vi una escena en la que me qued茅 pensando largo y tendido, con la mano apoyada en el ment贸n y cara de estar reflexionando muy intensamente sobre la vida, tal y como posan los escritores en sus columnas de los peri贸dicos. Que parecen todos versiones de 鈥淓l pensador鈥 de Rodin.

En el cap铆tulo en cuesti贸n, Aziz Ansari (me encanta cuando nombre y apellido empiezan por la misma letra) est谩 en su casa con un amigo pensando en ir a comer algo. Tras largas cavilaciones, se deciden finalmente por unos tacos. Los tacos, como Par铆s, siempre son una buena idea. Pero no quieren unos tacos cualquiera. No, se帽or. Quieren los mejores tacos de Nueva York. Y lo dice con tal pasi贸n que recuerda a lo que Billy Wilder le solt贸 a Raymond Chandler poco antes de encerrarse a teclear juntos el gui贸n de ‘Perdici贸n’: Vamos a escribir la mejor pel铆cula de esta puta ciudad.

As铆 que los dos amigos se lanzan decididos a la b煤squeda de los tacos perfectos: consultan todos los art铆culos tipo 鈥淟os 25 mejores tacos de NYC鈥, repasan los rankings de la revista Time Out, rastrean blogs de gastronom铆a, cotillean en varias apps, leen cr铆ticas en foros especializados, husmean en Twitter y preguntan a varios amigos foodies. Tras la intensa b煤squeda, por fin dan con el food truck de los tacos perfectos al que se dirigen hambrientos como lobos. Pero para cuando llegan, el tipo del cami贸n se ha quedado ya sin tortillas. Han tardado demasiado tiempo en tomar la decisi贸n. No tacos, no party.

En ese momento, di al bot贸n de 鈥淧ause鈥, mi mano adopt贸 esa posici贸n antinatural bajo mi barbilla como de escritorzuelo ilustrado y mir茅 al horizonte de mi cuarto por encima de la pantalla del port谩til.聽Interesante.

Porque me pareci贸 una met谩fora perfecta de nuestra generaci贸n. La historia de nuestras vidas. Tenemos tal cantidad de informaci贸n a nuestra disposici贸n que a veces hasta nos genera problemas a la hora de tomar decisiones. Somos un oc茅ano de conocimiento de un cent铆metro de profundidad.

Y entonces comprend铆 el porqu茅 del t铆tulo de la serie: Aprendices de todo, maestros en nada.

Solo hab铆a tardado unos 10 cap铆tulos en caer en la cuenta.

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Epifan铆as aparte, me sent铆 muy identificado con esa situaci贸n. A veces queremos afinar tanto el tiro, queremos que encaje todo tan a la medida, que perdemos el oremus. Siempre que me pongo a ver una pel铆cula en casa, por ejemplo, tardo mucho en decidirme. PERO MUCHO. Me meto en Rotten Tomatoes, leo cr铆ticas, art铆culos, pido asesoramiento en Twitter, veo trailers, y paso por las cuatrocientas pel铆culas del cat谩logo 聽a mi disposici贸n, hacia delante y hacia atr谩s, recre谩ndome en esa especie de har茅n cinematogr谩fico que tengo entre Netflix, Apple TV y Yomvi. Y lo que acaba pasando es que, cuando me quiero dar cuenta, me han dado las 2 de la ma帽ana, no he empezado a ver la pel铆cula todav铆a, por alguna confusa raz贸n estoy en YouTube viendo un v铆deo de una anaconda engullendo a un cocodrilo y las palomitas ya se me han quedado fr铆as (esto de las palomitas es una especie de met谩fora; odio comer palomitas viendo una pel铆cula y lanzo miradas torvas en el cine a los que las comen a mi lado).

Me ocurre lo mismo cuando quedo a cenar con amigos y parece que estuvi茅ramos eligiendo nuevo papa en vez de restaurante. Disponemos de tanta informaci贸n al alcance de la mano que nos parece una temeridad precipitarnos eligiendo a tontas y a locas cualquier sitio para cenar. Simplemente odio ir a un restaurante caro y malo tan solo por no haberme tomado la molestia de investigar antes.

Nos obsesiona acertar continuamente con todas las decisiones que tomamos. Hemos desarrollado tal fobia al fracaso, por insignificante que este sea, que nos bloqueamos a la primera de cambio. Y el problema es cuando esto ya no solo se reduce a cuestiones nimias como la de los tacos (aunque acertar con los tacos a m铆 me parezca una cuesti贸n bastante seria). Es todav铆a peor cuando se extiende a decisiones importantes. A las relaciones. O a un cambio de trabajo. O a la compra de una casa. O a operarte de la vista.

Por mi forma de ser, que jam谩s estoy seguro de nada de lo que hago, me da pavor comprometerme con alguien y luego descubrir que me encanta otra persona que acabo de conocer. Y acabar divorci谩ndome 6 veces. Que ser铆a algo muy m铆o, por otra parte. Con lo mal que se me da a m铆 todo el papeleo y la burocracia. O temo un escenario peor todav铆a: no llegar a conocer nunca a esas otras personas que me estoy perdiendo en universos paralelos. 聽Y as铆 me paso la vida. Paraliz谩ndome ante cualquier cruce de caminos.

Pero no hablemos tanto de m铆. Volvamos a la serie.

Poco despu茅s de la tragedia de los tacos, el protagonista asiste junto a su novia a la boda de unos amigos. Y cuando est谩 escuchando esos votos tan cursis que suelen pronunciar los novios americanos en sus bodas, le empieza a entrar una angustia existencial muy woodyalleniana. Le invaden unas dudas terribles similares a las del momento de los tacos. Tiene tantas posibilidades abiertas ante s铆, tantos caminos paralelos por andar, que cree que nunca sabr谩 si est谩 haciendo lo correcto.

La incertidumbre es el c谩ncer de la Bolsa y de las relaciones.聽(BOOM. Oliver Stone, te presto esto para Wall Street 3).

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A m铆 esto de atravesar dudas existenciales en mitad de las bodas es algo que tambi茅n me ocurre a menudo. As铆 que luego salgo de las iglesias p谩lido, trastabill谩ndome con los bancos y con el gesto descompuesto, buscando la barra de mojitos como si me hubiera dado una bajada de az煤car. Mi pesadilla m谩s recurrente (junto a la de que todav铆a me falta un examen de la carrera por aprobar, algo que me atormenta aproximadamente cada tres d铆as) es que me tengo que casar con alguien a quien acabo de conocer. Y est谩 toda la gente esperando fuera y yo s茅 que estoy cometiendo un grav铆simo error. Y ya no puedo parar nada. Y tengo la horrible sensaci贸n de ser un miserable. Y de hacer miserable a la otra persona. A la que acabo de conocer y que me tendr铆a que dar igual, pero bueno. Soy el Capit谩n Angustia.

Sobre todo, nos angustia no ser tan felices como lo felices que deber铆amos ser.

Somos una generaci贸n moldeada por Facebook, Instagram y las pel铆culas. Que se cree realmente que el resto de la gente es tan feliz como muestra en sus fotos. Que Los Otros, esa especie de tribu rival a la que esp铆as desde tu isla solitaria con un catalejo, se quieren tanto como se esfuerzan en demostrar a base de emoticonos, fotos y declaraciones de amor eternas. Y no solo eso: creemos que hemos de aspirar a eso. Que merecemos esa felicidad realmente inalcanzable. Y no existe. Porque todos nos hemos vuelto publicistas de nuestras propias vidas. Nos vendemos a los dem谩s del mismo modo que un creativo publicitario argentino te vende un BMW, la colonia Armani a la que te贸ricamente huele ese actor guapo o las NIKE que ya usabas hace 12 a帽os. Ahora todo el mundo vive en Melrose Place. O en Pleasantville.聽La cuesti贸n es que no nos hemos dado cuenta todav铆a de esto. O no lo tenemos del todo interiorizado.

Hace poco estaba viendo la tele con un amigo que me comentaba no entender por qu茅 en los anuncios de los coches siempre aparece esa aclaraci贸n en letra peque帽a de 鈥淚m谩genes grabadas en un circuito cerrado鈥.

驴Qu茅 se creen, que pensamos que eso es verdad?

驴Que pensamos que ese Audi puede hacer todas esas cosas?

驴Que no sabemos que hay un piloto profesional conduciendo eso?

Y luego ese mismo amigo es el que se arranca la piel a tiras cuando aspira a llevar la vida de otros en Facebook,聽 cuando se muere al ver a su exnovia feliz con otro como si vivieran en un anuncio de turismo de las Bahamas o cuando le entra complejo de inferioridad al ver que el tonto de su colegio es CEO y Co-Founder de una startup rimbombante tan solo porque lo pone en LinkedIn. Y se lo cree todo. Y no se da cuenta de que es tan absurdo como lo del ejemplo del coche. Que tal vez tambi茅n deber铆an empezar a incluir leyendas como las de 鈥淚m谩genes grabadas en un circuito cerrado鈥 justo debajo de las fotos que se cuelgan en Facebook o Instagram para que dej谩ramos de hacer el tonto.

FOTO FELIZ EN UN FESTIVAL

(No le est谩 gustando el concierto, odia esta m煤sica, le duelen los pies, no entiende lo de los putos tokens y desear铆a estar ya en casa)聽

FOTO HAMBURGUESA #YUMMY #BURGER聽

(La hamburguesa es del compa帽ero de mesa. Ha pedido una ensalada. Ha hecho una hora de spinning esta ma帽ana )

FOTO EN UNA HAMACA CON UN “AQU脥, SUFRIENDO”

(Realmente est谩 sufriendo)

La semana pasada me tom茅 un caf茅 con una se帽ora que me dijo que, tras tres matrimonios fallidos, se consideraba una 鈥渘谩ufraga sentimental鈥. Lo primero que pens茅 es que 鈥淣谩ufraga Sentimental鈥 era un t铆tulo fabuloso para una canci贸n. Algo as铆 como el reverso tenebroso de 鈥淐uando zarpa el amor鈥 de Camela. Si es que puede existir tal cosa como un reverso a煤n m谩s tenebroso que Camela. Luego pens茅 que tambi茅n ser铆a una buena l铆nea de di谩logo de Humphrey Bogart en Casablanca.

驴Cu谩l es tu nacionalidad?

Na煤frago sentimental

El caso es que me encant贸 la ligereza con la que me hablaba de sus fracasos. No trataba de ser una Don Draper de su vida. No ten铆a af谩n por venderme lo guay que era a cada frase. Me recomend贸 un libro: Mis traspi茅s favoritos, del ensayista Enzensberger, Pr铆ncipe de Asturias, que de joven estuvo afiliado en las juventudes hitlerianas hasta que le echaron (no s茅 qu茅 tiene que hacer uno para que le echen de las juventudes hitlerianas). A veces consuela ver que otros cometieron errores m谩s graves.

Tengo un amigo muy sentimental. Aunque no lo aparenta. Porque nunca hablamos de estas cosas. Hablamos de Zidane, de rutinas del gimnasio, de la mejor ensaladilla rusa, de Los Simpson, de la ca铆da del petr贸leo, de zapatos 聽o de la pol铆tica exterior de Panam谩. Yo qu茅 s茅. De lo que sea, menos de este tipo de cosas. Siempre le digo que tenemos un Vertedero Emocional. Una especie de pozo sin fondo, a kil贸metros de profundidad en nuestro interior, al que arrojamos todos nuestras dudas t贸xicas, penurias sentimentales, errores, miedos y paranoias para que nunca, bajo ninguna circunstancia, salgan a la superficie. Y cerramos herm茅ticamente las compuertas. Tal vez no sea muy sano. Luego saldr谩n Godzillas de ah铆, claro.

Siempre que pienso en mi Vertedero Emocional, me lo imagino como el Pozo de Darvaza, tambi茅n conocido como la Puerta del Infierno (nombre mucho m谩s comercial, d贸nde va a parar). Est谩 en el desierto de KaraKum, en Turkmenist谩n. Se trata de un enorme cr谩ter, lleno de gas, que lleva ardiendo sin parar desde los a帽os 80.

No importa lo que ah铆 tires; todo arde.

Y seguir谩 ardiendo.

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Creo que esta noche cenar茅 tacos.

Voy a buscar un segundo d贸nde est谩n los mejores de Madrid.

Nos leemos.

 

El guardi谩n entre el centeno

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17 de diciembre de 2015

La importancia de dar las buenas noches

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1. Mi casa estaba en el 55 de Wall Street. El edificio fue construido en 1842, poco despu茅s del gran incendio de Nueva York. Luego fue adquirido por la casa Cipriani, donde abri贸 uno de sus restaurantes en la planta baja. El edificio tiene una terraza muy agradable, con un patio rodeado de columnas de estilo j贸nico (s铆, he tenido que googlearlo) donde banqueros, brokers, amantes, secretarias, agentes de real estate y bon vivants se juntan para tomarse al mediod铆a un bellini de Cipriani con el que atemperar los nervios mientras la batalla se libra en la calle. A m铆, en cambio, lo que me gustaba era atizarme un dry martini en esa terraza al atardecer, entre las 7 y las 8, bajo esa luz m谩gica que te descarga de tensiones, viendo c贸mo las fren茅ticas calles del distrito financiero se iban vaciando poco a poco hasta convertirse en un barrio residencial.

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2. La calle de Wall Street y aleda帽os se cierra por la noche al tr谩fico, convirti茅ndose en una agradable zona peatonal con m谩s seguridad que el Vaticano. Colocan en varios puntos estrat茅gicos distintos coches patrulla y se activan rampas, supongo que para disuadir a insensatos de la tentaci贸n de hacer un alunizaje en la Bolsa de Nueva York o de intentar un atraco y escapar en moto como Bane en la 煤ltima de Batman. Locos siempre hay.

3. Todas las noches hab铆a apostado un coche patrulla debajo de mi casa. Durante las calurosas noches de verano, los polic铆as, sin demasiado que hacer, sal铆an del coche y hablaban de beisbol y chicas, apoyados en el cap贸, mientras daban largos sorbos a sus vasos de poliestireno llenos de caf茅 de Dunkin’ Donuts. Un polic铆a me dijo que era injusta esa fama que ten铆an de comer tantos donuts, un falso mito. El estereotipo, me explic贸, se deb铆a a que el caf茅 de Dunkin’ Donuts era el mejor de la ciudad (cream & sugar, chico) y sus locales estaban abiertos siempre a cualquier hora. De ah铆 la asociaci贸n al verles siempre con bolsas y vasos de DD cuando estaban de guardia.

Hab铆a una pareja de polic铆as recurrente a la que sol铆a ver a menudo bajo mi casa: uno pelirrojo, con el pelo alborotado y manos mantecosas; el otro, negro, alto, con brackets y mirada l谩nguida tras unas gafas de ver de Persol de carey. Me hac铆a bastante gracia escucharles discutir vehemente sobre temas tan dispares como Alex Rodr铆guez, el calor, el mejor spot del lago Saratoga para pescar un black bass, Kobe Bryant o las Kardashian. Siempre que volv铆a algo achispado de madrugada, pasaba delante de ellos fingiendo entereza y les saludaba haciendo que me levantaba un sombrero imaginario justo antes de entrar al portal. Ellos respond铆an levant谩ndose sus viseras y dese谩ndome buenas noches. Se convirti贸 en nuestro ritual.

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4. El d铆a antes de volver a Madrid, entr茅 en un Century 21, una de esas horribles grandes superficies atiborradas de gente. Mi pobre y vieja maleta hab铆a salido por la cinta de equipaje del JFK como si le hubiera atacado un puma en la bodega del avi贸n, as铆 que necesitaba una nueva. Mi idea original hab铆a sido aprovechar la ocasi贸n para darme un viejo capricho y hacerme con una Rimowa en la tienda de Monocle. Esas maletas siempre me han parecido el equipaje propio de alguien muy cosmopolita y viajado. Pero entre el alquiler, mis excesos neoyorquinos y los precios desorbitados de Monocle, la operaci贸n se presentaba bastante ruinosa. Tendr铆a que conformarme con algo m谩s econ贸mico. Por eso me encontraba, contra mi voluntad, en la secci贸n 鈥淭ravel & Luggage鈥 del monstruoso Century 21 de la calle Fulton, buscando algo barato.

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5. Comprar maletas es una situaci贸n bastante absurda si te detienes a pensarlo. No sabes muy bien en qu茅 cualidades fijarte para llevar a cabo tu elecci贸n. Observas las ruedas como si estuvieras examinando los dientes de un caballo para tu granja. Luego le das un par de pataditas supongo que para comprobar su resistencia y estabilidad ante situaciones de violencia extrema. Y cuando te ve la dependienta, con cara de ni帽o de la selva en mitad de la civilizaci贸n, te hace todo tipo de preguntas t茅cnicas como si tuvieras un doctorado en maletas: 驴La quieres聽con v谩lvula de compensaci贸n? 驴Y geolocalizador? 驴Las ruedas pivotantes? 驴Mango telesc贸pico? 驴El material de la carcasa ign铆fugo?聽

Rodeado de tantas maletas de distintos tama帽os, uno enseguida pierde la escala y la perspectiva de lo que realmente anda buscando. Se te embota el cerebro como ocurre con el sentido del olfato cuando est谩s probando perfumes. Pese a todo, localic茅 una Samsonite gris met谩lico muy rebajada y de un tama帽o enorme, suficiente para meter c贸modamente un cad谩ver sin necesidad de descuartizarlo. Se lo coment茅 a la dependienta. No se ri贸 con mi broma. El neoyorquino siempre ha sido un p煤blico muy exigente.

6. Pagu茅 y me fui con mi desproporcionada maleta-armario rodando por las calles de Nueva York, esquivando a los cientos de turistas que sub铆an y bajaban por Wall Street. Mientras arrastraba la maleta, iba pensando en lo que dec铆a Casciari sobre la paradoja ruedas-maletas.

Nunca se descubre nada a tiempo, siempre tarde. Pienso en la valija con rueditas, quiz谩 el invento m谩s 煤til del siglo veinte, pero tambi茅n la prueba de nuestra desidia. Porque la rueda se invent贸 al final del neol铆tico, y la valija com煤n en el a帽o 726. Entonces, 隆catorce siglos estuvimos llevando las valijas en la mano, habiendo ruedas! 驴Por qu茅 tardamos tanto en ponerle bolitas redondas a la valija, si las dos cosas separadas existieron siempre? Lo dicho: nos esconden la felicidad hasta 煤ltimo momento.

7. Antes de subir a casa, par茅 en la puerta de un Starbucks justo enfrente de la Bolsa para chupar de forma vamp铆rica y parasitaria su WiFi. Mientras comprobaba las estupideces pertinentes en los grupos de whatsapp y borraba varios mails, me entr贸 una llamada de un n煤mero desconocido. Me puse a hablar y dej茅 la maleta algo desatendida. Total, no llevaba nada de valor en ella. Al finalizar la llamada, me di cuenta de que, inmerso en el fragor de la apasionante conversaci贸n con mi banco, me hab铆a puesto a andar y estaba alejado de forma considerable de mi maleta. Alrededor de ella se hab铆a formado un enorme vac铆o. Como si acabara de impactar un meteorito y hubiera volatilizado a todos los turistas que hac铆a un momento pululaban a su alrededor. 驴Cu谩nto tiempo hab铆a pasado? 驴Diez minutos? 驴M谩ximo quince? Enseguida tuve la certeza聽inmediata de que algo no iba bien. Odio cuando eso ocurre. Y es algo que me sucede bastante a menudo. Notaba c贸mo los turistas reparaban en mi maleta gris sospechosamente abandonada en la puerta del Starbucks, cuchicheaban algo a sus seres queridos, y sal铆an huyendo de ah铆 a paso ligero. Poco a poco, fui acerc谩ndome disimuladamente con la intenci贸n de recuperar mi maleta, rodeada de un cord贸n de seguridad invisible, y salir huyendo.

Y entonces se form贸 la gozadera.

8. Antes de poder llegar a mi maleta y hacerme humo calle abajo silbando, tal y como era mi improvisado plan de huida, aparecieron cuatro polic铆as visiblemente alterados soltando c贸digos por la radio sujetas con velcro al hombro. Rodearon mi maleta con suma precauci贸n. Como si fuera un le贸n herido.

Si bien los americanos son un poco alarmistas, los hechos de por s铆 eran bastante irrefutables como para elevar el estado de alerta: hab铆a una聽maleta nueva de un tama帽o suficiente como para volar medio Manhattan y parte de New Jersey abandonada en la puerta de un Starbucks justo a la entrada de la Bolsa de Nueva York.

Raymond Chandler dec铆a que era uno de esos bebedores que sal铆an a por una cerveza y se despertaban en Singapur con una barba de diez d铆as. Yo soy de los que salen a por una maleta y acaban cumpliendo condena en Guant谩namo.

9. Cuando me aproxim茅 a ellos, me animaron a no acercarme demasiado a la maleta. La gente les miraba con curiosidad y recelo desde una distancia prudencial. Podr铆amos decir que la situaci贸n se puso un poco tensa cuando les dije, agitando mi ticket de compra, que, ejem, yo era el due帽o de esa maleta.

En mi defensa he de decir que soy lo suficientemente inconsciente como para manejarme con cierta frialdad en momentos tensos. Es uno de esos defectos que se convierten en virtudes. Me quedo tan bloqueado que parezco tener la situaci贸n bajo control. Nada m谩s lejos de la realidad. Una vez vi un documental sobre la serpiente Hognose, completamente inofensiva y sin veneno, que cuando se ve amenazada por un depredador, se pone en posici贸n de ataque, mostrando colmillos para intimidar. Cuando ya ve que su farol no funciona, cae fulminada al suelo y se hace la muerta repentinamente. Yo soy esa serpiente. Cuando las cosas se ponen feas, me hago el muerto. Al menos cerebralmente. Me pongo muy p谩lido, respondo con monos铆labos y parezco inofensivo a la par que no especialmente espabilado.

驴Es esta su maleta, se帽or?

Yes, officer. (Me hab铆a preguntado un polic铆a latino en perfecto castellano pero yo respond铆 en ingl茅s como para hacer la pelota y subir nota)

No parec铆an muy convencidos.

En esas apareci贸 mi “amigo” polic铆a pelirrojo, alterado tambi茅n. Ten铆a el rostro colorado a parches. Me reconoci贸 enseguida y se le puso esa inconfundible cara de qu茅-puto-circo-es-este. Lo que me alegr贸 ver a ese mantecoso rojizo salpicado de pecas no puedo ni explicarlo. Le salud茅 con tal efusividad que parec铆a que hubi茅ramos ido al colegio juntos desde peque帽os en un pueblecito en Iowa. Cuando le puse atropelladamente al tanto de la situaci贸n, llam贸 a sus compa帽eros a la calma e hizo un apartado para explicarles que yo era vecino de la zona. Un vecino un poco lerdo, s铆, pero un vecino inofensivo. Yo mientras tanto segu铆a agitando el ticket de mi compra como si me estuviera despidiendo de un barco en el muelle con todos mis seres queridos a bordo.

10. Se me acerc贸 un polic铆a gordo y me dijo que abriera la maleta聽delante de ellos. Hubo un poco de emoci贸n porque, por supuesto, no logr茅 abrirla durante un rato (ten铆a un sistema de apertura tan sofisticado que aquello parec铆a la puta caja fuerte del Bellagio y no me lo hab铆an explicado en la tienda). Tras cerciorarse de que estaba vac铆a y de que yo tan solo era un poco torpe, me dejaron marchar. Sin deportarme, algo que es de agradecer.

Es posible que, sin las gestiones de mi amigo pelirrojo, todo se habr铆a podido complicar mucho m谩s. Algunas noches me pongo a pensar en ese escenario y me desvelo de la pura angustia.

Cuando me fui de ah铆, le hice a mi amigo el gesto de levantarme el sombrero. 脡l me lo devolvi贸. Y luego hizo el gesto de quitarse sudor de la frente con el dorso de la mano.

Se llamaba Danny, por cierto. Precisamente como el polic铆a irland茅s de “Cualquier otro d铆a”, una de mis novelas favoritas.

No le volv铆 a ver.

11. Hoy, llenando de nuevo esa misma maleta para otro viaje, me he acordado de esta historia.聽Me gustar铆a decir que aprend铆 una valiosa lecci贸n de la experiencia, pero hace dos semanas me volv铆 a dejar olvidada una maleta en la estaci贸n de Sants. Y mi cartera en el coche de un amigo. Y la tarjeta de cr茅dito en un restaurante en Malasa帽a. Que me acabo de acordar que todav铆a no he ido a buscar, por cierto. Soy de aprendizaje lento. Y muy despistado. Tiendo a complicarme la vida de la forma m谩s absurda posible. Como aquella otra vez en Barcelona. Podr铆a tomar mejores decisiones, s铆. Incluso alguna inteligente para variar. Pero sigo dej谩ndome jirones de ropa por las esquinas de la vida. Y hasta me gusta. No me refiero a crear falsas alarmas terroristas. Pero s铆 que creo que si me fijara m谩s en esas cosas, posiblemente me perder铆a otros detalles en los que otros no reparan. Si ahora empezara a ser menos despistado ser铆a como operarme la nariz: no me reconocer铆a. Me gustan los problemas. No existe otra explicaci贸n.

Eso s铆, ahora le doy las buenas noches a todo el mundo con el que me cruzo: taxistas, polic铆as, barrenderos, vecinos, 谩rboles o perros.聽Uno nunca sabe cuando ser m铆nimamente educado te puede sacar de problemas serios.

Por un 2016 lleno de l铆os. Ustedes ya me entienden.

 

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