31 de julio de 2014

Y siga poniéndose crema solar

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Hace un a√Īo, justo antes de vacaciones, escrib√≠ un post llamado Y p√≥ngase crema solar.

Era un recopilatorio de ideas/consejos/recomendaciones homenajeando a la mítica canción Wear Sunscreen.

Siempre me gusta apuntarme consejos o an√©cdotas interesantes que me dicen personas a las que admiro. Esas personas que siempre te aportan cosas: un familiar, un amigo, alg√ļn profesor, un escritor que muri√≥ hace un siglo, un camarero, un abuelo, un peluquero o un alg√ļn taxista de madrugada. Me los apunto en post-its o en notas en el m√≥vil. Hace poco estuve en un funeral, escuch√© una idea muy interesante y sal√≠ un minuto para apunt√°rmelo para que no cayera en el olvido. Me obsesiona.

No conozco otra forma de ir por la vida.

Es el verdadero equipaje de una maleta que nunca se cierra.

El verano es un buen momento para pensar en estas cosas con calma, como si planearas un atraco a la vida a plena luz de día.

1.- Hacer una maleta es como un examen. Hagas lo que hagas nunca te vas a quedar satisfecho del todo. Pero sobrevivir√°s.

2.- No te fíes ni de tu padre. Es uno de los mejores consejos que me han dado en la vida. Me lo dio mi padre.

Kennedy

3.- Haz fotos naturales. De una persona normal. Cenando, hablando, fumando o tomando una copa.

Hace unos d√≠as vi en Instagram a una chica de las que tienen un blog de moda. Sal√≠a en una foto con unas amigas, fumando en la playa y con una botella de cerveza en una mano. Estaba guapa y mostraba actitud. Vi los comentarios y hab√≠a recibido bastantes cr√≠ticas. Qu√© feo con el cigarro. Qu√© horror. Si te haces una foto, por lo menos mol√©state en apagar el cigarro y dejar la cerveza. A m√≠ me encant√≥. Me gusta ver fotos de gente natural haciendo cosas naturales y no con esas poses como de reci√©n licenciado en su orla de la universidad. Como si cada foto que nos hici√©ramos fuera un momento para la posteridad. Todo demasiado artificial. Mi foto favorita de mi madre es una en la que sale jovencita, paseando a su b√≥xer llamado “Sans√≥n”, fumando un cigarro y con una ropa algo hippy. Todo bastante impensable ahora mismo. Y para eso est√°n las fotos.

4.- No m√°s fotos en Instagram con una copa de vino en la playa con el pie: “Aqu√≠, sufriendo“. Es el tuning de las fotos.

5.- Siempre el pack completo.

6.- Dicen que el puerto de San Francisco es el punto en el que m√°s abrigos por minutos se vende. ¬ŅPor qu√©? Porque la gente se planta de vacaciones pensando que en San Francisco hace la misma temperatura que en Malib√ļ. Total, es California. No seas el que compra un abrigo en el puerto de San Francisco. Lee y ent√©rate sobre tu destino.

7.- Wear Panama 

Panama

8.- Entrégate a las #ReflexionesVeraniegas.

Me sent√© y empec√© a conjeturar sobre esto y aquello y lo de m√°s all√°. Por ejemplo: ¬Ņpor qu√© el primer sorbo de cerveza es mucho mejor que el segundo? Ese era el tipo de especulaci√≥n filos√≥fica que me iba, de ah√≠ mi reputaci√≥n de investigador sesudo”.¬†

9.- Tranquilos, nazis del aire acondicionado. Que a veces uno no sabe si est√° entrando en un restaurante o en la guarida del Ping√ľino de Batman.

10.- There¬īs a certain sadness behind all the blue skies, beaches, and brunches I see on my facebook¬†

11.- Esta es mi canci√≥n favorita del a√Īo. Preciosa y dura.

12.- Le pregunté a un buen amigo que ganó una Champions.

- ¬ŅC√≥mo es el tacto de la Copa de Europa?

- Frío, frío. Como cuchillo de Albacete.

Las cosas que realmente merecen la pena siempre se sienten como un cuchillo.

13.- Este precioso poema de Edna St. Vincent resume lo que es el verano

Por los cabos arde mi vela

No durar√° toda la noche,

Pero, ah, amigos, ah, enemigos

Qué espléndida es la luz

14.- Las historias est√°n donde usted las encuentra – Gay Talese

Me compr√© una edici√≥n de “Vida de un escritor” de Gay Talese en un Fnac y me regalaron un im√°n con esta frase. Ahora decora la puerta de mi frigor√≠fico. Y pienso en ella todos los d√≠as. Todos-los-d√≠as. En pocas cosas creo tanto como en esta.

15.- No te quejes tanto de los First World Problems. “Mi 4G no va lo suficientemente r√°pido”, “No me han dado la puerta de emergencia en el avi√≥n”.

16.- Pretender encontrar el Trabajo So√Īado a trav√©s de LinkedIn es como querer encontrar a la mujer de tu vida en una de las org√≠as de Eyes Wide Shut o en Tinder. Es para otra cosa.

17.- No llames a la puerta. Tírala abajo.

18.- Nunca beberemos tan jóvenes.

19.- Lee el periódico. En verano muchas veces se da oportunidad a gente buenísima. Columnas y reportajes que no se atreverían a publicar en otro momento. Mejores que muchos dinosaurios. Sangre fresca. Ventanas abiertas.

20.- No seas el primero en quitarte el cinturón en los aviones nada más saltar el anuncio de que te puedes quitar el cinturón de seguridad. En serio, no seas ese tipo. Es una metáfora de la vida.

21.- Puede que los Pet Shop Boys tengan un punto hortera. Pero esta es, indudablemente, una de las mejores canciones del verano

22.- ¬ŅUgly shoes? ¬ŅEn serio?

Yo no soy el experto en moda de la revista pero me parecen una cosa muy espantosa y bastante loca. ¬ŅPor qu√© alguien en su sano juicio querr√≠a llevar algo que lleva expresamente la palabra “feo” en su nombre? Y me da igual si est√°n de moda o si los lleva alguna it girl.

En serio. Me recuerdan demasiado a esos zapatos que llevaba a sus 80 a√Īos mi querida t√≠a Tachi, descanse en paz, cuando √≠bamos a verla los veranos a Polanco.

23.- Si escribes #ModoIroníaOn ya no es ironía

24.- Si eres de los que tienen muchos pelos en la piernas, no te subas en un avión con pantalones cortos. De verdad, el frotamiento de pierna peluda con pierna peluda es de las cosas más desagradables que uno puede sufrir en un avión.

25.- No seas maleducado con las azafatas. No trabajan solo para ti. Tampoco son camareras.

26.- Haz cosas solo.

Hace poco un buen amigo me dijo que tenía una entrada para ir a ver a los Stones pero no sabía si ir solo. Como si un tribunal le fuera a juzgar por no tener amigos. No pasa nada. Se puede ir al cine o a la playa solo. De hecho, en ocasiones, es bastante recomendable.

27.- No te pongas demasiado cerca de la gente en la playa. De verdad. Es algo muy turbio.

28.- No vayas de moderno si llevas pidiendo 20 a√Īos el mismo helado. No pasa nada por cambiar y abandonar, por un d√≠a, el de vainilla, fresa o chocolate. Hay m√°s sabores.

29.- Escucha el √ļltimo disco de Los Lagos de Hinault: “Flores de Europa”. Para m√≠, el grupo con las letras m√°s inteligentes e ingeniosas del indie espa√Īol. Mi favorita (aunque realmente tengo varias) es “Panero y yo”.

30.-  Nada. Es el mejor ejercicio que conozco para pensar. Estar bajo el agua, aislado, sin ruido y solo mirando los diminutos azulejos del fondo de la piscina.

Don draper

31.- De vacaciones, cuando vayas a cenar a un restaurante que no te inspire mucha confianza, siempre pide la ensalada/pizza/sandwich/hamburguesa que lleve el nombre del local. Me ha salvado la vida en muchas ocasiones.

32.- Intenta luchar contra el Síndrome Padre, ese síndrome que afecta a todos los varones de mediana edad, y que hace que te pongas cardiaco, con ataques de ansiedad e insomnio, cada vez que tienes que hacer un viaje. Antes o después es algo que nos afecta a todos y que tenemos que vigilar, como la caída de pelo o la próstata.

33.- Lee a Francisco Casavella. Uno de los escritores m√°s fascinantes y menos conocidos. Uno de esos genios que se van a una edad demasiado temprana.

Casavella

34.- Ama las ma√Īanas

Lo que requer√≠a para escribir se reduc√≠a a las libretas de lomo azul, a los dos l√°pices y el sacapuntas, a los veladores de m√°rmol, y al olor a ma√Īana temprana y a barrido y fregado y buena suerte. Hemingway

35.- Esto me parece un temazo de Lilly Allen y lo escucho todos los días.

36.- Jam√°s preguntes por el significado de un tatuaje

37.- Basta de selfies. Sobre todo si eres político.

38.- Si no sabes sonreír, no abras una tienda. O un restaurante. O un bar. No abras ni la puerta de tu casa.

39.- La mejor orden es el ejemplo.

40.- Habla de lo que sabes. No hace falta que des tu opini√≥n y que muestres un posicionamiento en cualquier tema del mundo. Estar callado a veces es la mejor forma de no parecer ni tonto ni listo, algo bastante √ļtil.

41.- Deja de odiar y de ser tan negativo. No escupas tanta bilis. Aporta algo. Deja tu marca. Construir es dif√≠cil y destruir, lo f√°cil. Por eso los arquitectos estudian tantos a√Īos y los haters mandan tuits a S√°lvame.

42.- ¬†No hace falta que pongas “Qu√© guapa” en todas las fotos que suben tus contactos. Porque es mentira. No hay nada peor que devaluar tus halagos. Si le das a Like, que siempre signifique: “Esto me encanta. Me vuelve del puto rev√©s”.

43.- Vete al cine a ver “The Kings of Summer” y recupera esos veranos adolescentes.

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44.- Uno de los libros m√°s bonitos que he le√≠do este a√Īo es el “√Čramos unos ni√Īos” de Patti Smith. Amor del duro, Nueva York sin blanca y pura bohemia.

Fue el verano en que murió Coltrane. El verano de Crystal Ship. Los hippies alzaron sus brazos vacíos y China hizo detonar la bomba de hidrógeno. Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra en Monterrey. AM radio retransmitió Ode to Billie Joe. Hubo disturbios en Newark, Milwaukee y Detroit. Fue el verano de la película Elvira Madigan, el verano del amor. Y en aquel clima cambiante e inhóspito, un encuentro casual cambió el curso de mi vida.

Fue el verano en que conocí a Robert Mapplethorpe.

Patti Smith

45.- Y, sobre todo, no te olvides de la crema solar

 

El guardi√°n entre el centeno

@guardian_el_

 

 

 



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15 de julio de 2014

(Des)amor en un Starbucks

Cafe

Mientras escribo estas líneas, estoy sentado en un Starbucks, haciéndome el interesante y tecleando febrilmente en mi portátil al tiempo que hago pausas dramáticas llevándome la mano al mentón, como si estuviera trabajando en la Gran Novela Americana, cuando lo que realmente estoy haciendo es poner la antena en una fascinante conversación de un grupo de chicas guapísimas sentadas en la mesa de al lado. Para mantener la pose de que realmente estoy inmerso en mi inaccesible e insondable mundo interior y no cotilleando esas maravillosas intrigas palaciegas del Barrio Salamanca, dignas de las tramas más dramáticas y apasionantes de Gossip Girl, tengo sobre la mesa un libro de David Foster Wallace, que ojeo de vez en cuando, como si tomara notas o buscara inspiración. A veces, para reforzar mi papel, hago que subrayo párrafos. Pero sin perder detalle de la conversación.

Son sitios curiosos estos Starbucks. Aunque he de confesar que mi relación con ellos no siempre fue fácil.

Recuerdo la primera vez que entré en uno. Que es en el que me encuentro ahora mismo, precisamente, esperando a un amigo mientras me pongo al día de la azarosa vida sentimental de estas chicas. Era una gélida navidad en Madrid e iba por la calle de Ortega y Gasset con mi abuela, cuando vi que habían cambiado mi querida heladería Taruffi, creo recordar que ese era su nombre, por un sitio llamado Starbucks. Soy un poco raro y me sienta muy mal que cambien las tiendas porque altera mi mapa mental. Da igual que sea una ferretería en la que nunca entre o una cochambrosa agencia de viajes. No quiero cambios. Si de mí dependiera, seguiríamos con los mismos comercios que en 1930. Así que, como amante de las tradiciones y animal de costumbres que siempre he sido, entramos y pedí una Coca Cola, a pesar del molesto cambio de local. Y cuando me dijeron que ahí no vendían refrescos, vaticiné su inminente fracaso.

Esto no dura aquí ni un mes, abuela. Hazme caso. Vámonos.

Ahí están las pruebas de mi capacidad visionaria: más de 18.000 locales abiertos en todo el mundo, cotiza en bolsa y su modelo de negocio se estudia en las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo. De seguir viviendo, capaz habría sido de aconsejar a mi pobre abuela invertir todo su patrimonio en Gowex.

Cuando a√Īos m√°s tarde llegu√© a estudiar a Madrid, me gustaban los Starbucks. Me parec√≠an una buena idea. Acostumbrado a tomar caf√© en cafeter√≠as llenas de dinosaurios, encontraba atractiva la oferta de Starbucks, donde uno pod√≠a tomar tranquilamente su caf√©, retreparse en un sill√≥n de esos grandes de sentarse frente a una chimenea, y leer algo tranquilo, rodeado de gente joven y con una m√ļsica extra√Īamente confortable de fondo. No ten√≠a ese aroma bohemio e intelectual del Caf√© Gij√≥n pero pod√≠a llegar a tener su encanto. A√ļn recuerdo un disco folk que me encantaba y que sol√≠an poner durante un oto√Īo, con Norah Jones, Ryan Adams y Willie Nelson. Solo me faltaba un perro labrador tumbado a mis pies para ser inmensamente feliz. Mi novia me acababa de dejar. O yo a ella. A√ļn no lo tengo nada claro. Pero era feliz.

Te llamaban por tu nombre y hacían un café especial en Navidad. Trampas marketinianas de cajón en las que el chico de provincias que habitaba en mí caía de forma inmisericorde. A mí me ponen unos villancicos de fondo, me envuelven algo en papel de renos y me llaman por mi nombre, y soy capaz de comprar hasta un fardo de heroína en un aeropuerto de Tailandia.

Sin embargo, como en todas las relaciones, tras un comienzo fogoso, lo mío con el Starbucks empezó a sufrir altibajos. La primera medida que me hizo distanciarme de los Starbucks fue la cuestión económica. Cuando uno empieza a ganarse la vida y a pagarse sus cosas, se da cuenta de que gastarse diariamente unos 7 euros en un café y una magdalena, por mucho que te lo llamen latte y muffin, tal vez no sea la manera más diligente de gestionar su patrimonio.

La segunda medida que me mat√≥ fue su decisi√≥n de dejar comprar peri√≥dicos (o al menos en los Starbucks que yo frecuentaba). Eso me aniquil√≥ por completo. Nada me gustaba m√°s que ir al Starbucks a primera hora, comprarme un s√°ndwich Bloomer (que tiene un toque de mostaza fant√°stico) y pedir que me lo calentaran mientras daba largos tragos a mi humeante Mocca Blanco mediano (sin nata), mientras despotricaba solo, como un loco, como el borracho de un bar, sobre las alienaciones de Schuster en el Real Madrid. ‚Äú¬°Baptista tiene que jugar m√°s! ¬°Hay que fichar un 9 en el mercado de invierno!‚ÄĚ le sol√≠a decir frecuentemente a uno de los baristas (que es como se llama a los camareros en el universo Starbucks, del mismo modo que el tama√Īo Grande no es realmente el tama√Īo grande, por confuso que esto pueda parecer) al que ten√≠a martirizado con mis diatribas futboleras. La cuesti√≥n es que verme obligado a comprar el peri√≥dico aparte desbarat√≥ por completo mi rutina diaria.

La tercera cuestión que me alejó de los Starbucks fue ya exclusivamente mi culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Si la memoria es un palacio, yo tengo los recuerdos asociados a este momento clasificados en el fondo de un archivador cerrado con llave en un sótano oscuro en una habitación precintada con una cinta amarilla del FBI que pone DO NOT CROSS, custodiada por dobermans y un aviso en grande que pone: Cuidado con el leopardo.

Por aquella √©poca sol√≠a ir a un Starbucks en el que me atend√≠a una chica argentina particularmente guapa. Y encantadora. Era rubia, ten√≠a los ojos claros y cada ma√Īana me dec√≠a algo ingenioso, me tomaba el pelo o me alegraba el d√≠a con su acento dici√©ndome que estaba reguapo en traje. Tan probable es que se lo dijera a todos como que a m√≠ fuera al √ļnico tonto al que le hac√≠an verdadera ilusi√≥n esas palabras. Siempre he sido de esos a los que la dependienta de una tienda le dice que le queda bien el pantal√≥n vaquero que se est√° probando y se lleva 5.

O a lo mejor era uruguaya. Qu√© s√© yo. El caso es que ten√≠a un acento ex√≥tico y me piropeaba, algo que yo agradezco mucho los d√≠as de invierno en Madrid antes de las 9 de la ma√Īana. Y hasta un d√≠a me puso un coraz√≥n haciendo de punto en la -i de mi nombre.

American girls,

All weather and noise

¬ŅQu√© puedo decir en mi defensa? Yo era joven, insentato y enamoradizo. Me llamaba por mi nombre. Hac√≠a mucho fr√≠o fuera‚Ķ

Un día fui a una hora distinta. Había mucha más gente y los camareros/baristas parecían no dar abasto. Mi querida camarera no me dijo nada de cómo me quedaba el traje, lo que hizo que me repasara de arriba abajo por si no había acertado aquel día con el estilo del traje o el color de la corbata.

Exigía mi ración diaria de piropos.

Tras hacer mi pedido habitual, a pesar de estar desbordada, me hizo un par de comentarios simp√°ticos y, de repente, me dijo:

¬ŅTe importar√≠a darme tu n√ļmero?

Aj√°, pens√© yo. AJ√Ā.

Y cuando yo suelo decirme a m√≠ mismo cosas como AJ√Ā siempre son momentos en los que nunca deber√≠a haberme dicho AJ√Ā.

Y con pose de galán, haciéndome el tipo duro de repente, acodado en la barra de ese Starbucks, con una sonrisa de ganador impresa en la cara, con el pecho hinchado como un pavo real, haciéndome el GUAY, porque no tiene otro puto nombre, con cierta pose carygrantiniana, saqué mi móvil con desgana, como si las chicas me pidieran el teléfono cada media hora, y con una voz algo impostada y grave, tras carraspear ligeramente, empecé a decir: 

Claro. Apunta: 63033…

Pero, a mitad de camino, mi sentido arácnido me alertó de que algo no iba bien.

Y se hizo un silencio incómodo. Ella no estaba apuntando nada. Ella, más bien, estaba perpleja e inmóvil como una estatua.

Muy perpleja. Muy inmóvil. Muy estatua.

Poco a poco fui dejando de decir los n√ļmeros, como si de repente me acabaran de anestesiar la boca.

Y de pronto ella estall√≥ en una carcajada. Una carcajada sonora, ¬†que a√ļn escucho en los pasillos de mis peores pesadillas.

No, tonto, me refiero a esto. Y se quedó sosteniendo el tiquet que me habían dado con mi pedido.

¬°Este n√ļmero!¬†Es que ahora lo tenemos que pedir.

Hubo un silencio incómodo. Noté cómo mi cerebro se salía de la pista, haciendo trompos, dando vueltas de campana e incendiándose.

Y yo solo quería hacer 3 cosas:

  1. Salir gritando por la puerta.
  2. Ir corriendo a mi casa y encerrarme en el sot√°no.
  3. Construir una m√°quina del tiempo y volver atr√°s en el tiempo una hora.

En lugar de eso, me qued√© p√°lido, con sudores fr√≠os, como un ni√Īo llevando el traje de un adulto, y murmur√© un escueto y lastimoso ‚ÄúPerdona‚ÄĚ, como si acabara de atropellar a su perro dando marcha atr√°s con el coche. Empec√© a retroceder, me bat√≠ en retirada, choc√°ndome con clientes, sin mirar atr√°s, con el caf√© incandescente abras√°ndome la mano y sin pararme siquiera a coger un sobrecito de az√ļcar moreno.

Y no volví a ese Starbucks. Ni a ninguno. Me autoimpuse una orden de alejamiento. No podía soportar pensar la idea de entrar en un Starbucks en San Francisco, en Tokio o en Sidney y que, por cosas del destino, aquella chica argentina (o uruguaya) hubiera pedido un transfer ahí y me estuviera esperando con una sonrisa maliciosa tras la barra:

Oh, ac√° viene el boludo del n√ļmero.

El tiempo pasó y poco a poco me he ido reconciliando con los Starbucks. No creo que sea el mejor café del mundo, pero en Madrid tampoco estamos para ponernos exigentes. Y puedes escuchar conversaciones fascinantes.

Ahora bien, juro que cada vez que estoy a punto de entrar a un Starbucks, oteo como un cervatillo en busca de una melena rubia, el fulgor de una evidente cabellera argentina, que diría Scott Fitzgerald, no vaya a ser que me encuentre tras el mostrador a aquella argentina (o uruguaya) que me rompió el corazón en un Starbucks.

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El guardián entre el centeno 

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