15 de julio de 2014

(Des)amor en un Starbucks

Cafe

Mientras escribo estas líneas, estoy sentado en un Starbucks, haciéndome el interesante y tecleando febrilmente en mi portátil al tiempo que hago pausas dramáticas llevándome la mano al mentón, como si estuviera trabajando en la Gran Novela Americana, cuando lo que realmente estoy haciendo es poner la antena en una fascinante conversación de un grupo de chicas guapísimas sentadas en la mesa de al lado. Para mantener la pose de que realmente estoy inmerso en mi inaccesible e insondable mundo interior y no cotilleando esas maravillosas intrigas palaciegas del Barrio Salamanca, dignas de las tramas más dramáticas y apasionantes de Gossip Girl, tengo sobre la mesa un libro de David Foster Wallace, que ojeo de vez en cuando, como si tomara notas o buscara inspiración. A veces, para reforzar mi papel, hago que subrayo párrafos. Pero sin perder detalle de la conversación.

Son sitios curiosos estos Starbucks. Aunque he de confesar que mi relación con ellos no siempre fue fácil.

Recuerdo la primera vez que entré en uno. Que es en el que me encuentro ahora mismo, precisamente, esperando a un amigo mientras me pongo al día de la azarosa vida sentimental de estas chicas. Era una gélida navidad en Madrid e iba por la calle de Ortega y Gasset con mi abuela, cuando vi que habían cambiado mi querida heladería Taruffi, creo recordar que ese era su nombre, por un sitio llamado Starbucks. Soy un poco raro y me sienta muy mal que cambien las tiendas porque altera mi mapa mental. Da igual que sea una ferretería en la que nunca entre o una cochambrosa agencia de viajes. No quiero cambios. Si de mí dependiera, seguiríamos con los mismos comercios que en 1930. Así que, como amante de las tradiciones y animal de costumbres que siempre he sido, entramos y pedí una Coca Cola, a pesar del molesto cambio de local. Y cuando me dijeron que ahí no vendían refrescos, vaticiné su inminente fracaso.

Esto no dura aquí ni un mes, abuela. Hazme caso. Vámonos.

Ahí están las pruebas de mi capacidad visionaria: más de 18.000 locales abiertos en todo el mundo, cotiza en bolsa y su modelo de negocio se estudia en las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo. De seguir viviendo, capaz habría sido de aconsejar a mi pobre abuela invertir todo su patrimonio en Gowex.

Cuando años más tarde llegué a estudiar a Madrid, me gustaban los Starbucks. Me parecían una buena idea. Acostumbrado a tomar café en cafeterías llenas de dinosaurios, encontraba atractiva la oferta de Starbucks, donde uno podía tomar tranquilamente su café, retreparse en un sillón de esos grandes de sentarse frente a una chimenea, y leer algo tranquilo, rodeado de gente joven y con una música extrañamente confortable de fondo. No tenía ese aroma bohemio e intelectual del Café Gijón pero podía llegar a tener su encanto. Aún recuerdo un disco folk que me encantaba y que solían poner durante un otoño, con Norah Jones, Ryan Adams y Willie Nelson. Solo me faltaba un perro labrador tumbado a mis pies para ser inmensamente feliz. Mi novia me acababa de dejar. O yo a ella. Aún no lo tengo nada claro. Pero era feliz.

Te llamaban por tu nombre y hacían un café especial en Navidad. Trampas marketinianas de cajón en las que el chico de provincias que habitaba en mí caía de forma inmisericorde. A mí me ponen unos villancicos de fondo, me envuelven algo en papel de renos y me llaman por mi nombre, y soy capaz de comprar hasta un fardo de heroína en un aeropuerto de Tailandia.

Sin embargo, como en todas las relaciones, tras un comienzo fogoso, lo mío con el Starbucks empezó a sufrir altibajos. La primera medida que me hizo distanciarme de los Starbucks fue la cuestión económica. Cuando uno empieza a ganarse la vida y a pagarse sus cosas, se da cuenta de que gastarse diariamente unos 7 euros en un café y una magdalena, por mucho que te lo llamen latte y muffin, tal vez no sea la manera más diligente de gestionar su patrimonio.

La segunda medida que me mató fue su decisión de dejar comprar periódicos (o al menos en los Starbucks que yo frecuentaba). Eso me aniquiló por completo. Nada me gustaba más que ir al Starbucks a primera hora, comprarme un sándwich Bloomer (que tiene un toque de mostaza fantástico) y pedir que me lo calentaran mientras daba largos tragos a mi humeante Mocca Blanco mediano (sin nata), mientras despotricaba solo, como un loco, como el borracho de un bar, sobre las alienaciones de Schuster en el Real Madrid. “¡Baptista tiene que jugar más! ¡Hay que fichar un 9 en el mercado de invierno!” le solía decir frecuentemente a uno de los baristas (que es como se llama a los camareros en el universo Starbucks, del mismo modo que el tamaño Grande no es realmente el tamaño grande, por confuso que esto pueda parecer) al que tenía martirizado con mis diatribas futboleras. La cuestión es que verme obligado a comprar el periódico aparte desbarató por completo mi rutina diaria.

La tercera cuestión que me alejó de los Starbucks fue ya exclusivamente mi culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Si la memoria es un palacio, yo tengo los recuerdos asociados a este momento clasificados en el fondo de un archivador cerrado con llave en un sótano oscuro en una habitación precintada con una cinta amarilla del FBI que pone DO NOT CROSS, custodiada por dobermans y un aviso en grande que pone: Cuidado con el leopardo.

Por aquella época solía ir a un Starbucks en el que me atendía una chica argentina particularmente guapa. Y encantadora. Era rubia, tenía los ojos claros y cada mañana me decía algo ingenioso, me tomaba el pelo o me alegraba el día con su acento diciéndome que estaba reguapo en traje. Tan probable es que se lo dijera a todos como que a mí fuera al único tonto al que le hacían verdadera ilusión esas palabras. Siempre he sido de esos a los que la dependienta de una tienda le dice que le queda bien el pantalón vaquero que se está probando y se lleva 5.

O a lo mejor era uruguaya. Qué sé yo. El caso es que tenía un acento exótico y me piropeaba, algo que yo agradezco mucho los días de invierno en Madrid antes de las 9 de la mañana. Y hasta un día me puso un corazón haciendo de punto en la -i de mi nombre.

American girls,

All weather and noise

¿Qué puedo decir en mi defensa? Yo era joven, insentato y enamoradizo. Me llamaba por mi nombre. Hacía mucho frío fuera…

Un día fui a una hora distinta. Había mucha más gente y los camareros/baristas parecían no dar abasto. Mi querida camarera no me dijo nada de cómo me quedaba el traje, lo que hizo que me repasara de arriba abajo por si no había acertado aquel día con el estilo del traje o el color de la corbata.

Exigía mi ración diaria de piropos.

Tras hacer mi pedido habitual, a pesar de estar desbordada, me hizo un par de comentarios simpáticos y, de repente, me dijo:

¿Te importaría darme tu número?

Ajá, pensé yo. AJÁ.

Y cuando yo suelo decirme a mí mismo cosas como AJÁ siempre son momentos en los que nunca debería haberme dicho AJÁ.

Y con pose de galán, haciéndome el tipo duro de repente, acodado en la barra de ese Starbucks, con una sonrisa de ganador impresa en la cara, con el pecho hinchado como un pavo real, haciéndome el GUAY, porque no tiene otro puto nombre, con cierta pose carygrantiniana, saqué mi móvil con desgana, como si las chicas me pidieran el teléfono cada media hora, y con una voz algo impostada y grave, tras carraspear ligeramente, empecé a decir: 

Claro. Apunta: 63033

Pero, a mitad de camino, mi sentido arácnido me alertó de que algo no iba bien.

Y se hizo un silencio incómodo. Ella no estaba apuntando nada. Ella, más bien, estaba perpleja e inmóvil como una estatua.

Muy perpleja. Muy inmóvil. Muy estatua.

Poco a poco fui dejando de decir los números, como si de repente me acabaran de anestesiar la boca.

Y de pronto ella estalló en una carcajada. Una carcajada sonora,  que aún escucho en los pasillos de mis peores pesadillas.

No, tonto, me refiero a esto. Y se quedó sosteniendo el tiquet que me habían dado con mi pedido.

¡Este número! Es que ahora lo tenemos que pedir.

Hubo un silencio incómodo. Noté cómo mi cerebro se salía de la pista, haciendo trompos, dando vueltas de campana e incendiándose.

Y yo solo quería hacer 3 cosas:

  1. Salir gritando por la puerta.
  2. Ir corriendo a mi casa y encerrarme en el sotáno.
  3. Construir una máquina del tiempo y volver atrás en el tiempo una hora.

En lugar de eso, me quedé pálido, con sudores fríos, como un niño llevando el traje de un adulto, y murmuré un escueto y lastimoso “Perdona”, como si acabara de atropellar a su perro dando marcha atrás con el coche. Empecé a retroceder, me batí en retirada, chocándome con clientes, sin mirar atrás, con el café incandescente abrasándome la mano y sin pararme siquiera a coger un sobrecito de azúcar moreno.

Y no volví a ese Starbucks. Ni a ninguno. Me autoimpuse una orden de alejamiento. No podía soportar pensar la idea de entrar en un Starbucks en San Francisco, en Tokio o en Sidney y que, por cosas del destino, aquella chica argentina (o uruguaya) hubiera pedido un transfer ahí y me estuviera esperando con una sonrisa maliciosa tras la barra:

Oh, acá viene el boludo del número.

El tiempo pasó y poco a poco me he ido reconciliando con los Starbucks. No creo que sea el mejor café del mundo, pero en Madrid tampoco estamos para ponernos exigentes. Y puedes escuchar conversaciones fascinantes.

Ahora bien, juro que cada vez que estoy a punto de entrar a un Starbucks, oteo como un cervatillo en busca de una melena rubia, el fulgor de una evidente cabellera argentina, que diría Scott Fitzgerald, no vaya a ser que me encuentre tras el mostrador a aquella argentina (o uruguaya) que me rompió el corazón en un Starbucks.

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El guardián entre el centeno 

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21 de mayo de 2014

Los placeres y los días

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Adoro los placeres sencillos; son el último refugio de los hombres complicados.

Oscar Wilde

 

Hace bastante tiempo, una lectora mexicana me envió un mail sugiriéndome que escribiera un post sobre mis guilty pleasures. Contesté que por supuesto, que cómo no, que marchando, que ahora mismito. Acto seguido, me metí en Google para enterarme de qué iba esa vaina porque a mí lo de Guilty Pleasures me sonaba a título de película noventera interpretada por Winona Ryder.

Resulta que los Guilty Pleasures pertenecen a esa clase de placeres que uno nunca confesaría en público por miedo al qué dirán. Como que el Wrecking Ball de Miley Cyrus te parece un temazo (culpable) o que no tienes problema en comerte la grasa del chuletón cuando nadie te mira a pesar de que te sientas luego un monstruo sin escrúpulos como Hannibal Lecter (doblemente culpable).

Pero lo curioso de estos guilty pleasures es que no son transgresiones en el sentido estricto de la palabra. Como escribe Jennifer Szlai en The New Yorker:

“Que te diviertan las inocentes correrías de Bridget Jones es algo percibido como un guilty pleasure. Que te guste participar en depravadas y salvajes orgías propias del Marqués de Sade, no”.

Ese genio del humor llamado Ricky Gervais sostiene que el guilty pleasure más genuino y puro que conoce es El Padrino porque realmente uno se posiciona claramente del lado de la Familia. Algo parecido pasa con Scarface. Vas claramente con El Mal. Esto debería despertar cierto sentido de culpabilidad.

Para mí, que debo tener alma de rubia, la mejor definición audiovisual de guilty pleasure es esta:

Yo pensaba que no tenía guilty pleasures. Eres un fulano con personalidad, me decía delante del espejo. Pero les confesaré que últimamente me he estado percatando de situaciones en las que he decidido obviar, no defender públicamente e incluso posicionarme en contra de algunos de mis placeres secretos. Y me he sorprendido a mí mismo. Y me he repudiado. Es por no dar largas explicaciones trato de autojustificarme.

Pero no habría que darlas. Si algo te gusta, te gusta. Y punto.

Así que he decido hacer catarsis, ponerme delante del foco y enseñar los muertos de mi armario:

Disfruto enormemente con todas las películas con monstruos, siempre y cuando sean marinos. No me valen robots, ni dragones, ni dinosaurios. Tienen que ser marinos. Conditio sine qua non. Cuando era pequeño me asomaba al balcón de mi casa de Santander, mirando a la bahía y solo deseaba que emergiera de esas aguas un gigantesco reptil y destruyera todo a su paso. Mis penosos dibujos de la época dan fe de esta turbia obsesión. Y admito que he leído más de lo públicamente confesable sobre el monstruo del Lago Ness (hace poco, de hecho, circuló por las redes una foto de Google Earth con una sospechosa sombra en el lago y por poco salgo a la calle gritando como un enajenado: OS LO DIJE, OS DIJE QUE EXISTÍA, SIEMPRE CREÍ, SIEMPRE CREÍ).

Me muero por ver la nueva película de Godzilla y no una película sueca subtitulada.

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Tengo debilidad por las chicas con mucha nariz. Siempre que voy con mis amigos, me señalan alguna chica con una prominente napia cuasijasídica, como la Dra. Cuddy en House. Y me derrito. “Esa chica es muy tu estilo”. Y sí, siempre aciertan. He intentado buscar alguna razón antropológica para explicar este raro fenómeno o hallar una rama de antepasados judíos en mi árbol genealógico que justifique esta filia, pero supongo que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y esas cosas.

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Hay una canción de Jarabe de Palo que me gusta (mucho). Y negaré haber escrito esto delante de un tribunal. Diré que todo es un error, que me suelten, que yo estaba escuchando un disco de Wilco.

Las Ruffles Yorkeso. Es la mayor guarrada que el ser humano ha podido crear junto con la Coca Cola con sabor a vainilla y unos chicles Boomer sabor a natillas (sí, a natillas, señores) que compraba de pequeño en el quiosco debajo de mi casa y que probablemente el Ministerio de Sanidad, el Defensor del Pueblo, la OMS o la ONU acabó retirando de la circulación y enviando al Área 51 como material clasificado junto a los alienígenas de Roswell. Unas patatas fritas industriales de bolsa con sabor a sándwich de jamón york con queso fundido. Bien, pues no concibo hacer un viaje en coche de más de una hora sin ellas. No sé si es por el sabor o por los recuerdos de viajes con amigos que ya no están cerca.

Las Chicas Gilmore. Las protagonistas, madre e hija, eran unas repelentes, listillas, cursis que tenían ese tipo de relación materno-filial tan enrollado-desenfadado-cool que siempre he detestado. Pero me parecía una serie muy divertida y ágil. No tenía osos polares en islas, ni metanfetamina azul, ni mafiosos de New Jersey, ni transcurría en los muelles de Baltimore. Solo eran una madre, una hija, un pueblo y una cafetería. Pero el guión a veces hacía magia. Y que me perdone Sorkin.

Leslie Nielsen. Me desternillo de risa con este tipo  y no lo puedo remediar. Creo que se confirma mi teoría de alma de rubia.

El Kindle. He sucumbido. Yo, que siempre había jurado amor eterno al papel. Yo, que siempre dije que sería fiel al olor de los libros. Me he pasado al lado oscuro. Y ahora no puedo vivir sin este cacharro. Voy a las librerías y no puedo mirar a los ojos a los libreros que me conocen por si pueden ver en mí la traición.

La Mayonesa. Ella me bate como haciendo mayonesa es la décima sinfonía que nunca compuso Beethoven. La quinta estación de Vivaldi, el sonido de las puertas del cielo de Bob Dylan, el himno de la Champions de las bodas, la Marsellesa latina. Es miel para mis oídos. Miel.

(Ahora la estoy escuchando a todo volumen. Es perfecta)

(Ya está)

(Esperen, un repeat. La última. La última y lo dejo)

(Acabo de descubrir, gracias a Spotify, que los creadores de La Mayonesa tienen un hit llamado El baile de la bananita)

(Voy a dar a Play)

(Mala idea)

(Pésima idea)

(¿Algún médico en la sala para practicarme una lobotomía y borrar esta letra de mi cerebro?)

Helen Mirren me parece muy, muy, muy atractiva. Y tiene 68 años. Lo que me hace plantearme muchas cosas.

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El merchandising del Real Madrid. Puedo comprarme cualquier cosa que tenga el escudo del Real Madrid. Mi elasticidad como consumidor es 0. Piensa en lo más hortera que se te ocurra. Lo tuve, lo tengo o lo tendré. Además padezco de una especie de síndrome de Diógenes que me impide deshacerme de nada del Real Madrid porque lo considero una vil traición a mis principios. No sé en qué momento de mi vida podré ponerme una camiseta morada de Roberto Carlos de Kelme. Pero ahí está, para una emergencia. Y que nadie me la toque.

Las noveluchas negras con detectives marlowescos que van de duros y dicen “nena” a rubias fatales que siempre traen problemas en bares con mucho humo y tienen que resolver asesinatos sangrientos y finales esperados. Toda la literatura Pulp que antes se vendía en quioscos y que se escribía en cuestión de una semana. La devoro.

Un futbolín. No puedo ver uno y no jugar. Y perder, porque soy malísimo. Y retar a un doble o nada a cualquier desconocido. Y volver a perder. Y echar la culpa a mi portero. Y que me terminen sacando a rastras de ahí como si fuera un casino. Me tengo terminantemente prohibido jugar al futbolín porque pierdo la noción del tiempo-espacio y el respeto al dinero. Cuando me invitan a jugar, desdeño la invitación con un cortés no me apetece, jugad vosotros para no dejar salir al monstruo que llevo dentro.

Pizza fría. Oh. Dulce ambrosía. Manjar de los dioses. Ya lo decían en 30 Rock.

Revenge is a dish best served cold, Jack. Like sashimi, or pizza.

Toy Story 3. He llorado dos veces en mi vida en un cine. Una fue con Gran Torino y otra con Toy Story. 3. Tuve que deshacerme de todos los testigos que estaban en la sala. Uno tiene una reputación de tipo duro que mantener. (O la tenía)

Confesaré, a pesar de ser repudiado y tachado de hereje, que me gusta el lambrusco. No me lapiden aún. No digo que me parezca un buen vino, desde luego. Pero es un trago agradable. De vez en cuando alguien en una cena dice que el lambrusco es un vino infame y que solo a gusta a chicas sin paladar. Y yo me río, JAJAJA, con esa sonrisa de culpabilidad que tendría un vegetariano en una barbacoa. Pero dame pizza y lambrusco, y dime tonto. Y que nos quemen juntos en la hoguera.

Leer el HOLA en sala de espera de mi dentista (que es mi tío) y esconderlo rápidamente como si fuera una revista porno en cuanto entran a avisarme.

Sándwiches. O cualquier cosa que venga emparedada entre dos rebanadas de pan. De verdad, cualquier cosa. (Uno de mis posts pendientes es terminar de recopilar los mejores sandwiches de Madrid. Y estoy a punto de terminarlo. Un trabajo de investigación de años)

Esta canción.

Recuerdo hace bastantes años, en Estados Unidos, yendo al cine con un amigo de Vermont en su Saab (uno de mis coche favoritos y que el otro día me enteré que ya no se fabricaban para mi enorme disgusto). Sonaba un disco con la música hippie que siempre escuchaba, Grateful Dead o Phish, como buen hippie que era. Y de pronto, en mitad del disco, comenzó a sonar esta canción. Y se hizo un silencio estrepitoso, como si acabáramos de atropellar a un ciervo. Mi amigo, sin quitar las manos del volante y mirando fijamente a la carretera, dijo con voz trémula:

Es que es una canción preciosa.

Y yo me sumé: ¡Y qué piano!

Ese piano aún me sigue cautivando.

El Bosque. A todo el mundo le espantó esta película M. Night Shyamalan, el director de El Sexto Sentido, y yo salí totalmente fascinado del cine. Pero fascinado de Wow, madre mía, qué inesperadísimo final, que locura todo esto. Aún, a día de hoy, no he encontrado a nadie que le gustara esta película. Y no puedo evitar sentirme como si estuviera conduciendo por una autopista en dirección contraria sin que nadie me diga nada. La veo bastante a menudo.

Y esta escena es brutal

Laura no está.

Sí.

La de Nek.

Qué quieren que les diga. Me vengo arriba cuando la escucho.

A lo mejor se me ha ido de las manos esto de confesar mis perversiones.

 

Estos son los muertos de mi armario. Supongo que ustedes tendrán los suyos. Espero que los confiesen y no quedarme solo a la intemperie de la verdad.

Comprenderé que muchos de ustedes me retiren el saludo cuando nos crucemos por la calle. Yo creo que haría lo mismo con alguien que confesara públicamente su amor por “Laura no está”.

Pero, al final, como dice Dave Grohl, cantante de los Foo Fighters.

“I don’t belive in guilty pleasures, I believe you should be able to like what you like. If you a like a fucking Ke$ha song, listen to fucking Ke$ha.”

 

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Que disfruten de sus placeres y sus días.

Sean culpables o no.

Besos y abrazos según correspondan,

 

El guardián entre el centeno

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