15 de mayo de 2013

Y deja que te mate

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No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell. -

Desayuno en Tiffany´s

Hace muchos años conocí a una chica en uno de esos viajes sin billete de vuelta. Era muy divertida, robaba botellas de vino del comedor de su residencia de monjas y me dejaba siempre algún disco diciendo “Tienes que escuchar esto”, mientras me clavaba aquellos ojos encendidos, como si fuéramos dos espías en la Viena de la II Guerra Mundial y me estuviera entregando un microfilm con información crucial para el devenir de la humanidad.

¿Qué cómo se llamaba?

Pongamos que Mafalda.

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Mafalda iba por la vida como una funambulista, con un pie dentro y otro fuera. Siempre por el lado salvaje de la vida. Muy Lou Reed.

Mafalda fumaba. Claro que fumaba. Las chicas como Mafalda siempre fuman. Eso es algo que va con el personaje. Pero nunca olía a tabaco. Ella jamás lo habría permitido.

Enamorarse de Mafalda era algo inevitable. Tenía seis balas en el tambor de ese revólver que tenía por alma y todos mis amigos y yo fuimos cayendo como moscas.

Bang, uno. Bang, dos. Bang, tres. Bang, cuatro. Bang, cinco. Bang, seis.

Y todo olía a pólvora, a cerilla apagada y a su colonia.

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Uno trataba de no caer en su tela de araña pero acababa enredado por todos lados. Caíamos. Caíamos con la delicadeza de un piano de cola desde un ático. Como elefantes por el desfiladero de las Termópilas. Así caíamos.

Y lo peor es que ni te dabas cuenta. ¿Yo? Ja, ja, ja. No pienso caer, decías confiado. No. Niet. Nunca. Jamás. Never. Pero éramos los 10 negritos de Agatha Christie: nuestro fatal destino ya estaba escrito.

Ella me veía como un chico estupendo para charlar de discos y tomarnos unas copas. Yo la veía a ella como una chica estupenda para curar con Betadine los arañazos en las rodillas de alguno de los 25 hijos que planeaba tener con ella.

Siempre lograba encontrar una o doce maneras de escapar descalza por la puerta de atrás de mi vida.

Nunca nos peleamos por Mafalda. Porque no tuvimos oportunidad. Habría sido como pelearse por ver a quién le ilumina más la luna. Era una disputa estéril. Ella vivía en una huida constante y nosotros íbamos detrás a lomos de un caballo de tiovivo.

Mafalda era como Moby Dick. Si ella leyera que la estoy comparando con una ballena probablemente me arrancaría el corazón, como en esa escena de Indiana Jones, y me lo pasaría por la termomix. ¡Una ballena! Qué desfachatez. Con lo presumida que era ella.

Pero cuando digo que era como Moby Dick es porque era rara, diferente a todo, única. Y todos la perseguíamos por eso. Y ella te arrastraba hacia el fondo del mar, como al capitán Ahab.

Las chicas decían que tenía cierto aire a Uma Thurman en algunos gestos. Pero era más guapa. Sobre todo en verano. En verano Mafalda reventaba corazones. Porque la piel, los ojos y el pelo le brillaban como brillan las cosas recién hechas.

 

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Siempre digo que mi móvil favorito era un lamentable Siemens que ya estaba desfasado antes de que saliera al mercado. De formas bastas y rotundas, era perfecto como arma arrojadiza. No tenía pantalla táctil, ni cámara, ni juegos, ni internet ni nada remotamente útil. Pero tenía los mensajes de Mafalda. Esos mensajes que releía sin darme cuenta y que en 140 caracteres encerraban risas, historias y enigmas.

Cuando recibía un mensaje de Mafalda, me ponía de rodillas, como si celebrara el gol del minuto 116, mirando al cielo, I belong to Jesus, y daban ganas de descorchar una botella de champán y beber de ella y luego ir haciendo la conga a celebrarlo.

Una noche de verano en Madrid volvía andando con ella cerca de Cibeles. Hacía calor, la ropa se nos pegaba al cuerpo y estaba amaneciendo. Y me dijo lo mucho que le apetecería bañarse en la Cibeles. Y yo no podía dejar de imaginármela como a Anita Ekberg en La Dolce Vita.

Mafalda fue quién me enseño que Frank Sinatra era puro rock and roll.

Ponía un vinilo heredado de su padre. Y bailaba. Lento. Siempre muy lento.

Hubo una época en la que tenía que dar la vuelta a los libros de mi estanterías que Mafalda me había regalado. Porque no me dejaban dormir. Eran como amenazantes ojos de una serpiente en mitad de la oscuridad de mi cuarto. O como el puto tic tac de uno de esos Swatch que no te dejan pegar ojo.

Mafalda siempre vivía de noche.

Vivimos de noche y bailamos rápido para que no nos crezca la hierba bajo los pies. Ese es nuestro credo.

Pero no me estoy refiriendo a que acabara en la tarima de un after bailando “La mayonesa”. Hablo de otra cosa.

Hablo de que siempre tenía una última bala. Un último baile. Una última copa. Una última canción.

Su vida era siempre un gol en el descuento. Un permanente acto de locura como subir a rematar un corner con el portero.

Hablo de echar un pulso al día hasta caer desfallecida en la cama. De no rendirse nunca.

De rebañar el plato, aprovechar la última gota de la botella de vino y Carpe that fucking Diem.

De como cuando eras niño y sorbías como un chupóptero las últimas gotas de tu batido.  De cuando no pensabas nunca en el mañana. De cuando leías con la linterna debajo de la cama cómics de Asterix y Tintín hasta que se te cerraban los párpados. De cuando te revolvías como gato panza arriba para no irte a dormir.

Siempre me recordó al personaje de un cuento de Hemingway que decía:

Yo soy uno de los que les gusta estar en los cafés hasta que cierran.

Con los que nunca se van a dormir.

Con los que necesitan una luz por la noche.

 

Mafalda siempre se reía con los cosas que le escribía. Se reía fuerte y se le marcaban los músculos del cuello y parecía que en cualquier momento iba a entrar en autocombustión.

Tienes que escribir, escribir y escribir. Y cuando te canses, escribe más. Y escribe. Y escribe. Y escribe.

Nunca lo dejes.

Porque lo más importante en esta vida es encontrar lo que te gusta.

Y entonces, dejar que te mate.

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Perdí la pista a Mafalda. No sé en qué andará metida. A lo mejor ahora está casada con un armador griego millonario, a lo Jackie Kennedy.

Eso sería muy de Mafalda.

En una ocasión leí que la gente que más te ayuda es la que entra y sale de tu vida, como un fantasma. Como Mafalda.

En estos días de invierno disfrazados de primavera, de dolorosas derrotas del Real Madrid y en los que uno puede escuchar la lluvia cayendo en el corazón, me acuerdo de “Rain in my heart” de Sinatra.

Y pienso en Mafalda.

Y pienso si sigue dejándose matar por aquello que le gusta.

 

El guardián entre el centeno

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28 de abril de 2013

De dioses y hombres

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Hola Guardián,

Creo que estoy a punto de volverme loco.

Lo siento si esto suena un poco dramático. Pero es así.

Te cuento: estoy a punto de empezar mis exámenes finales en la universidad, en los que me juego mucho, y mi novia, con la que llevaba mucho, mucho tiempo, así de repente, me ha dejado.

Tal cual.

Y se me está juntando todo: los exámenes, un futuro sin ella y sin curro, la primavera, la puta alergia… Y siento que la situación me está superando.

Me gustaría que me dijeras cómo diablos se supera una ruptura así y, como melómano y músico aficionado que soy, que me recomendases alguna canción de las tuyas para animarme.

No puedo estudiar, no puedo dormir, no puedo dejar de pensar qué estará haciendo, no paro de ir por la calle atemorizado por encontrarme con ella

Espero que me puedas echar un cable, por poco que sea, o esto me va a terminar consumiendo.

Agradecido de antemano,

Un lector

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Querido Lector,
 

La llegada de la primavera, y con ella, de los primeros rayos de sol desata la locura entre el personal. Eso es así. De alguna forma, es como si todos fuéramos miembros de una secta secreta, algo así como los Adoradores del Dios Ra, y entráramos en trance al notar los primeros indicios de calor. O como si la repentina sobreexposición a los rayos ultravioletas nos derritiera por dentro la mollera.

Alergias, bodas, explosión floral, piscinas, terrazas, cerezas, exaltación sentimental, astenia generalizada, olor a verano, operaciones bikinis, chicas enseñando muslamen y tanorexia femenina.

Y, de repente, cuando ya estamos ilusionados, otra vez es invierno.

Como para no volverse loco, amigo.

Siento lo que me cuentas de tu novia. Poco o nada puedo hacer yo al respecto. No desesperes. A veces, como pasa con las furgonetas viejas que se quedan sin batería, hay que volver a arrancar cuando vas cuesta abajo y sin frenos. Hay que empujar fuerte. Muy fuerte. Y termina por arrancar. 

Pero déjame que te cuente una historia.

Puede que te guste o puede que no. Pero es mi puta historia.

Que te sientes, coño. Y escúchame.

Pero antes de empezar, nos pondremos una copa. La ocasión lo merece. Digo yo.

Mientras voy sacando los hielos, vamos a poner algo de banda sonora. Por ejemplo, esta canción de Ryan Adams. A toda castaña.

Come pick me up.

Bueno, ya casi estamos.

Abriré un poco la ventana para que entre el aire.

La armónica de Ryan Adams suena hoy mejor que nunca, ¿no te parece?

Bueno, que me lío. Te cuento la historia. Que para eso me has preguntado.

Esta historia empieza cuando era pequeño. Cuando mi padre me decía que tenía la cabeza a pájaros. Y no es que tuviera la cabeza a pájaros. Es que tenía una pajarería ahí metida. Con tucanes, papagayos, bandadas de estorninos, patos y hasta pingüinos, que no saben volar, pero cuentan como pájaros.

Por aquel entonces tenía tres obsesiones: el Real Madrid, las chicas y los libros.

Creo que hoy en día sigo teniendo las mismas. No sé si esto es bueno o malo.

Me daban épocas muy fuertes. Lo mismo me leía todo Edgar Allan Poe que me compraba libros de Mitología Griega.

Y esta historia va de eso, de dioses y hombres.

Esta historia va de Zeus.

Sí, de Zeus. El Dios griego. Zeus.

Bueno, creo que te puede explicar mejor mi amigo Samuel quién era exactamente.

Sí.

Ese Zeus.

Zeus era un tipo bastante poderoso en el Olimpo. Era el rey de los dioses, el señor del cielo, lanzaba truenos y relámpagos y mantenía el orden del universo. Decidía qué estaba bien y qué estaba mal. Era el sheriff. El puto amo de la barraca. The fucking owner of the merry-go-round.

Zeus, como te he dicho, era un tipo bastante poderoso. Y, como tal, se preocupaba hasta la obsesión por mantener su poder sobre el resto y no caer en desgracia.

Hasta tal punto llegaba su preocupación que pedía consejo a los oráculos para tomar sus decisiones. 

Ahora escuchamos a Goldman Sachs. No sé si hemos ido a mejor o a peor.

El caso es que, por aquel entonces, Zeus estaba casado con Metis y se quedó embarazada. Más tarde, se casó varias veces con distintas mujeres y tenía hijos por doquier. Era un poco mujeriego el amigo Zeus. Un poquito Julio Iglesias. Ya sabes.

La cuestión es que el oráculo le dijo que Metis iba a concebir una chica que le arrebataría el poder.

Y Zeus, claro, se volvió loco. Ataque de pánico. ¡Arrebatarle el poder! ¡Y una mujer! ¡A ÉL! Eral algo del todo intolerable.

Y montó en cólera. Lo cierto es que Zeus tenía el carácter un poco voluble, lo que es poco recomendable cuando eres el rey de los dioses y tienes poderes como lanzar rayos y truenos.

Así que Zeus, ni corto ni perezoso, y aprovechando que Metis daba un paseo, se acercó a ella y se la comió.

Se-la-comió.

Así, tal cual te lo cuento.

Para adentro.

Ñam.

Glups.

Se la zampó.

Era el rey de los dioses. Supongo que podía hacer cosas de este calibre.

Pasaron los años y Zeus comenzó a tener un tremenda jaqueca. Un dolor de cabeza insoportable. No podía domir. Algo le rondaba la cabeza. No podía dejar de pensar en el tema.

Un día ya no pudo soportarlo más y le pidió a su amigo Hefesto, dios del fuego, de la forja y de los herreros, que le abriera la cabeza para que cesara ese agónico sufrimiento.

Y de ahí salió Atenea, diosa de la guerra, completamente armada.

Y Zeus, por fin, pudo descansar.

Siempre que a mí me ha pasado algo como lo tuyo, me acuedo de esta historia y de Zeus. Esa impotencia por tener una chica rondándote la cabeza y ser incapaz de sacártela de ahí.

No te estoy diciendo que vayas a un herrero para que te abra la cabeza a martillazos. No, no creo que sea la solución. Espero que hayas captado la metáfora que no me quiero hacer responsable de una desgracia.

Solo te quiero decir que entiendo ese dolor de cabeza, esa preocupación, esa obsesión, pero que para eso están los amigos, como Hefesto con Zeus. Que ellos lograrán que te la puedas sacar de la cabeza. Por lo civil o por lo criminal. De alguna forma u otra.

Y que podrás seguir durmiendo.

No sé si te servirá de algo o no. Pero es mi puta historia.

Pocos consejos te puedo dar yo (y nadie) para superar una cosa como la que me cuentas. Una ruptura es como una resaca: no hay remedios milagrosos. No hay mucho que se pueda hacer para combatirla, salvo dejar que el tiempo palie los efectos más duros de los primeros momentos y echar un poco de “testiculina” al asunto.

De todas formas, te doy un decálogo para mí básico (y seguramente erróneo, como casi cualquier decálogo mío) sobre cómo superar una cosa así. No intentes hacer esto en casa sin la supervisión de un amigo.

1. Boys don´t cry

Nada de lloriqueos y lamentos.

Tampoco es una cuestión como para meter la cabeza en el horno.

Sobrevivirás.

Créeme.

2. No, no sois amigos.

Es otra cosa.

Habrá quien defienda que se puede ser perfectamente íntimo amigo de una exnovia y quedar todas las semanas con ella a tomar café y charlar sobre Homeland y otras vicisitudes de la vida mientras dais un paseo por el Retiro y tiráis migas de pan a las palomas.

Bien, para mí esto no es muy normal. Tampoco lo de dar de comer a unos seres tan repugnantes como las palomas, pero ese no es el tema que estamos aquí tratando.

Tengo un amigo excesivamente racional y cuadriculado que dice que todas las semanas queda con su exnovia a cenar porque le cae bien y, al fin y al cabo, han compartido muchas cosas. Esto, en teoría, no parece algo tan descabellado. Pero en la práctica es un ejercicio de masoquismo similar a que te introduzcan cañas de bambú bajo las uñas. Pocos tragos hay peores que ver cómo una chica que te encanta te habla como si fueras un amigo más.

3. El Whatsapp y otras armas de destrucción masiva.

Tal vez te parezca una excelente idea y un acto de romanticismo sin parangón, escribir un Whatsapp a las 5 y 36 de la mañana, tras el séptimo Johnny con Cola, acodado en la barra de la discoteca, con las luces de la pista de baile cegándote y rodeado de ese humo infame que sueltan y que huele a zorro mochón, con el sentimentalismo a flor de piel, exponiendo todo lo que llevas dentro (que principalmente es una tajada como un piano).

Créeme: puede que no sea tan buena idea.

Been there. Done that.

Hasta tengo un amigo que, en semejantes circunstancias, llegó a escribir un trozo de la letra de “Corazón partío” a la chica en cuestión. Cerca estuve de entregarle en la comisaría más cercana.

Si un amigo tuyo detecta que estás escribiendo algo indebido, tendrá licencia para coger tu moderno iPhone 5 y estamparlo contra la pared más cercana. Es por tu bien.


4. Distancia, borrón y cuenta nueva

Tampoco te digo que quemes en una pira todas sus fotos y sus cartas y bailes alrededor de ella mientras das tragos de una botella de ron y miras cómo arde vuestro pasado.

Solo te sugiero que en ocasiones es positivo envainar la espada, batirse en retirada y coger cierta perspectiva.

Intenta airearte. Nuevos planes. Nuevos viajes. Nuevas personas.

5. Aunque te sometan a tortura, jamás perder la compostura

Hay ciertas películas que, pese a ser magníficas, caen en el olvido por alguna razón que escapa a mi entendimiento.

Es el caso, por ejemplo, de la maravillosa “El Presidente y Miss Wade” , escrita por Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca, The Newsroom) y con un reparto estelar (Michael Douglas, Michael J. Fox, Annette Bening…)

Mi querido Martin Sheen hace de mano derecha de Michael Douglas, presidente de los EE.UU, y no para de repetir, como un mantra sagrado, la frase “aunque me sometan a tortura, jamás perderé la compostura“.

Y siempre me pareció un lema como para llevar tatuado en el antebrazo.

Recuerda esta frase y no digas cosas de las que te puedas arrepentir. Corazón caliente pero cabeza fría. Se educado. Si te encuentras con ella, (porque la diosa Fortuna y la Ley de Murphy así lo querrán), trágate el orgullo, saluda como una persona civilizada y no montes una de esas grotescas escenas de culebrón venezolano. No es necesario que le preguntes por sus padres y por su perro. Pero si pierdes las formas y principios, lo pierdes todo.

6. No cotillees su Facebook

Un poco de amor propio, por Dios.

 7. No te encierres en casa

Una reacción bastante común en este tipo de situaciones consiste en el denominado síndrome Chandler Bing, que consiste en ponerte el pantalón de chandal, encerrarte en casa, dejarte barba, tragarte todos los play-offs de la NBA, partidos de fútbol de la liga turca, todas las carreras de Formula 1, un maratón de series, cientos de películas de las 3T (tiros, tacos y tías), mientras tu pirámide alimenticia consiste en pistachos, pizza y cerveza durante varias semanas, como si estuvieras en un refugio antinuclear.

Oblígate a salir. Haz deporte. Haz planes. Aunque no te apetezca nada.

Muévete.

Muévelo.

8 Salir, beber… el rollo de simpre

Hay quién, por otro lado, se pasa al otro extremo y hace todo lo contrario a quedarse en casa, y empieza a salir los martes y a tener un estilo de vida propio de Snoop Dogg o Berlusconi, con fiestas salvajes entre semana hasta el amanecer, todo tipo de sustancias psicotrópicas, amores de barra (¿acabo de citar a Ella Baila Sola?) y un sinfín de copas y excesos de todo tipo, como Nicolas Cage en Leaving las Vegas (¿acabo de citar a Amaral?).

Tampoco es el camino.

Bueno, y si haces esto, al menos llévame contigo.

Por favor.

9. ¿Volverá?

Seguro que tienes un amigo que te dice que va a volver.

Que seguro. Que ya verás. Que sí. Que hazme caso.

Salvo que tu amigo sea Nostradamus, no tiene ni idea de lo que está diciendo

¿Volverá? Yo que sé.

10. Aunque tú no lo sepas

La mente es un instrumento de tortura medieval en este tipo de situaciones. Sé que pensarás continuamente qué estará haciendo y con quién estará. Creerás que en una semana ya habrá conocido a 700 chicos fascinantes y que estará de fiesta en fiesta, como si estuviera de gira con los Rolling Stones y Pitbull.

Bien, ella se acuerda de ti.

Aunque tú no lo sepas.

No me hagas demasiado caso. Soy un pésimo asesor sentimental.

Pero, aunque te suene raro, y a pesar de todas las penurias que me cuentas, te envidio.

Sí. Te envidio mucho.

Porque no hay nada mejor que ser estudiante en primavera. Esa primavera que está a punto de estallar.

Y esto ya lo cantaba Calamaro.

“Que más quisiera que pasar la vida entera como estudiante el día de la primavera”.

Así que vete sacando las gafas de sol, cheer the fuck up, entrégate a la procrastinación y no te preocupes tanto por la vida: difícilmente saldrás vivo de ella.

Me gusta la primavera porque el verano aún nunca llegó. Me gusta la primavera porque es un viernes de tres meses. Me gusta la primavera porque sabe a aperitivo.

Disfruta y no pierdas el tiempo.

Y deja que la primavera haga contigo lo que hace con los cerezos.

Un abrazo,

El guardián entre el centeno

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9 de abril de 2013

La Teoría de la Fuerzas Compensatorias

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Hay ciertas cosas que, por una innumerable cantidad de virtudes, parecen estar diseñadas para gustar irremediablemente a todo el mundo. Como, por ejemplo, la tarta de queso. O los viernes. O los perros salchicha. O las noches de verano. O Brown Eyed Girl,  de Van Morrison.

O Natalie Portman.

Sencillamente, es absolutamente imposible encontrar a una persona sobre la faz de la tierra a la que no le gusten estas cosas. Si uno se cruza con alguien a quien no le guste la tarta de queso o que no se cuelgue del cuello del amigo más cercano para cantar en un bar completamente entregado Sha La La La La La La La La La Te Da cuando suena Brown Eyed Girl, lo más probable es que estemos ante:

a)     Un extraterrestre que ha adoptado la forma humana para colonizar nuestro planeta poco a poco.

b)     Un borracho.

c)    Un loco de esos que llevan un sombrero de papel y se creen Napoléon.

d)     Un extraterrestre borracho con un sombrero de papel que se cree Napoleón.

 

Uno tiende a pensar que existe en el mundo un cierto equilibrio, y que algo ahí fuera, ya sea el cosmos, el universo o Dios, compensa las virtudes y defectos de cada uno equilibrando, por así decirlo, una metafórica balanza.

De este modo, por ejemplo, tendemos a creer que las modelos de Victoria Secret deben ser incapaces de construir una oración coherente con sujeto y predicado o que los científicos más brillantes son unos aburridos cerebritos que no salen de su laboratorio. Cuestión de compensación y equilibrio.

Es como aquella fiesta en la que coincidieron Einstein y Marilyn Monroe y la rubia le dijo al genio: “Profesor, deberíamos casarnos y tener un hijo juntos: ¿Se imagina un bebé con mi belleza y su inteligencia?” a lo que un Einstein muy solemne, pero no exento de cierta retranca, contestó: “Desafortunadamente temo que el experimento salga a la inversa y terminemos con un hijo con mi belleza y su inteligencia”.

Lo dicho: compensación, equilibrio y estadística.

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Yo, sin ir más lejos, tengo algunas virtudes (o al menos eso espero) que se ven equilibradas por una larga serie de defectos, como mi impuntualidad crónica, mi descoordinación a la hora de bailar, una fascinante facilidad para distraerme con cualquier cosa o mi recién descubierta incapacidad para conseguir lavarme los dientes sin mancharme la corbata de pasta de dientes.

Digamos que siempre he sido muy obediente con las leyes de la naturaleza.

Sin embargo, muy de vez en cuando, uno se topa con ciertas personas que tienen la desfachatez de acumular virtudes desafiando cualquier tipo de “equilibrio vital”, ya que sus defectos suelen brillar por su ausencia, por mucho que te esfuerces en encontrarlos. Estas personas tienen, además, la poca vergüenza de ir por ahí como si tal cosa, como si no se dieran cuenta, mandando al traste esta teoría de las fuerzas compensatorias que rigen el universo, como un día leí al gran Enric González, poniendo patas arriba el orden del universo.

Es un fenómeno extraordinario que pasa con la misma frecuencia que el cometa Hale Bopp o un eclipse solar: como pestañees o no estés atento, te lo pierdes.

A mí la última vez que me pasó fue hace no mucho en una fiesta. Y eso que iba advertido.

“Va a venir una chica de bandera” me dijo una amiga. Y no le hice mucho caso porque a mí eso de “chica de bandera” me sonaba a típica expresión algo anacrónica que mi madre me decía cuando era pequeño y salían en la tele Sophia Loren, Grace Kelly o Audrey Hepburn.

Pero cuando esa chica puso el pie en aquella fiesta, a mí se me bajaron los plomos y en mi cabeza comenzó a sonar “Pretty Woman” a todo volumen.

Porque era guapa y tenía unos enormes ojos azules que invitaban a ponerte el traje de baño y tirarte de cabeza en ellos.

Pero es que, además, esta chica tenía la desfachatez de ser muy simpática, inteligente, con un gran sentido del humor y se sabía líneas de película Manhattan de memoria.

Pero, ay, no estuve atento.

Linger on your pale blue eyes.

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Esas chicas, como las flores, las bodas y las alergias, comienzan a aparecer sin control en primavera.

Tengan cuidado con esas chicas: tienen efectos devastadores.

Esas chicas que enganchan, como una canción de esas pegadizas que se te quedan entre los dientes y no puedes dejar de tararear.

Esas chicas que siempre tienen mirada de sábanas recién lavadas.

Esas chicas que conseguirían que el presidente de Coca-Cola les revelara su fórmula secreta con solo una sonrisa y un movimiento de cadera.

Esas chicas de ojos caleidoscópicos que consiguen que hasta las ojeras les sienten bien.

Esas chicas cierrabares que al día siguiente de una noche de jarana hasta las tantas están inexplicablemente guapas mientras tú eres un despojo que tarda 7 horas en conseguir quitarte la marca de la almohada del pelo.

Esas chicas que consiguen que una camiseta blanca de Zara sea más subyugante que un Valentino.

Esas chicas que van por la vida like a Rolling Stone.

Esas chicas que andan y sus tacones retumban como los tambores de los indios.

Esas chicas de las que tan bien sabía escribir Ray Loriga.

Esas chicas que siempre consiguen que el equilibrio sea imposible.

Esas chicas, en fin, que son como una noche de verano con Brown Eyed Girl sonando de fondo.

Tengan cuidado.

Luego no me digan que no les avisé.

 

El guardián entre el centeno

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