31 de octubre de 2014

Quemando suela

Ali

Ayer fui a comprar unas zapatillas de correr. Tras un estudio de mi pisada, un exhaustivo interrogatorio sobre mis h√°bitos de runner, un an√°lisis de sangre, otro de orina, un examen psicot√©cnico, un test de Rorschach y un programa de entrenamiento de la NASA, finalmente me dieron unas zapatillas adecuadas a mi perfil y pude salir con la caja de la tienda. Tambi√©n me vendieron unos calcetines que cambiar√°n radicalmente mi experiencia como runner. Las zapatillas son verdaderamente espantosas. Atroces. Sus m√ļltiples y estridentes colores, cambiantes seg√ļn la incidencia de la luz, me recuerdan a unos se√Īuelos de pl√°stico con forma de calamar que compraba de ni√Īo en Godofredo para ir a pescar (los de secano no pillar√©is esta referencia de aut√©ntico lobo de mar). Por lo visto la √ļltima vanguardia deportiva no entiende de est√©tica y estas zapatillas, todo un prodigio tecnol√≥gico, la ciencia deportiva m√°s avanzada puesta al servicio pedestre del hombre, tienen que ser gloriosamente feas.

Así que me fui a casa, me vestí con mis nuevos bártulos con la solemnidad de un torero, y salí a correr por El Retiro.

Conviene aclarar que compr√© las zapatillas para salir a correr porque ahora parece que se ha impuesto una curiosa moda, sobre todo entre ellas, de llevar zapatillas de running para realizar cualquier actividad salvo, precisamente, la de ir a correr. ¬ŅEstamos ante el regreso de la se√Īora del abrigo de vis√≥n y el ch√°ndal? Es posible. Desde que volvieron las hombreras uno ya no puede dar ninguna moda por muerta y enterrada. La semana pasada, en la fiesta de inauguraci√≥n de un restaurante, cont√© hasta 16 pares de zapatillas Nike de runner. Todas iguales o muy parecidas. A m√≠ estas cosas me fascinan.

No, no me gusta correr. Es m√°s, odio correr. Me aburre soberanamente. Jugando al f√ļtbol siempre fui de la corriente valderramista; ‚Äúlo que tiene que correr es la pelota, no el jugador‚ÄĚ. Ya de ni√Īo, en el equipo de mi colegio, viv√≠a de cierta t√©cnica para no tener que correr y hasta mi abuela (¬°mi propia abuela!) me dijo tras ir a verme un partido que no met√≠a la pierna y que no sudaba la camiseta. La primera vez que sospech√© que algo iba mal fue en el descanso de un partido, cuando repar√© en que mis compa√Īeros sudaban profusamente y estaban manchados de barro hasta las orejas, como soldados en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial, mientras yo estaba impoluto, hecho todo un pincel, tal que parec√≠a reci√©n salido de la ducha. Alguien est√° haciendo algo mal aqu√≠. O ellos o yo. Y son 10 contra 1. As√≠ que, al acabar los partidos, sol√≠a tirar disimuladamente mi inc√≥lume camiseta blanca en alg√ļn charco para luego ense√Ī√°rsela a mi padre en casa y fingir que hab√≠a vivido toda una batalla, un partido de sangre, sudor y l√°grimas.

Ahora sigo viviendo de los despojos de aquella t√©cnica y mis amigos me sacan en las pachangas a jugar 20 minutos, como quien se saca al escenario a una vieja y decadente estrella de rock a modo de espantap√°jaros. Hago un par de toques, mi c√©lebre (aunque algo oxidada) bicicleta e intento un par de ca√Īos. Y luego ya me sientan, exhausto, con calambres, rozando el v√≥mito y al borde de la parada cardiorrespiratoria. El otro d√≠a jugamos contra unos chicos de 18 a√Īos, r√°pidos, el√°sticos y con peinados rabiosamente modernos. Perdimos 1-7. Como Brasil contra Alemania. Tuve una falta al borde del √°rea. Me prepar√© para ejecutarla con cara circunspecta, pensando ya en c√≥mo celebrar el gol en el bander√≠n de c√≥rner. Y la mand√©, literalmente, a la M-30. Un chico de 18 a√Īos del equipo rival se me qued√≥ mirando con cierta insolencia y a m√≠ me entraron ganas de agarrarle por la pechera y gritarle enajenado al m√°s puro estilo Norma Desmond en El Crep√ļsculo de los Dioses:

¬ŅQu√© co√Īo miras, Justin Bieber? Yo estas antes las met√≠a. Yo fui grande. SIGO SIENDO GRANDE. ES EL F√öTBOL EL QUE SE HA HECHO PEQUE√ĎO.

As√≠ que ahora salgo a correr, principalmente, para no morirme en los partidos de f√ļtbol. Y para luego poder permitirme toda clase de excesos contra mi salud. Salgo a correr todos los d√≠as. Y siempre por el Retiro. Antes sol√≠a correr en la cinta del gimnasio pero un m√©dico me dijo hace poco en una cena que era muy malo para las rodillas y otras articulaciones, lo que supuso la excusa perfecta que andaba buscando para abandonar esa m√°quina del diablo, el √ļnico sitio del mundo donde el tiempo se detiene y cada minuto parece durar un cuarto de hora.

Corro también porque he descubierto que me ayuda a dormir más profundamente. Y yo soy muy partidario de cualquier cosa que me ayude a mejorar mi ya de por sí excelente capacidad para dormir durante largas horas.

Soy incapaz de correr sin m√ļsica. No puedo. Me desespero. Tras probar varias playlists de running que parec√≠an m√°s bien el hilo musical de Bershka, al final termin√© pidiendo a varios amigos que me hicieran una lista de canciones con las que ellos se vinieran arriba. Tiene un t√≠tulo algo √©pico: ‚ÄúMa√Īana en la batalla piensa en m√≠‚ÄĚ, como el libro de Javier Mar√≠as, porque cada ma√Īana, cuando pongo un pie en la calle y se ciernen sobre m√≠ la pereza de correr, el fr√≠o y la oscuridad de los √°rboles del Retiro, que a veces parece el Bosque Sin Retorno, le doy al Play y suena alg√ļn tema, desde Johnny Cash a Kiko Veneno pasando por Taylor Swift y el reguet√≥n m√°s extremo, que tiene un efecto vigorizante en m√≠ y que me recuerda a alg√ļn amigo bailando de forma rid√≠cula en una boda o a un viaje a T√ļnez o a las noches en Nueva York discutiendo en un taxi sobre la conversi√≥n de grados Fahrenheit a Celsius. Y me da un ataque de risa mental. Y es como si leyera alguna carta de un amigo estando en el frente de la batalla.

Corro por puro egoísmo. Corro por mí. Corro para estar solo. Corro simplemente para llegar a ese cono del silencio del que habla Leila Guerriero.

Corro porque me gusta sentir la furia de los m√ļsculos, la arrogancia del cuerpo, y porque cada vez es la primera: porque cada vez hay que remontar el agobio y las ganas de no correr y el horror de los primeros minutos hasta que, en alg√ļn momento, todo desemboca en un cono de silencio en el que no hay tiempo, ni fr√≠o, ni calor, ni cansancio, ni desesperaci√≥n: s√≥lo la voluntad de permanecer all√≠ para siempre, en ese lugar horrible como si fuera el para√≠so. Corro. Corro poco, corro treinta minutos cada d√≠a, pero corro. Corro para aprender a aguantar lo que no se aguanta, para no llegar a ninguna parte, para romper el insano silencio del mundo. Para sentir, parafraseando a Clarice Lispector, que soy m√°s fuerte que yo misma.

Corro, como le pasa a Laura Ferrero (qué bien escribe esta chica), sin saber muy bien por qué. Para pensar mucho y no solucionar nada

Y siempre fijo la vista en la nuca del tipo que tengo corriendo delante de m√≠. Y no paro hasta rebasarle. Hay un momento que particularmente me gusta que es ese preciso instante en el que estoy a punto de adelantarle, cuando ya me he puesto a su altura y puedo o√≠r su respiraci√≥n entrecortada, la fricci√≥n de su cortavientos, la canci√≥n que escucha a trav√©s de los auriculares y sus pasos. Me gusta ese instante en el que, digo, le estoy adelantando y ya no miro nunca m√°s atr√°s. Porque s√© que tan pronto como le pierda de vista por el rabillo del ojo, ya estar√© poniendo la mirada en el cogote siguiente. Y luego, en el siguiente. Y en el siguiente. Hasta que ya no logre alcanzar al √ļltimo. Y entonces me ir√© a casa, con la camiseta empapada en sudor como un trofeo.

Recuerdo una entrevista a Clint Eastwood en la que le preguntaban por su truco para, a su edad, seguir estando en forma y continuar haciendo extraordinarias pel√≠culas cada a√Īo. Y dijo que su truco para mantenerse a tono f√≠sica y mentalmente era, sencillamente, hacer cada d√≠a una flexi√≥n m√°s que el d√≠a anterior. Cada d√≠a. Una flexi√≥n m√°s que el anterior. Batir cada d√≠a su l√≠mite por peque√Īo que fuera. Y el d√≠a que no puedes cumplir, volver a empezar. Y esta f√©rrea disciplina, esta forma de superarse poco a poco cada d√≠a, lo aplicaba a todas las facetas de su vida. Por eso Clint es un genio, ha ganado Oscars, ha rodado pel√≠culas de todos los g√©neros, fue alcalde de Carmel, no para de reinventarse a sus 84 a√Īos, puede permitirse echar la bronca a Obama y tiene un hijo que me parece guapo hasta a m√≠.

Sigo la teoría de Clint. Todos los días subo la criminal cuesta de la estatua del Angel Caído hasta coronar sus 666 metros e intento hacerlo, cada día, un poco más rápido que el anterior. Aunque sea medio segundo más. Cuando llego arriba tengo un subidón de lo que sea que bombee mi cerebro por mis neurotransmisores, que no sé si será dopamina, endorfinas, serotonina o el cubata de la semana pasada. Ni lo sé ni me importa.

Y dejo atr√°s, por unos instantes, mis problemas. Mis agobios. Mis neuras. Mis dudas. Mis v√©rtigos. Mis errores. Mis horrores. Mis p√°ginas en blanco. Mis promesas incumplidas. Dejo atr√°s a los runners, a los supinadores, a los pronadores. A los que salen a correr en grupo como si fueran los guardaespaldas del Presidente de los Estados Unidos. Dejo atr√°s las frases motivacionales, el Just Do It, el No Pain No Gain y otros esl√≥ganes publicitarios. Dejo atr√°s al frutero levantando las persianas. Dejo atr√°s los 200 euros que me han costado estas horrendas zapatillas. Dejo atr√°s a los que luego inundar√°n el timeline de mi Instagram con su recorrido. Dejo atr√°s a los que llevan puls√≥metro con GPS pero hace mucho tiempo que perdieron el norte. Dejo atr√°s a Holden Caulfield. Dejo atr√°s a los de la clase de Tai Chi o lo que sea eso que hacen sobre el c√©sped. Dejo atr√°s la Casa √Ārabe, la Puerta de Alcal√°, la estatua del √Āngel Ca√≠do, el Palacio de Cristal, las barcas de los enamorados. Dejo atr√°s el pasado, el presente y el futuro. Dejo atr√°s el lunes, el martes, el mi√©rcoles y el jueves. Dejo atr√°s los meses. Dejo atr√°s las estaciones. Dejo atr√°s la luz y la oscuridad sin importarme qui√©n gane. Dejo atr√°s pinos, palmeras, hayas, robles. Dejo atr√°s, mientras suenan las canciones, viajes, historias, a√Īos, amigos. Dejo atr√°s lo que va tras de m√≠.

Corro hasta llegar al final que es el principio que es el final.

How can i scape



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8 de octubre de 2014

Setas y Rolex: #24h en Bilbao

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Yo te lo di todo; el katxi, el pincho, el corazón

t√ļ me entregas la ira de una mirada esquiva

Satr√ļstegui

 

Hoy inauguramos una peque√Īa secci√≥n en el blog: #24h.

En ella tratar√© de ir escribiendo con cierta periodicidad “gu√≠as” de 24 horas sobre mis ciudades favoritas. Y entrecomillo lo de “gu√≠as” porque no se tratar√° de rutas tur√≠sticas al uso (soy demasiado ca√≥tico para hacer algo as√≠ con un m√≠nimo de √©xito) sino m√°s bien ser√°n “recorridos sentimentales” (ojocuidado que me pongo intenso) por rincones que me gustan y a los que siempre vuelvo.

Ya saben: d√≥nde encontrar una librer√≠a con encanto. A qu√© bar ir para tomar un buen Bloody Mary. Un local con buena m√ļsica en directo. Un sitio donde desayunar.

Hoy empezaremos por donde empezó todo, el universo incluido: Bilbao.

 

Muchas veces escucho que Bilbao es una ciudad gris, industrial y fea. Como si fuera la hermana poco agraciada de San Sebasti√°n, la reina del baile de fin de curso. Y yo siempre me levanto en√©rgicamente y digo: ¬°SANDECES! ¬°FRUSLER√ćAS! (soy muy de emplear expresiones en desuso cuando me indigno).

Hay tres ciudades de las que me molesta particularmente que se hable mal en mi presencia:

  1. Roma: no, no se cae a pedazos.
  2. Lisboa: no, no es sucia.
  3. Bilbao: no, no es fea.

Como en mi DNI pone que soy santanderino, parece que estoy obligado a decir a todo con el que me cruzo que Bilbao es una ciudad fea. Que si es gris. Que si nos robaron el Guggenheim a √ļltima hora. Que si no tienen playas bonitas. Pero lo cierto es que, y a√ļn a riesgo de que me tilden de traidor, me encanta Bilbao. Soy feliz cual cerdo en un barrizal cuando alg√ļn amigo me riega con alguna sustancia de graduaci√≥n alcoh√≥lica e inexplicablemente pegajosa mientras bailamos al son de¬†Badator Marijaia y finjo que me s√© la letra. Siempre ser√° una ciudad algo m√°gica para m√≠, ¬†esa ciudad en la que trabajaba mi padre, de donde iba y ven√≠a y me tra√≠a pasteles de arroz y soldaditos de plomo de indios y vaqueros para jugar con √©l en el pasillo. Y me encanta as√≠. Con su cielo gris, su arquitectura gris y la arena gris de su plaza de toros. Con sus chicas elegantes e inaccesibles paseando por la Gran V√≠a y mir√°ndome con indiferencia. Bilbao siempre ser√° para m√≠ esa ciudad del chiste de las setas y los rolex que me hac√≠a llorar de risa. La ciudad de mis indios y vaqueros de plomo.

 

07:30

Aterrizo en Bilbao. Mi avi√≥n ha salido de Madrid a las o6:30 de la ma√Īana. Casi me da un ictus al sonar el despertador.

A pesar de que ha sido duramente criticado, el aeropuerto de Bilbao es uno de mis favoritos ya que era desde donde viajaba al extranjero en aquellos veranos de ni√Īo. Mucho se habla del primer beso y del primer amor, the first cut is the deepest y todo ese rollo, pero yo creo que lo que realmente te cambia es ese primer viaje que haces solo fuera de Espa√Īa. Aquellos viajes para aprender ingl√©s que se te antojaban como aut√©nticas expediciones espaciales. El aeropuerto de La Paloma, tan acalatravado √©l, es un poco todo esto para m√≠.

07:45

Recojo mi maleta. Tengo que mandar un art√≠culo urgentemente as√≠ que abro mi ordenador en una cafeter√≠a del aeropuerto. No me funciona el WiFi. ¬ŅSoy el √ļnico al que jam√°s le funciona el WiFi en los aeropuertos? Pido un caf√© con leche y un pincho. Intento pagar con tarjeta pero no me funciona. Amago de infarto y ataque de p√°nico. El √ļnico cajero que veo alrededor es uno del Santander. Soy de Santander y tengo mi dinero en el Banco Bilbao Vizcaya y cuando llego a Bilbao me cobran comisi√≥n al sacar dinero de un Santander. No me digan que la vida no tiene un sentido del humor algo ir√≥nico.

08:00

Me subo a un taxi y me dedico a hablar con el taxista sobre el Athletic de Bilbao. Nada me gusta m√°s cuando llego a una ciudad que dar la brasa a los taxistas y camareros sobre la situaci√≥n del equipo de f√ļtbol local. Me dice que hay que echar a Valverde y traer a Clemente antes de Navidad. Me tranquiliza comprobar que el esp√≠ritu autodestructivo no es un rasgo exclusivo del Real Madrid.

Hablamos del nuevo San Mamés. Me dice que está precioso cuando se ilumina por la noche. Le recomiendo Un soviético en La Catedral, el nuevo libro de Hooligans Ilustrados. Pago y me voy.

9788416001248

08:30

Me tomo un segundo caf√© en un bar del Casco Viejo, mi zona favorita de Bilbao. Me gusta escuchar ¬†a primera hora de la ma√Īana c√≥mo se despereza la ciudad mientras van abriendo las pescader√≠as y levant√°ndose las persianas de sus famosas 7 calles (me las s√© de carrerilla, como una alineaci√≥n de f√ļtbol:¬†Somera,¬†Artecalle,¬†Tender√≠a,¬†Belosticalle,¬†Carnicer√≠a Vieja,¬†Barrencalle y¬†Barrencalle Barrena). Y me acuerdo de un poema de Karmelo C. Iribarren:

Las calles recién regadas

el aire fresco,

limpio,

el olor a cruasán de las cafeterías,

la locura de los p√°jaros…

Como si la vida 

te dijese:

Mira, aquí me tienes,

vuelve a intentarlo.

Pido prestado El Correo para leer a Pablo Martínez Zarracina, uno de mis periodistas favoritos y autor de dos libros imprescindibles para conocer Bilbao (y de donde he robado vilmente la frase de apertura de este post): Bilbao Inédito y Resaca crónica. Un talentazo de escritor.

Se me cae el café encima del periódico. Me mira mal la chica que está tras el mostrador. Siempre haciendo amigos allá donde voy.

10:00

Paseo muy agradable por la ría hasta el Guggenheim.  Voy escuchando (Never stop building) that old space rocket de Danny & The Champions Of The World.

Me fijo en un cartel de un festival que hay a finales de octubre: el¬†Bime¬†con¬†The National, The Kooks, Macy Gray y ¬°¬°Billy Bragg!! ¬ŅPor qu√© nadie me hab√≠a avisado de esto?

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10:28

Me detengo entre las patas de la ara√Īa gigante. Cuando la gente pasa por el Guggenheim siempre se hace una foto con Puppy, el perrazo enorme que hay en la entrada. Bien, he de confesar que a m√≠ no me entusiasma. Lo siento, Puppy. Pero es que me recuerda a una versi√≥n mastod√≥ntica de un perro cursi e insoportable que ten√≠a una compa√Īera del colegio igualmente cursi e insoportable. En cambio, me encanta la ara√Īa gigante. Lo que no mucha gente sabe es que se llama ‚ÄúMam√°‚ÄĚ. Por lo visto, se trata de un homenaje de la escultora Louise de Bourgeois a su madre, sufrida tejedora. Aunque suene algo raro y turbio, me parece una met√°fora preciosa. Y mucho m√°s interesante que el perro elefanti√°sico ese.

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11:00

Entro en el Guggenheim. Cojo una de esas audiogu√≠as aunque me parezcan para turistas sexagenarios con pantalones cortos y calcetines blancos. Y alucino nada m√°s entrar con¬†The Visitors. En serio. Me vuela la cabeza. Es de las obras m√°s originales y bonitas que he visto nunca en un museo: 9 m√ļsicos tocando al un√≠sono una canci√≥n durante una hora y cada uno grabado en habitaciones separadas dentro de una impresionante y decadente casa dieciochesca en Nueva York.

Vayan a verla. De verdad

(No tengo muy claro que compartir este vídeo algo clandestino que me he encontrado por Youtube sea algo del todo legal pero lo hago, nunca mejor dicho, por amor al arte)

12:30

Avituallamiento y descanso en “La Campa de los Ingleses”, una terraza muy agradable enfrente del Guggenheim. Por las tardes hay jazz en directo. No es el t√≠pico sitio atrapaturistas. Con este ya es el tercer caf√© del d√≠a. As√≠ vivimos las estrellas de rock: siempre al filo de la navaja.

12:45

Me doy una vuelta por el muy bonito Hotel Domine, enfrente del Guggenheim, dise√Īado por Javier Mariscal, el padre de Cobi. Hace no mucho Miguelito y Gistau me recordaron la existencia de la entra√Īable Petra, la amiga de Cobi y mascota de los juegos paral√≠mpicos de Barcelona 92. Hoy en d√≠a ser√≠a algo del todo impensable dibujar una mascota as√≠.

Por cierto, si les gustan los dibujos de Mariscal (y a√ļn recuerdan con cari√Īo a Petra y a Cobi), vean “Chico y Rita”, una pel√≠cula que hizo a cuatro manos con Fernando Trueba.

13:15

Hora del aperitivo. Marianito y gilda. Cuidado que el marianito lo carga el diablo. Creo que podría alimentarme exclusivamente de gildas durante el resto de mi vida. Mis favoritas son las del bar Okela, en la calle García Rivero, muy animada siempre para tomar pinchos.

13:30

Un par de ostras en El Puertito, un sitio diminuto, decorado como si fuera el interior de un barco de madera, que solo vende ostras. Imprescindible. Es que no me gustan las ostras: eso es porque no las has tomado en un sitio as√≠, cr√©eme. Es que a mi madre una vez le sentaron fatal: eso ocurri√≥ hace 15 a√Īos.

A pesar de mi reticencia inicial a aderezarlas con nada (tengo una guerra abierta con la gente que exprime lim√≥n encima de ¬†cualquier cosa proveniente del mar), me convencen para tomarlas con una √ļnica gota de lim√≥n. Una sola. Una. UNA. Y luego con tabasco. Y con una salsa picante.

Baratísimo, muy simpáticos y realmente bueno. Parada obligatoria.

 

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14:00

Pinchos en el Gaztandegi (el paraíso para los amantes del queso) y el El Huevo Frito (al que suelo ir siempre con mis amigos durante la Semana Grande de Bilbao).

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16:00

Me pido un café. Sí, estoy loco.

17:00

Compro una caja de pasteles de arroz en la pasteler√≠a Zuricalday. El pastel de arroz es un postre muy t√≠pico de Bilbao y cuando lo pruebas por primera vez piensas: ¬®¬ŅD√≥nde has estado escondido todo este tiempo, maldito pastel de arroz?‚ÄĚ. Cuando era mi santo o sacaba alguna buena nota, mi padre tra√≠a pasteles de arroz, una deliciosa bomba cal√≥rica equivalente a unas 400 clases de spinning.

Elijo uno. Doy un mordisco. Sabe a aprobado raspado en dibujo técnico (mi pesadilla académica).

18:00

Voy dando un paseo por el Casco Viejo. Me compro un álbum de cromos de Panini de la NBA de 1990, una auténtica joya para coleccionistas, que veo en el escaparate de una interesante y diminuta tienda de libros descatalogados llamada Outlet Exlibris, en la Plaza Nueva. También voy a la tienda de latas de conservas en la calle Barrenkale. Como buen soltero, las latas de conservas forman una parte crucial en mi pirámide alimenticia. A veces pienso que me alimento igual que un marinero en alta mar. Aquí hay una variedad espectacular.

20:00

Vinos en la Plaza de Miguel de Unamuno. Se acaban de cumplir 150 a√Īos de su nacimiento, por cierto. Un buen momento para reivindicar la figura de un tipo inteligente, serio, independiente y culto. Bilba√≠no sin par y vasco universal. Hay una exposici√≥n que merece la pena.

22:00

Cena en la Plaza Nueva. El Gure Toki es mi bar favorito. Excelente cangrejo en tempura y las croquetas caseras.

Muy recomendable también visitar el histórico Café Bilbao.

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Copa en el Bowie. O copas. Un garito fant√°stico con muy buena m√ļsica.

We can be heroes, just for one day.

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03:00 

Retirada de las tropas con San Mamés al fondo.

Pronto llegará otro día. Otra ciudad. Otra historia.

Otras 24 horas.

Buenas noches, Bilbao.

04:30

No me puedo dormir. Puto café.

 

 

El guardi√°n entre el centeno

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(La bonita ilustración del post es obra de Daniel Castro)



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